De expedición en el templo

Una visita a un museo, una ciudad o un edificio hermoso puede convertirse en una experiencia personal si contamos con un guía que más allá de la simple contemplación superficial nos haga admirar y entender que hay detrás de cada objeto o trazado, cual es la historia del autor o de lo reflejado en su obra.

Con las iglesias sucede otro tanto. La gran mayoría de las personas no tienen (tenemos) los conocimientos suficientes para saber cuales son sus elementos principales, cuál es su uso y significado, qué tipo de celebraciones se producen en él y por qué. Por eso una de las actividades que más me gusta realizar cuando trabajo como profesor de religión es llevar a mis alumnos a visitar la parroquia más cercana al instituto. Incluso para aquellos que han estado en bastantes ocasiones en la misma se convierte en todo un descubrimiento.

 

En especial se trata de comprender cual es la relación de los elementos del mismo con los sacramentos que en él celebramos, en especial la Eucaristía (con el altar y el Sagrario), el Bautismo (con la pila) y la Reconciliación (con el confesionario). Y sobre todo las preguntas que surgen de ellos, de una gran profundidad: Qué relación hay entre el altar de los pueblos primitivos y la mesa de la Eucaristía, por qué tomar el pan y el vino se convierte en una consecuencia de un acto de amor, qué le pasó a Jesucristo cuando anunció por primera vez el sacramento de la Eucaristía, cómo es posible que Dios todopoderoso esté contenido en un simple trozo de pan, por qué debemos confesar nuestros pecados si Cristo ya nos ha perdonado en la cruz, por qué tiene sentido confesarnos ante un hombre en lugar de hacerlo directamente con Dios, por qué seguir bautizando a los niños pequeños en lugar de dejar que estos lo hagan por sí mismos al llegar a la edad adulta… no son cuestiones triviales ciertamente.

Pero además una visita al templo resulta un acontecimiento divertido. Lejos de lo que pueda parecer una de las cosas con lo que mejor se lo pasan los chavales es “jugando” a confesar. Cuando les explico en que consiste el sacramento de la reconciliación y cómo se realiza les invito a que uno haga de sacerdote sentándose dentro del confesionario y otro de penitente y las pugnas por asumir los papeles así como lo delirante de muchos de sus diálogos lo convierten en una situación realmente entretenida.

Y sobre todo, aunque no sea estrictamente un tema de clase, les invito a que hagan su propia experiencia ante el Santísimo. Para ello reservo para el final la visita a la capilla del Sagrario y, tras explicarles su importancia y significado, les invito a que voluntariamente se queden un par de minutos en silencio y aprovechen para, ante la presencia real de Dios en el sacramento de la Eucaristía, pedirle algo que sea realmente importante para ellos. En ese momento yo me retiro y alguno de los alumnos me acompaña pero la gran mayoría se queda en silencio rezando y cuando salen no es extraño ver a más de uno con lágrimas en los ojos.

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  1. Pingback: La confesión (¿o no?) de los pecados | Una jarra de barro

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