El misterio de la monja concursante


No me gusta comentar demasiado las noticias que son “de rabiosa actualidad”, pero dado que ya han sido varios los que me han preguntado mi opinión sobre el tema, la dejaré por escrito en estas líneas.

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Creo que pocos serán los que no conozcan la noticia. Una joven religiosa italiana, Sor Cristina, se ha presentado a un concurso de talentos de la canción en su país llamado la Voz. Es un formato conocido por muchos ya que también tiene su versión en España. Además lo ha hecho vestida con su hábito y con el apoyo de las hermanas de su congregación, presentes en el estudio.

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Una de las gracias del concurso es que la primera audición que tienen los participantes con el jurado es “ciega”, es decir, los jueces, generalmente cantantes o productores de un cierto éxito, escuchan al concursante en unos sillones construidos al efecto que están mirando hacia el público y de espaldas al escenario y sólo si les gusta la interpretación durante la misma accionan un dispositivo que gira su asiento y pueden ver quién es y qué aspecto tiene el intérprete.

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Se da el caso de la que religiosa en cuestión cantó una canción en inglés de una cantante pop muy famosa, por lo que en principio nada podría indicar su condición sólo con oírla. Además parece que la chica lo hace bastante bien pues al poco de comenzar dos de los 4 jueces accionaron su dispositivo y finalmente se sumaron también los otros dos. Lo más impactante fue la cara de asombro de los mismos conforme se giraban y veían que aquella joven de buena voz que escuchaban era una “monja”. Incluso uno de ellos le preguntó después si era monja de verdad y si lo suyo no era un disfraz. Lo insólito del caso ha hecho que el vídeo de su actuación lleve decenas de millones de visionados en internet y haya sido noticia en todo el mundo.

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Hasta aquí la primera parte de los hechos. Y del hecho a la pregunta que me formulan (a mi y a otros muchos) ¿te parece bien que una monja se presente a un concurso de cantantes en televisión?

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La respuesta en principio parece sencilla, si a la chica le gusta cantar y lo hace bien que se presente a un concurso no me parece ni bien ni mal, me resulta indiferente, tanto si es monja, neurocirujana o cajera de supermercado. Pero claro, esta respuesta lleva a una segunda pregunta ¿no es incompatible el buscar la fama y el reconocimiento con una vida religiosa que se supone sobria, pobre y sencilla en la oración y el servicio a los demás?

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Aquí he de pararme un poco más. Ninguno sabemos, en principio, que está buscando la religiosa. Si ciertamente busca la fama y el dinero para ella, estaría en contradicción con una forma de vida marcada por la castidad, la pobreza y la obediencia. Si lo que busca es aprovechar su talento para la canción para dar a conocer su vida y su vocación y con ello atraer a otras jóvenes o ganar algún dinero con el que hacer obras de caridad, sería no sólo compatible sino meritorio. Como nadie podemos conocer ni sus pensamientos ni sus intenciones, especular con ello nos podría llevar al juicio, que es a mi entender un pecado muy grave.

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Lo que sí que podemos, y yo lo voy a hacer, es analizar y valorar las explicaciones que otros o incluso ella mismo han dado o podido dar a su motivación a la hora de presentarse al concurso. ¿por qué no?

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Hemos de tener en cuenta que este artículo lo he titulado “la monja concursante” y no “la monja cantante” porque religiosas, religiosos y sacerdotes que se hayan dedicado y se dediquen a la música actual los hay a decenas, pero con la diferencia que en la práctica totalidad de los casos las letras de sus canciones son de contenido religioso (explícita o implícitamente) y destinadas a la evangelización a través de la música.

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Sólo por citar los casos de mi país, España, puedo nombrar a la hermana Glenda, virgen consagrada y ex-miembro de la orden de la Consolación, Fabiola Torrero, teresiana, las tres religiosas cantantes de la Orden de San Miguel Arcángel, el grupo Ain Karem, vedrunas, o incluso comunidades al completo de religiosas que entre sus actividades está la de cantar y grabar discos, alguno de ellos con cierta repercusión y éxito, como las carmelitas de Valladolid o las Iesu Communio de La Aguilera. Y entre los hombres también hay religiosos sacerdotes como Jota Llorente o Toño Casado, salesianos, Fray Nacho, mercedario, José Durán, agustino, el rapero Dani Pajuelo, marianista, o sacerdotes diocesanos como el Padre Jony, el padre Don José, Kini Ferrando, Kiko García, Javi Sánchez, también diáconos como Jaime Salmoreno y Goyo Hidalgo o grupos de música católica que cuentan entre sus componentes con uno o varios sacerdotes, como La Voz del Desierto, Católicos Sin Complejos, Ixcís, Shalahim… y seguro que alguno más me dejo en un recoveco de mi memoria.

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Pero teniendo en cuenta que en un programa como el citado las canciones que se interpretan son de música secular y artistas de moda, veamos pues las causas esgrimidas para explicar el porqué de la participación de Sor Cristina:

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Lo ha hecho para evangelizar. Uff… difícilmente creíble. Ciertamente la primera impresión si que podría tener ese efecto. El que una chica joven y guapa que le gusta cantar, la música pop y además tenga vocación religiosa, puede ayudar a romper con la imagen que aún hoy tiene mucha gente sobre que las monjas deben ser todas mujeres aburridas y feas que huelen a naftalina y escuchan gregoriano. Pero más allá de esto el anuncio del evangelio se antoja difícil. En un concurso televisivo no creo que salga anunciando el kerigma o explicando el evangelio del día, a no ser que su intención no sea hacerlo en el programa si no a partir de su fama lograda por salir en él.

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Lo ha hecho porque tiene un don que quiere compartir. Este motivo es más dudoso aún. Todos tenemos dones que nos ha dado el Señor y todos los dones, como nuestra vida entera misma, son para compartirlos, para darnos a los demás. Pensar que esto puedo o debo hacerlo a través de un concurso televisivo resulta poco consistente. Me viene a la memoria otra chica italiana cantante de música católica, no religiosa y del mismo nombre propio, Cristina Plancher, a la que conocí en el Multifestival David 2008 en Benicassim. Pues bien, esta Cristina, que tiene una voz y una técnica magníficas, es una cantante con varios discos grabados y ha actuado en varios países por todo el mundo y como tiene ese don, lo comparte pero de una forma muy diferente: todos los domingos que está en su ciudad se va al asilo y pasa un rato cantando para los viejecitos. Compartiendo su don sin más intención que la de llevarles un poco de alegría y compañía y de forma anónima (de hecho no sé si le molestará que lo cuente en estas líneas, si es así te pido perdón) sin necesidad de luces, cámaras ni redes sociales.

