El ser humano y la alabanza

El hombre está hecho para la alabanza a Dios.

Esta frase, absolutamente cierta, puede dar lugar a interpretaciones que son totalmente erróneas. Alguien podría pensar que Dios es una especie de ser narcisista que crea al hombre para que este le esté diciendo lo bueno y maravilloso que es.

Otra interpretación igualmente falsa sería la de que el hombre es un ser inferior tiranizado y obligado a alabar a su amo porque sí, por que es su trabajo y obligación, sin ningún motivo o explicación o nada que pueda entenderse..

Nada de esto es cierto, evidentemente, pero en ocasiones dentro de la liturgia nos dedicamos a repetir alabanzas “sin más” que terminan desnaturalizando el concepto. Cuántas veces hemos cantado lo de “alabaré. alabaré. alabaré y cuatrocientas veintisiete veces alabaré a mi Señor”. O cuántas veces hemos definido “alabar a Dios” como conjugar el presente de indicativo del verbo alabar: “yo alabo, tu alabas, el alaba, nosotros alabamos, vosotros alabáis, ellos alaban”…

Recuerdo que no hace mucho participé en un acto de oración dirigido por un pastor protestante en el que todos los asistentes eramos católicos. En teoría era un encuentro ecuménico, pero tristemente los únicos protestantes que había eran los invitados expresamente a realizar algún tipo de actividad. Tras finalizar, los que estuvimos comentamos nuestras impresiones y coincidimos en lo mismo: los primeros 15 minutos fueron preciosos, pero después de una hora a base de cantar “Señor tu eres grande, yo alabo tu nombre, día tras día te alabo, cantaré una alabanza en tu honor…” y similares a casi todos nos entró una gran desazón: ¿No hay nada más que podamos o debamos decirle a Dios?.

En cierta ocasión mi admirado Jonatán Narváez, guitarrista virtuoso y productor musical católico de Argentina, hizo un ejercicio de autocrítica con un sentido del humor mordaz y genial que consistía en un método para escribir infinidad de alabanzas partiendo de unas pocas frases típicas y tópicas que se combinaban entre sí.

 alabanzas

No estoy diciendo que hacer alabanzas en base a repetir frases sencillas sea malo, por favor (Dios me libre de los maniqueísmos que ya bastantes lágrimas derramó Santa Mónica por la conversión de su hijo San Agustín), pero sí me gustaría dejar claro algunos aspectos de lo que supone alabar a Dios más allá de repetir frases bonitas dedicadas a Él.

En primer lugar debemos entender lo que supone ser creatura de Dios. Dios es amor (sí, ya, la Biblia lo dice… San Pablo lo repite…) y el amor es energía, es fuerza, es compartir, es crear, es engendrar… la Santísima Trinidad no puede quedarse “encerrada” en sí misma viviendo de su propio amor, por eso Dios crea, crea los animales, las plantas, las cosas, el ser humano. Naturalmente todo lo que crea es inferior a sí mismo, nada puede ser superior a Dios y si fuese igual a Dios seguiría siendo Dios mismo, por lo que todas las creaturas son por su propia naturaleza limitadas e imperfectas.

Pero dentro de la Creación destaca ante todo y sobre todo el ser humano, hecho, como dice el libro del Génesis, a imagen y semejanza de Dios o, como afirma el Salmo 8, poco inferior a los ángeles. El único ser de la Tierra capaz de conocer al mismo Dios, capaz de amar y crear cómo Él, capaz de entablar una relación personal con su creador… aunque también capaz del mal y el pecado.

Es desde esta realidad desde donde surge de forma natural la alabanza. Yo, ser humano, ser limitado y finito, me reconozco como la obra de Dios amor que me ha creado a su imagen y desde este reconocimiento, y teniendo por cierto que yo no soy Dios, puedo darle gracias y alabarlo por mi propia existencia, que se la debo a Él, y reconocerlo como en todo superior a mi.

Pero en la creación Dios no me ha hecho solo, como veíamos, por lo que además de existir puedo contemplar, aprovechar, relacionarme con todo lo creado y con mis semejantes, por lo que puedo también alabar a Dios por ello.

Pero además Dios no termina su obra en la creación, si no que se hace presente en la historia, en mi historia, se deja conocer, me manda su palabra, está presente en los principales acontecimientos de mi vida… por eso alabarlo implica también tenerlo presente en todos los momentos del día, no sólo en la oración o la asistencia a las celebraciones litúrgicas.

Alabarlo supone pues darle gracias, pero, tal como decía san Agustín con respecto al canto, es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo (de los comentarios al Salmo 32). Si en misa canto alabanzas pero en mi vida diaria no tengo presente a Dios lo único que estaré haciendo es calentarme un poquito el corazón durante unos ratitos a la semana y poco más. La alabanza produce un sentimiento evidente pero los sentimientos, siendo buenos e importantes, tienen un peligro, que son involuntarios y como vienen se van sobre ellos no construimos verdaderas opciones de vida.

La religiosidad judía de la que se nutre el cristianismo no es la del sentimiento ni la de la razón, si no la de la experiencia. Puedo alabar al Señor por que lo conozco, por que era estéril y me hizo padre de un pueblo, por que estaba esclavo y me liberó, por que era pecador y tuvo misericordia de mi… y esta experiencia cierta es la que además me permite seguir alabándolo aún cuando no veo su presencia o cuando me acontece un sufrimiento. En mi experiencia personal siempre me ayudó ver a un matrimonio amigo mio que había sufrido (nunca mejor dicho) la pérdida de su hijo pequeño y no dejó un sólo día de asistir a la Iglesia.

Pidámosle pues a Dios que nuestra alabanza no sea un rutinario repetir de frase bonitas, que no nos quedemos en las formas si no que seamos, tal como dijo Jesucristo a la samaritana, personas que demos culto en espíritu y en verdad.

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2 respuestas a El ser humano y la alabanza

  1. David dijo:

    Hay algunas veces en nuestra vida que sentimos la necesidad de alabar a Dios, al igual que lo hicieron todos los personajes que curó Jesús de sus dolencias. Es una alabanza sincera que nace de un corazón agradecido; además es una alabnaza siempre nueva porque no la tomamos de ningún sitio sino que nos la suscita el Espíritu. Por otra parte, la alabanza es una manera de rezar y al igual que hay salmos de alabanza, los hay de súplica, de agradecimiento, etc. También cualquier oración es una manera de recordar nuestra naturaleza de criaturas y entrar en un diálogo con Dios. A veces de tanto repetir las cosas se nos quedan grabadas en el corazón y nos van ayudando como es el caso de la oración del corazón (más información léase el Peregrino Ruso).Por último, alabanza y gratitud están unidas y es de bien nacido ser agradecido.

  2. Ana dijo:

    Coincido con David

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