Benedicto y yo

Perdón por el atrevimiento del título, no tengo ninguna confianza con Su Santidad y jamás he tenido siquiera la ocasión de saludarlo en persona, pero me resultó muy atractivo para lo que quería contar.

Una de las escenas que me emocionó  a través de televisión ocurrió en abril del 2005. Había fallecido el papa Juan Pablo II y los cardenales se hallaban reunidos en cónclave para elegir a su sucesor. Había leído en un periódico que todos los papas del SXX fueron elegidos en menos de tres días, así que confiaba que se repetiría la tónica y pronto tendríamos nuevo sucesor de Pedro.

Las cámaras mostraban la plaza de San Pedro en un día soleado y unos pocos cientos de peregrinos deambulando por ella. De pronto surgió la fumata blanca que anunciaba la decisión y como salidos de la nada empezaron a llegar a la carrera centenares, miles de personas que se abarrotaron la plaza hasta sumar unos 25000 en un tiempo record de apenas 10 minutos. Las cámaras tomaban primeros planos y se les veía contentos, muy contentos… No sabían quién era pero tampoco les importaba, un nuevo Papa sucedía a San Pedro y daba igual quién fuera, lo importante era que la historia de la Salvación que Dios hacía con su pueblo, la Iglesia, proseguía su curso.

Cuando se anunció que el cardenal Joseph Ratzinger fue elegido papa, tal como muchos preveían, no recibí la noticia con agrado, pero no por ninguno de los estúpidos motivos que habían promulgado los periódicos pseudoprogres aquellos días. La huella de Juan Pablo II había sido muy grande, un papa muy cercano, que había sabido conectar con todos los sectores sociales y especialmente los jóvenes, un hombre que además era guapo y de porte elegante, incluso en sus últimos momentos de enfermedad. Frente a él se elegía un hombre de corte totalmente distinto, bajito, feo y que además provenía del mundo intelectual y universitario. En su biografía apenas se contaban unos pocos meses de obispo en una diócesis. Un hombre reconocido como uno de los más inteligentes en vida acostumbrado a tratar con las más grandes mentes de la filosofía, la teología y la ciencia. ¿Cómo iba aquel hombre a suceder a su predecesor? ¿Cómo iba a llegar a las masas, a los jóvenes, desde su cátedra sin haber tenido un contacto como párroco u obispo con los cristianos de a pie en toda su vida?.

Pero se ve que Benedicto tenía entre sus planes el demostrarme lo tonto que soy, ¡y bien que lo consiguió!. Para empezar me pegó un directo en todos los morros que me dejó vacilando: la publicación de su primera encíclica. Cuando los periodistas vaticanos anunciaron que la estaba escribiendo empezaron a especular con su contenido. Dado el carácter intelectual del Santo Padre se suponía que sería algún tratado muy sesudo sobre el ecumenismo o las relaciones con las otras grandes religiones monoteístas. Pero cuando finalmente se anunció el título “Dios es amor” lo primero que se me vino a la cabeza fue “¡con dos coj…!” (perdón por la grosería, pero fue lo que me salió espontáneamente), el Papa, a lo básico, a lo fundamental de nuestra fe.

Luego vino el encuentro de la familias en 2006 en Valencia, el libro “Jesús de Nazaret”, diversos encuentros, o el último de los jóvenes Madrid 2011. Un papa sorprendente, capaz de explicar los conceptos teológicos más profundos con un lenguaje asequible para cualquiera, capaz, sin perder su personalidad ni tener que imitar a nadie, de conectar igualmente con los jovenes y el pueblo en general….

¿Será que Dios hace bien las cosas? Que no me quede ninguna duda.

 

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