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Lo ha hecho siguiendo las indicaciones del Papa Francisco de ir a las fronteras a anunciar a Jesucristo. Esta es probablemente la que más gracia me ha hecho de las que he leído por ahí. Ciertamente el papa manifiesta un deseo, una necesidad incluso para la evangelización, pero no da un manual de instrucciones ni más detalles en su exhortación, luego cada uno personalmente o como miembro de un grupo o institución concreta ya discernirá cómo llevar a cabo esa indicación, por lo que las interpretaciones y las aplicaciones pueden ser muchas y muy variadas. Pero se me hace difícil pensar que cuando el Papa dijo eso tuviese en mente que una de las formas del anuncio “fronterizo” fuese que las monjas que supiesen cantar se presentasen a concursos de televisión.

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También podría hacerlo por los motivos mencionados al principio. Presentar su vida y experiencia para que resultase conocida y atrayente para otras jóvenes o aprovechar su talento para ganar algún dinero que poder destinar a obras de caridad. Como estas motivaciones serían loables, que el método escogido lo considerásemos más o menos adecuado pasaría a un segundo lugar y no deberíamos hacer otra cosa que respetar e incluso animar a la joven.

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Bueno, sea como sea desear a Sor Cristina que toda la repercusión mediática y las consecuencias de su decisión no la aparten de la elección amorosa que el Señor hizo sobre ella y pedir a Dios que, pase lo que pase, sea para bien según su voluntad.

 

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El obispo ha robado al pueblo… ¿en serio?


Un conocido mío, sabedor de mi condición de creyente, se dirige a mi muy enfadado.

  • El obispo ha robado al pueblo

  • ¿En serio?

Por un momento me viene a la cabeza la imagen de mi obispo vestido de bandolero, montado en caballo y asaltando trabuco en mano a los que andan por los caminos. O quizá algo más moderno como un hacker que ha conseguido entrar en las cuentas bancarias de los vecinos y ha transferido todo el dinero a otra secreta a su nombre en las Islas Caimán. Pero la verdad es que ninguna de las posibilidades me cuadra.

 cura ladrón

  • ¿Y qué es lo que ha hecho?

  • Ha puesto a su nombre la iglesia que era del pueblo- en realidad era a nombre de la diócesis, pero no creo que eso le importe

  • Y si ha hecho eso, ¿por qué no vas y lo denuncias?

  • Porque ha utilizado una ley que le permite poner a su nombre los templos que no tienen propietario inscrito en el registro inmobiliario.

  • Pero si ha obrado conforme a la ley – le respondo – no puedes decir que ha robado.

  • No me convencerás- me responde- lo que ha hecho es robar.

Como efectivamente no iba a convencerlo ni tenía tampoco ningún interés en hacerlo no seguí con la conversación. Pero por simple curiosidad traté de averiguar qué era exactamente a lo que se refería y efectivamente se trataba de la parroquia del casco antiguo de un precioso pueblo costero de Valencia.

En mi diócesis, al igual que en otras muchas partes de España y del mundo, muchos templos fueron levantados por los propios vecinos, bien con su trabajo físico o bien con sus aportaciones económicas. Se cuenta el caso de otra localidad de mi tierra, Cullera, en la que todos los vecinos colaboraron subiendo los materiales para la construcción de un templo a la Virgen en lo alto de la colina, de tal manera que hasta las mujeres que tenían bebés les ponían una piedrecita en la mano y subían con ellos a depositarla para que pudiesen decir que incluso los niños más pequeños habían contribuido.

O el caso de La Pobla de Vallbona, en que la obra fue realizada con sólo 2 o 3 albañiles profesionales mientras que el resto de los que trabajaron en ella eran vecinos que colaboraron de forma desinteresada al finalizar sus propias jornadas laborales.

Pero volvamos al caso. No conozco los detalles de la ley en cuestión (ni me interesan tampoco) pero al parecer muchos de los templos así construidos no fueron registrados por propietario alguno, eran simplemente “del pueblo”, pero cuando la ley inmobiliaria impuso que todas las construcciones deberían estar registradas incluyendo propietario de las mismas, tanto personas como sociedades, incluyó un artículo en el que facultaba a la diócesis de cada lugar a registrar los templos destinados al culto a su nombre.

Cuando en este caso el obispo así lo hizo, los políticos izquierdosos de la localidad azuzaron a los vecinos presentando el caso como que la Iglesia había robado una propiedad del pueblo. Curiosamente eran los mismos políticos que ni habían pisado el templo en años y que si no fuera porque el campanario sobresalía entre la silueta de las casas vecinas no sabrían ni dónde estaba.

Estos mismos decían que siendo el ayuntamiento el representante legítimo del pueblo, el templo debiera haberse registrado, como así había ocurrido en otras localidades, como propiedad municipal. ¿Sería esto lo más correcto?. Hagamos una reflexión. Los vecinos que contribuyeron a la erección de la iglesia serían los propietarios “morales” del mismo, pero teniendo en cuenta que todos ellos habrían fallecido, correspondería a sus herederos, pero aparte de ser algo jurídicamente complicado es difícil que se herede una propiedad moral.

Pero lo que sí que resultaría más sencillo es tratar de respetar la voluntad de los mismos y su intención. Parece obvio decir que cuando el pueblo construyó la iglesia lo hicieron porque querían celebrar en ella la santa misa y los demás sacramentos, otra cosa sería ilógica, y por tanto una vez hecho lo pusieron a disposición del obispo del lugar para que este designara los sacerdotes que estimase oportunos para realizar este servicio. ¿Quién garantizaría mejor por tanto que este servicio siguiera realizándose tal como querían quienes lo llevaron a cabo, el ayuntamiento o el obispado?. Parecería obvio que el segundo, pero pongamos varios casos posibles.

Si el ayuntamiento fuese el propietario y el próximo alcalde fuese alguien de marcada ideología laicista nada le impediría, como administrador legal del inmueble, destinarlo a otros usos y reconvertirlo en una biblioteca, o una sala de conferencias o venderlo a cualquier promotor inmobiliario para que lo derribase y construyese un edificio de apartamentos… o tampoco tendría ningún impedimento para que, considerando que el Estado es aconfesional, permitir que se siguiesen celebrando misas en el lugar pero compartiendo el recinto con otros grupos y actividades, desde un recital de música clásica o la presentación de un libro a una exposición de arte erótico o un congreso de feministas pro-aborto o una macrofiesta con DJ´s.

