¿Qué hacemos con los colegios religiosos?

Los colegios religiosos surgieron en sociedades culturalmente cristianas ante unas necesidades concretas y en ocasiones sin que respondieran a un plan preconcebido. Así San José de Calasanz se encontró con un montón de niños pobres en la Roma de principios del S XVII que había sufrido una enorme inundación y provocado la ruina de muchas familias. O San Juan Bosco, ya en el XIX, en una sociedad dónde los niños eran introducidos en el mercado laboral generado con la revolución industrial sin que la gran mayoría de ellos hubiera aprendido a leer y escribir.

Pero llegados al S.XXI, dónde la educación se ha instalado como un derecho, las leyes regulan la incorporación al mercado laboral marcando mínimos de edad más elevados y en los países como el nuestro existe una red de de asistencia social y de colegios de titularidad pública, ¿tiene mucho sentido que sigan existiendo los colegios religiosos?

En principio podríamos afirmar que no sólo tienen sentido, si no que siguen siendo una necesidad mayor aún que cuando aparecieron siglos atrás, aunque por diferentes motivos. Si la educación busca la formación integral de la persona, no solamente la adquisición de una serie de conocimientos, pocas cosas habrá más válidas para ello que la formación moral y espiritual que proporcione un colegio religioso en comunión con la familia.

Pero el mayor problema que nos encontramos está en la realidad diaria de cada uno de estos centros. Para empezar muchos de ellos están afectados por la crisis vocacional de las órdenes religiosas que los sustentan. Muchas órdenes han visto reducido el número de sus miembros pero al mismo tiempo se resisten a perder la titularidad de los colegios que regentan. Esto supone en muchos casos dejar paso, cosa lógica, a los laicos, a los que se debería pedir ya no santidad, si no una mínima coherencia con la fe cristiana y una práctica religiosa habitual, pero esto es con frecuencia papel mojado.

Es habitual ver en colegios de alguna orden que los religiosos brillan por su ausencia o su presencia es meramente testimonial, mientras que en el profesorado encontramos buen número de profesores divorciados, amancebados o simplemente que muestran su oposición a la doctrina de la Iglesia para la que trabajan. Incluso en cargos directivos personas que manifiestan públicamente un desprecio por el Magisterio. O qué decir de aquellos que enseñan educación sexual desde la óptica imperante cuya máxima es haz lo que sea y con quien sea siempre que evites el embarazo.

En otras ocasiones son los mismos religiosos los que ante la presión social o por temor a perder clientela rebajan la práctica del ideario del centro haciéndola mucho más light. Son muchas las familias no creyentes e incluso anticlericales que envían a sus hijos a un colegio religiosos desde una concepción clasista para evitar que se mezclen con no sé qué tipos de alumnos que podrían encontrarse en un centro público. Cómo anécdota, triste pero cierta y significativa, hace no mucho padres de un colegio religioso de mi ciudad fueron a protestar ante el director para ver “qué leches estaban diciendo a sus hijos que ahora querían bautizarse”. O la más frecuente de alumnos en colegios religiosos que no cursan la asignatura de religión. No es extraño por tanto ver centros cristianos en los que se celebran carnavales o se representan obras teatrales de moral dudosa.

Hace poco se publicaron en prensa unas declaraciones de un religioso que acababa de ser nombrado director de uno de los colegios que regenta su orden quejándose que la junta directiva anterior realizó un “exceso de oración” con los alumnos. Juro que pedí a Dios que se tratase de una mala interpretación del periodista, pero tal como está el patio vete tú a saber.

Otra de las opciones más recientes son los colegios diocesanos. Centros religiosos que a través de las parroquias o de distintas fundaciones dependen ya no de una orden o instituto de vida consagrada si no del obispo del lugar. De hecho no hace mucho en mi diócesis las religiosas que regentaban un colegio, tras la jubilación de varias de ellas y viendo que su presencia entre el profesorado era mínima, lo cedieron al obispo con la única condición de mantener los 2 o 3 puestos de trabajo de las hermanas que aún continuaban en activo. La idea no está funcionando del todo mal, aunque siempre dependerá del personal de cada centro y del interés del propio obispo por que mantengan el ideario.

¿Qué hacemos entonces con los colegios religiosos?. Personalmente diré que a pesar de todo sigo considerándolos necesarios y que mis propios hijos reciben su formación en uno de ellos, pero propondría una reflexión global que marque unos mínimos: qué define un colegio como católico, qué condiciones deben reunir los profesores y los directivos del mismo, qué requisitos debe pedirse a una familia para aceptar la matricula del niño en el centro, qué condiciones debe cumplir una orden para mantener la titularidad de un centro más allá de la propiedad legal del inmueble, qué tipo de actividades son compatibles o no con la formación cristiana de los alumnos, cual debe ser la implicación del obispado del lugar con cada centro, cómo debe realizarse la práctica de la oración y de los sacramentos en el mismo… Sin unas respuestas claras y precisas a todas estas cuestiones me temo que los colegios religiosos acabarán por desaparecer o tendrán de religioso solamente el nombre. Dios no lo quiera.

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Una respuesta a ¿Qué hacemos con los colegios religiosos?

  1. Sólo puedo decir Amén a la última frase

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