Corrigiendo tacos y blasfemias

Publicado originalmente el 12-1-12

Pero profesor, ¿tú nunca dices tacos?

Sí, cuando estoy muy enfadado se me escapa alguno. Así que si alguna vez me lo oís más vale que os cortéis.

Trataba de explicar a los chicos en clase la diferencia entre las palabras malsonantes y blasfemias, ambas reprobables aunque no de la misma gravedad. Los tacos o palabrotas son términos que están considerados comúnmente como desagradables y por tanto en buena educación no deberían ser pronunciados. La mayoría de ellos hacen referencia a los órganos genitales, al acto sexual o a alguna de sus variantes o cualquier otro tema relacionado con ello, pero usando sus términos más vulgares.

Si alguien dijera en voz alta alguna expresión como “¡testículos!”, “¡vagina!”, “¡copular!”, “¡meretriz!”, “¡ve a practicar sexo anal!”… no solo no sería considerado como malhablado, si no como alguien auténticamente cursi. Pero los mismos términos, expresados con sus sinónimos más ordinarios, producirían una sensación de desagrado en quienes los escucharan.

De todas maneras el uso de los tacos o palabrotas son una consecuencia de normas de conducta e incluso pueden ser aceptados en algún contexto coloquial, pero poco tienen que ver con el hecho de ser cristiano o no (algunos me discutirían esta afirmación).

No ocurre así con la blasfemia que, tal como define la Real Academia de la Lengua, es una palabra injuriosa contra Dios, la Virgen y los santos. Podríamos añadir que también lo sería contra todo acto o elemento sagrado o relacionado con ellos.

Es cierto que muchas veces las blasfemias, en especial las de uso más corriente, son utilizadas como muletillas y en ocasiones proferidas sin percatarse del auténtico significado de las mismas, pero no por ello deben se admitidas o dejar de ser corregidas, en especial en el contexto educacional. De la misma manera que como padres no se lo consentimos a nuestros hijos, tampoco como profesores se lo podemos consentir a nuestros alumnos. No obstante he de reconocer que es algo que, bien explicado, los chavales lo entienden y asumen y tratan de corregirlo (otra cosa es el éxito que consigan, evidentemente).

Curiosamente no se da la misma reacción en los adultos, que confunden la libertad con la falta de respeto y en ocasiones se sienten en su derecho de “defecar” sobre lo sagrado aunque, curiosamente, les ofende en grado sumo que eso mismo se haga sobre su madre. La contradicción es humana.

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