Naturalmente es de esperar que el alcalde de turno actuase con sentido común y pudiese entender que determinadas actividades no serían muy apropiadas para un lugar así, pero teniendo en cuenta que el sentido común es el menos común de los sentidos, o que mucha gente actúa más por filias, fobias y prejuicios que con sensatez, todo es posible.

Para muestra un botón. Hace años se rodaba una serie de TV para la extinta emisora Canal 9. Pidieron permiso al párroco del lugar para poder rodar unas escenas en el interior del templo a lo que amablemente accedió hasta que llegó a sus manos el guión del capítulo a filmar. Se trataba de una escena supuestamente cómica (maldita la gracia que tenía) en la que el cura del pueblo perseguía a una moza de buen ver alrededor del altar mayor con intenciones sexuales, mientras ésta de forma pícara fingía resistirse alborozada. Naturalmente el párroco retiró el permiso, pero la productora consiguió rodar la escena en la ermita de un pueblo vecino que era de propiedad municipal.

Sea como sea el templo, hasta la inscripción del propietario en el registro inmobiliario, tenía como uso la celebración de un par de misas el fin de semana además de catequesis de comunión y otras actividades pastorales, y después de formalizado el documento se usó para… exactamente lo mismo.

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Jesucristo no es ningún moñas II: Salvación y condenación


Últimamente leo con cierta frecuencia a mucha gente, muchos de ellos que se definen como católicos, que con buena intención no paran de decirle a la Iglesia lo que tiene que hacer en casos de aborto, comunión de los divorciados vueltos a casar, homosexualidad, anticonceptivos y otros casos similares.

Según estos mismos, y aunque por supuesto no lo mencionen así, la Iglesia debería en algunos casos simplemente mirar hacia otro lado y en otros tener una manga tan ancha en la que todo quepa y valga todo.

Semejante barbaridad no pasaría de ser una opinión, tan respetable como otra aunque no fuese para nada compartida, si no fuera porque para ello utilizan en su argumento ni más ni menos que al propio Jesucristo: La Iglesia a fin de cuentas tiene que hacer lo mismo que Jesús (cosa cierta) que acogía a todos, perdonaba a todos, no condenaba a nadie, “le daba igual” lo que la gente hiciera, etc, etc. Y para ello además citan el pasaje de la mujer adúltera, a la que Jesús perdona frente a esas fuerzas legalistas, reaccionarias y ultraconservadoras que querrían apedrearla.

margarita feliz

Vuelve a aparecer aquí la visión, aunque desde otro punto de mira, del Jesús blandengue y meloso que ya traté en la primera parte de este artículo añadiendo de forma sutil pero directa, otro componente mucho más peligroso y totalmente falso: el supuesto enfrentamiento entre la acción pastoral de los papas de la Iglesia. Mientras Francisco sería de la corriente del vale todo sus dos predecesores lo serían de la contraria.

Dejando este segundo aspecto a un lado (aunque no olvidado) me gustaría centrarme en este artículo en la primera de las premisas y analizar cuál era el comportamiento de Jesús y si efectivamente vuelve a parecerse a la imagen moñas que presuponen los que tal postura defienden.

Para empezar debemos dejar claro cuál es la intención de Jesús (Dios Hijo) y la de Dios Padre. Dios no envía a su hijo para juzgar al mundo, si no para que el mundo se salve por él (Jn 3,17). Es más, ciertamente ya estamos salvados por que Él ha pagado por todos nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y derramando su sangre canceló la deuda del antiguo pecado (Del Pregón de la Noche de Pacua). Es decir, todos los castigos que mereceríamos todos los hombres de todos los tiempos por nuestros pecados Dios mismo los ha padecido en su carne mortal, tal es su amor hacia nosotros.

¿Significa por tanto que da igual lo que hagamos, que podemos pecar todas las veces que queramos, que no existe la condenación?. Evidentemente no, Dios no se desdice de su propia obra nunca y, puesto que nos creó libres, en nuestra libertad podemos aceptar el perdón y vivir consecuentemente cómo tal, o rechazarlo, romper el recibo que Jesucristo nos ha dado y, naturalmente, atenernos a las consecuencias.

¿Y qué pasará con la mayoría de los mortales que caminamos a trancas y barrancas, que damos una de cal y otra de arena, que ponemos una vela a Dios y otra al diablo?… Bueno, en ese caso todos esperamos en la misericordia de Dios pero ante la duda… ¡no seas imbécil! La eternidad es mucho tiempo para pasártela en el infierno… ¡no te la juegues!.

Pero volvamos a Jesucristo y analicemos pues lo que él dice y empecemos por el pasaje citado, el de la mujer adúltera. Los fariseos le presentan a la mujer con la única intención de desacreditarlo: si dice que no la apedreen ya pueden acusarlo de incumplir la Ley de Moisés. Si dice que lo hagan queda desacreditado como el portador de la misericordia del Padre. Por eso la respuesta es simplemente genial: si lo que dicen que buscan es que se cumpla la Ley de Moisés y esta lo principal que manda es no pecar, de acuerdo, el que no tenga pecado puede seguir cumpliendo con ella… y como nadie es inocente ante Dios (Salmo 129)…

Pero en nuestro caso lo importante es la conversación con la adúltera: “¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno” (Jn 8, 10)… ¡Albricias!, dirían alguno, Jesús no condena al pecador, sigamos pecando pues… pero lo que sigue lo deja claro “Ve y en adelante no peques más” (Jn 8, 11).

Hagamos pues un poco de teología-ficción. Si después de que la mujer hubiese sido salvada por Jesús y haber escuchado su mandato volviese a las andadas y siguiese poniéndole los cuernos a su marido (o acostándose con hombres casados) podríamos pensar que o bien es tremendamente débil y ha vuelto a caer (por lo que necesitaría una y otra vez la misericordia de Dios) o que es un zorrón de mucho cuidado y lo que ha hecho es despreciar totalmente el perdón del Señor y la palabra que le ha dado, por lo que… pues eso, que Dios la pille confesada, como decimos en España.

¿Pero entonces qué dice Jesús?, ¿Nos salvamos, nos condenamos…?. Puesto que básicamente Jesús ha hecho dos cosas, una cargar con nuestros pecados en la cruz y otra dejarnos su Palabra para nuestra salvación, no será Él mismo como tal quien nos juzgue, si no cómo hayamos respondido cada uno de nosotros a su palabra: “Al que escucha mi palabra y no la cumple yo no lo juzgo; no he venido a juzgar, si no a salvar. La palabra es quien lo juzgará” (Jn 12, 47s).

Dos partes pues, primero dice Jesús que debemos acoger su palabra, debemos creer en ella: “Id por todo el mundo proclamando la Buena Noticia. Quien crea y se bautice se salvará; quien no crea se condenará” (Mc 16, 15s), “El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3, 18).

La segunda, como dos caras de una misma y única moneda, ponerla en práctica: Os aseguro que quien cumpla mi palabra no sufrirá jamás la muerte”. (Jn 8, 51), porque “Quien escucha mis palabras y no las cumple es como quien construye una casa sobre arena. Crece el caudal y la casa se derrumba” (Lc 6, 49), “si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de Dios. Quien se humille como este niño, es el más grande” (Mt 18, 3s).

Y es mucho mayor el rigor que emplea precisamente con los fariseos y maestros de la ley, que se creen mejores que los demás cuando son tan pecadores como cualquier otro, a los que no duda en insultarlos con calificativos como hipócritas o raza de víboras. “¡Raza de víboras! ¿Cómo podréis decir palabras buenas si sois malos? De lo que llena el corazón habla la boca” (Mt 12, 34), “Letrados y fariseos hipócritas, colmad la medida de vuestros antepasados. Raza de víboras ¿Cómo evitaréis la condena al fuego?” (Mt 23, 30ss).

Por eso Jesucristo siempre hace una llamada a la conversión, al arrepentimiento, al cambio de vida, al “esfuerzo” por cumplir su palabra: “Tomad la puerta estrecha; pues es ancha la puerta y espacioso el camino de la perdición, y son muchos los que entran por ella”. (Mt 7, 13), “Si cumplís mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he cumplido los de mi Padre y permanezco en su amor.” (Jn 15, 10), “los que mató la torre de Siloé al derrumbarse no eran más culpables que el resto, pero si no os arrepentís acabaréis como ellos (Lc 13, 5).

Para ello debemos pues evitar toda ocasión de pecado, por mucho que nos atraiga o nos duela hacerlo, “mejor es que pierdas una sola parte del cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno” (Mt 5,29,b), por que ciertamente existe la posibilidad de la condenación y Jesús nos advierte una y otra vez sobre ello, “Al fin del mundo los ángeles separarán a los malos de los buenos y los echarán al fuego con llanto y temblor. ¿Lo entendéis?” (Mt 13, 49ss); “el que injurie gravemente a su hermano se hará merecedor del fuego del infierno” (Mt 5,22b), “el árbol que no dé frutos buenos será cortado y echado al fuego.”. (Mt 7, 19).

Por lo tanto debemos ser muy cuidadosos cuando afirmamos cosas sobre Jesucristo o sobre lo que debería hacer la Iglesia: ¿misericordia con el pecador? Siempre, ¿justificar el pecado? Nunca. ¿perdonar al pecador? Siempre que se arrepienta, ¿decirle que puede seguir viviendo en pecado? Jamás, ¿amar al pecador? Siempre, ¿dejar de condenar el pecado? Nunca…

Que a fin de cuentas el Señor nos llama a vivir en la felicidad, no en la desgracia, a disfrutar de su amor, no a vivir en nuestro egoísmo, a pasar la eternidad con Él en el cielo, no a condenarnos al infierno… no seamos necios.

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El ser humano y la alabanza


El hombre está hecho para la alabanza a Dios.

Esta frase, absolutamente cierta, puede dar lugar a interpretaciones que son totalmente erróneas. Alguien podría pensar que Dios es una especie de ser narcisista que crea al hombre para que este le esté diciendo lo bueno y maravilloso que es.

Otra interpretación igualmente falsa sería la de que el hombre es un ser inferior tiranizado y obligado a alabar a su amo porque sí, por que es su trabajo y obligación, sin ningún motivo o explicación o nada que pueda entenderse..

Nada de esto es cierto, evidentemente, pero en ocasiones dentro de la liturgia nos dedicamos a repetir alabanzas “sin más” que terminan desnaturalizando el concepto. Cuántas veces hemos cantado lo de “alabaré. alabaré. alabaré y cuatrocientas veintisiete veces alabaré a mi Señor”. O cuántas veces hemos definido “alabar a Dios” como conjugar el presente de indicativo del verbo alabar: “yo alabo, tu alabas, el alaba, nosotros alabamos, vosotros alabáis, ellos alaban”…

Recuerdo que no hace mucho participé en un acto de oración dirigido por un pastor protestante en el que todos los asistentes eramos católicos. En teoría era un encuentro ecuménico, pero tristemente los únicos protestantes que había eran los invitados expresamente a realizar algún tipo de actividad. Tras finalizar, los que estuvimos comentamos nuestras impresiones y coincidimos en lo mismo: los primeros 15 minutos fueron preciosos, pero después de una hora a base de cantar “Señor tu eres grande, yo alabo tu nombre, día tras día te alabo, cantaré una alabanza en tu honor…” y similares a casi todos nos entró una gran desazón: ¿No hay nada más que podamos o debamos decirle a Dios?.

En cierta ocasión mi admirado Jonatán Narváez, guitarrista virtuoso y productor musical católico de Argentina, hizo un ejercicio de autocrítica con un sentido del humor mordaz y genial que consistía en un método para escribir infinidad de alabanzas partiendo de unas pocas frases típicas y tópicas que se combinaban entre sí.

 alabanzas

No estoy diciendo que hacer alabanzas en base a repetir frases sencillas sea malo, por favor (Dios me libre de los maniqueísmos que ya bastantes lágrimas derramó Santa Mónica por la conversión de su hijo San Agustín), pero sí me gustaría dejar claro algunos aspectos de lo que supone alabar a Dios más allá de repetir frases bonitas dedicadas a Él.

En primer lugar debemos entender lo que supone ser creatura de Dios. Dios es amor (sí, ya, la Biblia lo dice… San Pablo lo repite…) y el amor es energía, es fuerza, es compartir, es crear, es engendrar… la Santísima Trinidad no puede quedarse “encerrada” en sí misma viviendo de su propio amor, por eso Dios crea, crea los animales, las plantas, las cosas, el ser humano. Naturalmente todo lo que crea es inferior a sí mismo, nada puede ser superior a Dios y si fuese igual a Dios seguiría siendo Dios mismo, por lo que todas las creaturas son por su propia naturaleza limitadas e imperfectas.

Pero dentro de la Creación destaca ante todo y sobre todo el ser humano, hecho, como dice el libro del Génesis, a imagen y semejanza de Dios o, como afirma el Salmo 8, poco inferior a los ángeles. El único ser de la Tierra capaz de conocer al mismo Dios, capaz de amar y crear cómo Él, capaz de entablar una relación personal con su creador… aunque también capaz del mal y el pecado.

Es desde esta realidad desde donde surge de forma natural la alabanza. Yo, ser humano, ser limitado y finito, me reconozco como la obra de Dios amor que me ha creado a su imagen y desde este reconocimiento, y teniendo por cierto que yo no soy Dios, puedo darle gracias y alabarlo por mi propia existencia, que se la debo a Él, y reconocerlo como en todo superior a mi.

Pero en la creación Dios no me ha hecho solo, como veíamos, por lo que además de existir puedo contemplar, aprovechar, relacionarme con todo lo creado y con mis semejantes, por lo que puedo también alabar a Dios por ello.

Pero además Dios no termina su obra en la creación, si no que se hace presente en la historia, en mi historia, se deja conocer, me manda su palabra, está presente en los principales acontecimientos de mi vida… por eso alabarlo implica también tenerlo presente en todos los momentos del día, no sólo en la oración o la asistencia a las celebraciones litúrgicas.

Alabarlo supone pues darle gracias, pero, tal como decía san Agustín con respecto al canto, es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo (de los comentarios al Salmo 32). Si en misa canto alabanzas pero en mi vida diaria no tengo presente a Dios lo único que estaré haciendo es calentarme un poquito el corazón durante unos ratitos a la semana y poco más. La alabanza produce un sentimiento evidente pero los sentimientos, siendo buenos e importantes, tienen un peligro, que son involuntarios y como vienen se van sobre ellos no construimos verdaderas opciones de vida.

La religiosidad judía de la que se nutre el cristianismo no es la del sentimiento ni la de la razón, si no la de la experiencia. Puedo alabar al Señor por que lo conozco, por que era estéril y me hizo padre de un pueblo, por que estaba esclavo y me liberó, por que era pecador y tuvo misericordia de mi… y esta experiencia cierta es la que además me permite seguir alabándolo aún cuando no veo su presencia o cuando me acontece un sufrimiento. En mi experiencia personal siempre me ayudó ver a un matrimonio amigo mio que había sufrido (nunca mejor dicho) la pérdida de su hijo pequeño y no dejó un sólo día de asistir a la Iglesia.

Pidámosle pues a Dios que nuestra alabanza no sea un rutinario repetir de frase bonitas, que no nos quedemos en las formas si no que seamos, tal como dijo Jesucristo a la samaritana, personas que demos culto en espíritu y en verdad.

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A misa no va uno a divertirse… ni a aburrirse


Muchas veces hemos oído la frase “la misa es aburrida” o “no voy a misa porque me aburre”. Ante esta actitud he leído últimamente a mucha gente bienintencionada que trata de explicar que a misa no va uno a divertirse, que la misa es el memorial de la muerte y resurrección de Cristo y la comunión con su cuerpo y con su sangre y que por tanto el valor en sí mismo está en su significado. Según estos y con toda verdad, si hubiese un conocimiento cierto del misterio eucarístico lo demás no importaría.

Todo esto es cierto, la misa tiene valor en si misma aunque pueda resultar aburrida a alguien o en algunas ocasiones. Ahora bien, como sabemos por lógica, la afirmación de una cosa no implica la negación de lo contrario. Así si digo “los lunes voy al cine” no estoy negando que vaya los jueves, puede que lo haga o puede que no, sólo afirmo que voy los lunes, punto.

Por tanto, si la misa tiene valor en si misma aunque sea aburrida también mantiene su valor si es divertida, por lo que podríamos decir que a misa no va uno a divertirse… pero tampoco tiene por qué ir a aburrirse.

Homilia Aburrida

Como en todo, los excesos son malos. Algunos, en su afán de hacer atractiva la celebración de la Eucaristía, han llegado a excesos que caen de lleno en la vergüenza ajena y en la irreverencia: sacerdotes disfrazados de payasos, aspersiones con agua bendita con pistolas de agua, luces de colores en el templo a semejanza de una discoteca… pero está claro que estas no son más que unas excepciones contadísimas de las que se espera que el obispo del lugar llame al orden a su protagonistas.

Pero sí es más frecuente algunos que, sin llegar a esos excesos, se “inventan” ritos o actos con el interés de hacer más “asequible” la celebración, en especial en lo que se refiere a celebraciones con niños y jóvenes: poner murales sobre el mantel del altar, cambiar la proclamación del Evangelio por una breve representación teatral, utilizar globos de colores u otros ornamentos ajenos a la costumbre, introducir pantallas con imágenes, etc. Creo sinceramente que en lugar de hacer más asequible la celebración de la Eucaristía lo que consiguen es hacerla más confusa y difusa, además de rozar en ocasiones la irreverencia.

En mi experiencia como miembro del grupo de rock católico Hijos De Coré he realizado varios conciertos de rock en el interior de los templos y sé que, con el debido respeto a los signos, son muchas las actividades que se pueden realizar en una iglesia además de la Eucaristía. Pero una cosa es lo que se pueda hacer en el templo y otra lo que se pueda y/o deba hacer en la misa.

He tenido la bendición de participar como creyente en muchos tipos de celebraciones de la Eucaristía a lo largo de mi casi medio siglo de vida y, como suelo decir, la misa siendo la misma adquiere matices diferentes dependiendo del grupo o contexto en que se celebre, pero eso, lejos de ser en mi opinión un deseo de diferenciarse o separarse del resto, es un muestra de la riqueza y universalidad de la Iglesia. Así, además de participar en las misas habituales de la parroquia, también he asistido a misas de campamento, de carismáticos, en grandes asambleas, en barrios marginales sin apenas formación religiosa de los asistentes, de monjas de clausura, de comunidades neocatecumenales… hasta alguna de rito oriental.

Todas ellas tiene su propio sentido en cuanto la forma de celebrarlas, que no significa que me gusten más o menos (algunas más y otras menos) pero que entendidas en su contexto pueden “llegar” mejor a la asamblea. Así una misa de cartujos me resulta difícil de seguir por lo parsimonioso del ritmo y la excesiva cadencia de sus cantos, pero entiendo que es lo propio de una vida religiosa en el silencio y la meditación. O las “coreografías” con que los carismáticos acompañan sus cantos lejos de ayudarme en la alabanza me despistan más que otra cosa, pero entiendo que, salvo algún aspecto fácilmente corregible, son perfectamente válidas para una comunidad que expresa así la alegría de la fraternidad y la vida en Cristo resucitado.

¿Que debemos hacer pues para que una misa resulte amena sin perder su seriedad? (recordemos que serio no es sinónimo de aburrido, por mucho que se confundan estos términos a veces). Como no hay nada nuevo bajo el sol, no haría falta más que aplicar el sentido común y evitar los aspectos que llevan al tedio y facilitar aquellos que, dentro de la corrección litúrgica (siempre dentro de la corrección litúrgica) permiten una mayor integración de los fieles en la celebración. Es cierto que en ocasiones se necesitaría unos mínimos criterios que muchos desconocen, pero eso no es excusa, si una asamblea no sabe bien cuando levantarse o sentarse, se le indica. Sin ánimo de ser exhaustivo, si no a modo de pinceladas, vayamos por partes.

El templo debe estar limpio y bien iluminado. Un templo sucio o a oscuras (que es distinto a que tenga una luz tenue) provoca incomodidad y ganas de terminar, aunque sea inconscientemente.

Hay que cuidar la ornamentación. Flores, manteles, vestiduras litúrgicas, cirios… deben estar limpios y ser utilizados en su justa medida, sin excesos ni defectos.

El canto. Imprescindible. Una asamblea cristiana que no canta difícilmente es una asamblea cristiana. Hay que procurar que los cantos sean adecuados al momento (no es lo mismo un canto de entrada que uno de comunión) o al tiempo litúrgico. Hay que fomentar la existencia del cantor o del coro y estos deben tener un mínimo de condiciones (hermano, si no das una nota en su sitio no te ofrezcas para el coro, hay otros muchos servicios que puedes realizar) y una clara conciencia de servicio, son animadores de la liturgia para que todo el pueblo cante, no artistas exhibiéndose ante un público con canciones que sólo ellos conocen.

La distribución de la asamblea. Como el cuarto de los niños, un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio. Que cualquiera que entre pueda distinguir perfectamente dónde se proclama la Palabra, dónde se realiza el Sacrificio Eucarístico, dónde la homilía, dónde y cómo se sitúa el coro… el totum revolutum crea incomodidad y no es nada pedagógico.

Los asistentes deben situarse próximos al altar (juro que ni muerde ni es pretencioso sentarse en las primeras filas). En una iglesia a la que voy con cierta frecuencia resulta sorprendente como 50 personas ocupan un templo con capacidad para 400 dispersándose entre los bancos. ¡Somos la familia de Dios reunida en torno a su mesa! No se trata de juntarse tanto que estés incómodo, pero tampoco que te separes de los otros como si fueran apestados. Aquí haría falta desarrollar en la parroquias el servicio del ostiario (sin hache, no confundir con ministro de la comunión) que invitase a la gente a pasar hacia adelante antes del comienzo de la Eucaristía o distribuyese a la asamblea de forma que favoreciese este aspecto.

La homilía (ay). Decía el Papa Francisco que hay que evitar las homilías largas que no dicen nada. Yo añadiría además que también hay que evitar las cortas que no dicen nada o las cortas que tratan de decir mucho en poco tiempo. La homilía es un tiempo precioso para la evangelización y da pena ver muchas veces la pobreza homilética (no sé por qué no aparece esta palabra en el diccionario) de muchos sacerdotes. Primero como simple ejercicio de oratoria, las homilías deben tener una duración acorde a lo que se quiere explicar, si es una idea simple, brevedad, si es más compleja, el tiempo que requiera. Luego el sacerdote debe entender que se trata de un acto de amor para con los hijos de Dios. Debe hacerse con lenguaje apropiado, utilizando los ejemplos e imágenes que sean necesarios e incluso el sentido del humor. Pero además el pueblo tiene derecho a conocer toda la doctrina, ocultar ciertos aspectos de la enseñanza de la Iglesia por que no sean políticamente correctos o no estén de moda o se pueda pensar que los laicos no pueden llegar a comprender ciertas cosas es una falta de caridad.

Podríamos seguir con otros muchos aspectos, la forma de vestir, el fomento de participación de las familias completas… todo aquello que favorezca que la misa, además de tener valor en sí misma (eso siempre lo tiene), pueda ser vivida como la expresión de un pueblo en fiesta, de la alegría de Cristo vencedor de la muerte, del amor de Dios que nos hace partícipes de su misterio Pascual… y todo eso puede ser cualquier cosa menos aburrido.

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La guerra justa de San Agustín, la murmuración y la ofensa a los polacos.


-¿Entonces matar está siempre mal? ¿No hay ninguna circunstancia que lo haga bueno?- me pregunta el alumno mientras estamos viendo temas de moral en uno de los grupos de bachillerato.

-Hacerlo bueno como tal no- contesto- aunque sí que puede justificarse.

-¿Cómo?

-Pues por ejemplo, y eso ya lo estudió San Agustín hace mucho tiempo, la legítima defensa. Alguien quiere atentar contra mi vida o mi integridad o la de otros, yo me defiendo o trato de impedirlo y en la lucha termino matándolo. Pero ojo, no todo vale, también hay que tener en cuenta ciertas condiciones para que se considere “legítima” la defensa.

-¿Cómo cuales?

-Pues que se produzca en el mismo momento. No puedes decir “me pegó una paliza y me mandó al hospital y en cuanto me dieron el alta fui a por él y lo maté”, eso sería en realidad venganza. O que haya una proporción en los medios… no vale el que alguien te ataque con un bastón y tú saques una metralleta…

-O también existe otro factor-prosigo- evitar un mal mayor- los chicos ponen cara de que les suena a chino- Lo habéis visto en muchas películas: un perturbado se sube a una azotea y empieza a disparar contra la gente de la calle y un tirador de la policía lo abate de un disparo. Con esta muerte se evitan otras muchas.

-¿Y matar en la guerra?

-En principio un soldado que causa muertes en un acción de combate sólo cumple con su deber. Otra cosa es la guerra tenga una causa justificada…

-¿Pero hay algo que justifique una guerra?- pregunta perplejo otro alumno

-Esa es la pregunta del millón- contesto- y no tiene fácil respuesta. Veréis- los chicos en el aula están muy atentos, parece que el tema les interesa- en principio la Iglesia reconoce a los pueblos el derecho a defenderse, por lo que puedes responder militarmente ante un ejército enemigo que te ha atacado.

-Ya, pero… -interviene otro de los chicos- ¿qué pasa si es tu país el que ha declarado la guerra a otro, el que ataca en lugar de defenderse?

-Pues el mismo San Agustín también hizo lo propio con las guerras, estudió en qué circunstancias serían justificables, pero el Papa Juan Pablo II, que se opuso siempre con toda energía a la guerra, dijo que los tiempos habían cambiado mucho desde entonces y que hoy en día nada lo justificaba.

-¿Y cuáles eran los motivos de San Agustín?

-Pues varias causas lo podrían justificar según él: que se hubiesen agotado previamente todos los intentos pacíficos para solucionar el problema originario… que hubiese una esperanza cierta de ganar, no puedes ir a la guerra si sabes de antemano que tienes todas las de perder… que se suponga que los daños causados por la guerra serán menores que no hacerlo, esta es a mi juicio la más difícil de cumplir, ya que pocas cosas causan más daño que una guerra…

-¿Pero cómo puedes saber de antemano si vas a ganar o perder una guerra?

-Saberse no se puede, pero si tu tienes un ejército pequeño y mal equipado sería una locura enfrentarte a una superpotencia militar…

-¿Y lo de los jinetes polacos que se enfrentaron a los tanques alemanes?- saltó otro de los chicos

caballos contra tanques

 

-Desconozco esa historia – dije sinceramente. Luego lo consulté y al parecer se trataba de una leyenda sin ninguna base de la segunda guerra mundial, y tampoco sabía de qué podría conocerla aquel chico- pero en principio parecería tonto que tú te enfrentaras con un tirachinas a alguien que tiene una pistola…

La clase no se prolongó mucho más, tan sólo algunas matizaciones sobre lo ya visto, pero aquella frase última que había pronunciado sin ninguna trascendencia iba a dar lugar a otra cuestión moral, la murmuración.

En ese grupo tenía una alumna polaca que ese mismo día no había acudido a clase por estar enferma. Aprovechando su presencia había ponderado otras veces a los jóvenes de su país como ejemplo de juventud católica. Les había comentado que, tal como me constaba y ella misma lo confirmó ante sus compañeros, frente a los jóvenes españoles que tienen muy poca práctica religiosa, casi un 100% de los jóvenes polacos van a misa los domingos y que son muchos también los que van otros días entre semana y/o participan de diversas actividades pastorales de la Iglesia. Les comenté además cómo era habitual ver grupos de chavales que llegaban en bicicleta a las iglesias y dejaban estas aparcadas en la puerta…

Pero a los dos días me crucé por los pasillos con esta alumna. Se me dirigió a mí y con lágrimas en los ojos me dijo lo disgustaba que estaba conmigo porque yo había insultado a sus compatriotas diciendo en clase cuando ella no estaba que los polacos eran tontos. En ese momento el que realmente tenía cara de tonto era yo, sin saber de dónde se habría sacado semejante estupidez… pero en seguida caí que estaría relacionado con la explicación de la última clase y el ejemplo de la leyenda de los jinetes contra los tanques.

Le dije primero que se calmara, que yo jamás había dicho tal cosa. Luego le comenté que me había quedado perplejo porque ella hubiese creído semejante tontería, teniendo en cuenta lo bien que yo había hablado siempre de sus compatriotas y luego le expliqué exactamente qué es lo que había dicho yo en clase. Ella se quedó tranquila y yo satisfecho con la explicación… al menos momentáneamente.

Pero me quedaba otro frente que abordar, nunca mejor dicho, el origen de la murmuración que tanto daño había hecho a esta chica. La providencia quiso que en esa misma hora yo estuviera libre entre clase y clase y que el grupo tuviese tutoría, así que sin pensarlo dos veces me dirigí hacia allá y le pedí permiso al tutor para decir una cosa al grupo.

-Vamos a ver chicos- dije con cara seria y todos se percataron de que algo pasaba- Ha venido hace un rato vuestra compañera Fulana aquí presente dolida porque según le había dicho alguien en esta clase yo había insultado a sus compatriotas- la mitad de los alumnos ponían cara de perplejidad de no saber de que estaba hablando pero en la otra los rostros denotaban que sabían de que iba- Tengo que deciros que lo primero que le he dicho a ella es que yo también estaba disgustado por que se hubiera creído semejante tontería, pero ese no es el caso, y más por cómo todos sois testigos de mi buen concepto de los jóvenes polacos. Muchas veces os he hablado de la importancia que tiene en una frase el contexto, que puede hacer variar su significado de una cosa a su contraria. En este caso quiero creer que se ha tratado de un malentendido por lo que os pediría que si alguna vez no queda claro algo u os resulta extraño algo de lo que digo no tengáis ningún reparo en preguntarme como tantas veces lo hacéis. Si en lugar de un malentendido ha sido una gracia que os quede claro que gracia no ha tenido ninguna, así que lo sepáis y os sirva para otra vez. Pero si lo que ha habido es mala leche, la intención de hacer daño a vuestra compañera o desprestigiar a vuestro profesor espero que el que lo haya hecho venga en el momento que considere oportuno a disculparse, tanto a mi como a Fulana.

Sin más palabras y mientras alguien en el fondo preguntaba “¿pero qué ha pasado?” dí las gracias al tutor por haberme permitido hablar y me marché. Nadie vino a pedirme disculpas e ignoro si lo hicieron con la compañera.

Quiero creer como les dije que fue un malentendido o en todo caso una broma sin gracia, pero en realidad tampoco me volví a preocupar del tema.

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El domingo, la preparación a la primera comunión y la misa en familia


Un joven sacerdote de mi diócesis, Raul M.S., me comenta con preocupación la reacción que algunos padres están teniendo ante la preparación para la primera comunión de sus hijos que está llevando a cabo en su parroquia. Siguiendo las instrucciones de la diócesis ha elaborado un programa de 3 años de catequesis pero, además, ha decidido realizarlo de una manera que me parece simplemente genial: las catequesis se dan el domingo por la mañana antes de misa y después los niños asisten a esta con sus padres.

 iglesia familia

Pero este plan lo ven algunos padres como castigo, tanto el hecho de que sean tres años como que sea en domingo. Yo supongo que además, aunque no lo manifiesten, también verán algunos como un castigo el tener que asistir a misa, ya que de otra manera, como decimos en España, se la pelarían. Estaríamos pues ante el problema más generalizado de aquellos que mantienen los sacramentos como un rito social más pero que en el fondo poseen una fe infantil cuanto apenas, no son coherentes con la decisión de llevar a sus hijos a las catequesis y han perdido además todo sentido del domingo.

  • ¿Pero para que quieren el domingo los padres?- le pregunto.

  • Pues para irse por ahí, pero no lo entiendo… si a las 12 ya hemos acabado todo.

Supongo que para alguien que vive en este sentido el domingo cualquier tiempo le parecería excesivo. Si aumentase el tiempo de preparación de 5 meses a 6 también se quejaría del exceso. Personalmente nunca he entendido las catequesis “sacramentales” en sentido estricto, quizá debido a mi propia experiencia personal. En la parroquia en la que me formé en mi infancia y mi adolescencia las catequesis no tenían “apellido”, eran un continuo de los 8 a los 15 años en los que había dos momentos fuertes, la primera comunión y el sacramento de la confirmación. Concluido este se nos invitaba a los chavales a hacer las catequesis de “jóvenes y adultos” (apenas 15 charlas y una convivencia de fin de semana en menos de dos meses) y formar con todos los que habían asistido (otros jóvenes y adultos) una nueva comunidad cristiana con la que seguir nuestra formación y nuestra vida parroquial.

Pero volviendo al tema del sentido del domingo habría que recordar con Juan Pablo II, de feliz memoria, que este no es simplemente una cruz en el calendario que nos recuerda la obligación de ir a misa, si no que todo el día en sí es la expresión de “la resurrección de Jesús, el dato originario en el que se fundamenta la fe cristiana y quienes han recibido la gracia de creer en el Señor resucitado pueden descubrir el significado de este día semanal con emoción” (Carta Apótólica Dies Domine.2) y por eso dirá San Jerónimo (en cuya onomástica escribo estas líneas) «el domingo es el día de la resurrección; es el día de los cristianos; es nuestro día ».

Ciertamente, y como recoge el Santo Padre (nunca mejor dicho) en la carta, “ la santificación del domingo estaba favorecida, en los países de tradición cristiana, por una amplia participación popular y casi por la organización misma de la sociedad civil” mientras que hoy en día la consolidación del llamado fin de semana parece haber desprovisto al domingo de cualquier otra significación que no sea un momento más en este periodo de tiempo.

Curiosamente parecería que, y esto lo añado de mi cosecha, cuanto más tiempo libre tenemos, menos le dedicamos a Dios, por eso “a los discípulos de Cristo se pide de todos modos que no confundan la celebración del domingo, que debe ser una verdadera santificación del día del Señor, con el fin de semana, entendido fundamentalmente como tiempo de mero descanso o diversión” (D.D) y sobre todo, y tal como ya decía San Pedro en su día, en el domingo “los fieles deben reunirse en asamblea a fin de que, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, hagan memoria de la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios que los ha regenerado para una esperanza viva por medio de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (1P 1, 3).

Es por esto que Juan Pablo II dará un montón de “títulos” al domingo: día de Cristo, día de la Iglesia, día de descanso, día de la solidaridad, día de los días o día de la alegría. ¿No podemos dedicar entonces tiempo para divertirnos en domingo?. Por supuesto, “ya que no hay ninguna oposición entre la alegría cristina y las alegrías humanas verdaderas. Es más, éstas son exaltadas y tienen su fundamento último precisamente en la alegría de Cristo glorioso, imagen perfecta y revelación del hombre según el designio de Dios” (D:D 58), eso sí, “los fieles han de elegir, entre los medios de la cultura y las diversiones que la sociedad ofrece, los que estén más de acuerdo con una vida conforme a los preceptos del Evangelio” (D.D 68).

Tal como dirá el Eclesiástico, hay un tiempo para cada cosa, y por tanto podemos aprovechar el domingo para descansar, para estar con la familia y amigos, para hacer deporte o asistir a algún evento cultural, para visitar a algún enfermo o hacer alguna obra de caridad, pero ante todo y sobre todo tener en cuenta que la Eucaristía es el centro del domingo. Ya en el primer catecismo de la Iglesia, la Didajé, enseñaban los apóstoles “Dejad todo en el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas, porque es vuestra alabanza a Dios. Pues, ¿qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino que es eterno?”.

Es por eso que en domingo cobra una especial relevancia la familia, ya que “corresponde ante todo a los padres educar a sus hijos para la participación en la Misa dominical, ayudados por los catequistas, los cuales se han de preocupar de incluir en el proceso formativo de los muchachos que les han sido confiados la iniciación a la Misa, ilustrando el motivo profundo de la obligatoriedad del precepto” (D. D. 51)

Porque “entre las numerosas actividades que desarrolla una parroquia ninguna es tan vital o formativa para la comunidad como la celebración dominical del día del Señor y de su Eucaristía. En dicha asamblea las familias cristianas viven una de las manifestaciones más cualificadas de su identidad y de su ministerio de iglesias domésticas, cuando los padres participan con sus hijos en la única mesa de la Palabra y del Pan de vida” (D.D 49).

Vivido así los padres de la parroquia de mi amigo no lo concebirían como un castigo, todo lo contrario, si no como una auténtica bendición. Ciertamente faltaría por tanto una pastoral previa de los padres (la Iglesia tiene multitud de recursos, acciones pastorales y grupos de fe que en muchas ocasiones son “desaprovechadas” por los mismos pastores) y además, aunque esto no sea “doctrina oficial” si alguno de estos padres leyera estas lineas les diría que, por propia experiencia, la “santificación” del domingo lleva una serie de “efectos secundarios” altamente beneficiosos: mejora la relación con los hijos y con el cónyuge, se aprovecha mucho más el día y todas las cosas buenas que Dios pone para nuestro disfrute y hasta sale mejor la paella… de verdad, creedme.

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