Todos los políticos (y sus simpatizantes) deberían ser como Carles Puyol


Todos los políticos y sus simpatizantes deberían ser como Carles Puyol.

Cada vez que se produce un caso de excesos o de corruptelas tendrían que ser los propios miembros del partido los que los corrigieran en lugar de tratar de justificarlos o de echar balones fuera con el “y tú más” a otro partido opositor.

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Hace unos años el Barça ganaba por goleada en casa del modesto Rayo Vallecano cuando tras el 7º gol de su equipo dos compañeros,Thiago y Alves, lo celebraron con un bailecito ridículo ante la complacencia de otro, Pedro, y las protestas del público, que si ya les era duro ver perder a su equipo de esa manera mucho más lo era contemplar dicha celebración. Cuando de repente y sin mediar palabra apareció Puyol, el gran capitán, que a saber de donde vendría, interrumpió la danza y prácticamente a collejas los hizo regresar a su propio campo.

Puyol no escondió la cabeza como un avestruz, Puyol no les rió la gracia, Puyol no dijo que otros equipos rivales también hacían lo mismo, Puyol no trató de comparar lo que habían hecho sus compañeros con otras cosas que nada tenían que ver. Puyol vió lo que no le gustó de su propio equipo y lo corrigió. Punto.

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El odio me da mucho miedo


Dice la Biblia en el Cantar de los Cantares que el amor es fuerte como la muerte, o en otra traducción que el amor es más fuerte que la muerte. Ciertamente el amor de Dios por la humanidad entregando a su Hijo como propiciación de nuestros pecados fue mucho más fuerte que la muerte y por eso resucitó al tercer día.

Lo que no tengo claro es si el amor es más fuerte que el odio. Mi mente me dice que tiene que ser así, que eso es lo que debo creer, pero… cada día observo actitudes tanto personales como colectivas que me hacen ver lo fuerte que es el odio, su poder de destrucción, y eso me produce miedo, mucho miedo.

En el libro del Génesis aparece apenas en el capítulo 4 como Caín recorre ese camino maldito de la envidia al odio y del odio al fratricidio… y es sólo es el comienzo de la Biblia. Las historias de los yihadistas que asaltan los informativos de las televisiones nos muestran cómo alguien es capaz no sólo de matar al que considera su adversario, que ya es una muestra intolerable de odio, sino hacerlo con una saña vomitiva.  Vemos además como hijos de emigrantes perfectamente integrados en sociedades europeas son capaces de abandonar sus prometedoras carreras universitarias para ponerse un pasamontañas y marchar al país de sus padres a degollar cristianos.

Todas las guerras además producen ese terrible fenómeno de la deshumanización del combatiente y por eso aparecen todas las atrocidades inimaginables. En el genocidio de los tutsis producido por los hutus en Ruhanda en los años 90, un soldado asesinó a un bebe poniéndolo vivo en una máquina de cortar fiambre ante la mirada de la madre. Y eso que los hutus y los tutsis son en su mayoría católicos y poseen una misma lengua, es decir, que el odio tribal fue, en muchos casos, más fuerte que la propia fe y cultura compartidas.

En política, al menos en España, observo un creciente y preocupante aumento del odio hacia el que tiene otro pensamiento. Parece que la “memoria histórica” promovida de forma parcial y torticera por un expresidente del gobierno ha traído como consecuencia lo que muchos temíamos, una “desmemoria histórica” que ha hecho olvidar las circunstancias que llevaron a los españoles a matarse unos a otros en una guerra civil hace apenas 80 años, para convertirlo en una historieta de buenos y malos que no superaría ni el más mínimo análisis racional y que sin embargo ha sido aceptada por muchos como un dogma de fe.

El odio acumulado durante un siglo atrás llevó primero a una revuelta política (no un procedimiento democrático como por desconocimiento algunos piensan) para proclamar una república  y expulsar al rey, para que apenas unos pocos años después se produjera una alzamiento militar que fue acompañado por la mitad de la población civil mientras la otra mitad se mantenía fiel gobierno, dando lugar a una guerra fratricida. Guerra precedida y acompañada entre otras por una persecución religiosa en el que las quemas de iglesias y conventos, las violaciones de religiosas y el reguero de la sangre de los mártires fueron abundantes.

Hoy reverdecen con mucho miedo por mi parte algunas actitudes políticas que me recuerdan a aquellas. Hace poco perdí un amigo que se metió en política y en las redes sociales se dedicó a insultarme y calumniarme por que yo no compartía sus tesis en favor de las pretensiones del lobby gay. Leo con frecuencia a conocidos míos, que se definen a sí mismos como cristianos, insultar sin ningún miramiento a los que consideran sus adversarios políticos olvidándose ya no sólo del amor al enemigo, sino de la más mínima norma de educación. La máxima de confrontar las ideas pero respetar al que no comparte las propias parece cada vez más un reducto de algunos pocos ilusos como un servidor.

Veo como sin miramientos los partidarios de un partido político se dedican, y con razón, a señalar y condenar los casos de corrupción del partido adversario y sin embargo justifican de manera vergonzante los casos propios o se dedican a hacer la avestruz ante ellos.

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Recuerdo en catequesis de confirmación que explicaba a los chavales la naturaleza pecadora del hombre, diciendo que nadie puede considerarse mejor que otro por sus pecados ya que si Dios nos dejara de su mano seríamos capaces de cualquier atrocidad. Uno de los chavales me replicó hablando del terrorismo de ETA y sus asesinatos y bombas y que él creía que jamás llegaría a ese extremo. Le comenté entonces que si, en lugar de haber nacido en el seno de su familia, hubiese nacido en otra donde la madre y la abuela le hubiesen educado en el odio al otro, en el odio a lo español, es muy probable que al llegar a los 18 años le pusieran una pistola en la mano y se liase a pegar tiros. He visto también en familias bien avenidas como la cizaña y las mentiras de una parte interesada han sido capaces de destruirlas y convertir el amor en odio con una facilidad pasmosa.

Aún así tengo que hacer de tripas corazón y “obligarme” a creer y pensar que el amor es más fuerte que el odio… y que si no lo es tiene que serlo, tiene que serlo, tiene que serlo.

Los que leéis estas líneas ayudadme a que sea verdad. La historieta de Nathanael Lark que ilustra el artículo debe ser verdad, y no al revés como por desgracias sucede tantas veces. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo sobre el amor a los amigos… y a los enemigos no pueden ser una mera utopía. Que nuestra oración y que nuestra acción, por débil que sea, puedan hacerlas realidad… o al menos que se aproxime un poco.

Que así sea.

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¿Gatillo fácil disparando juicios?


Un joven sacerdote pidió a un amigo suyo que fuera con su guitarra a cantar en las misas de primeras comuniones de su parroquia, en cuatro o cinco celebraciones distintas, sabedor de que su intervención contribuiría a realzar un acto tan importante en el calendario parroquial. Además le pidió unos cantos concretos de los cuales su amigo desconocía la mitad, por lo que tuvo que dedicar un tiempo para aprenderlos.

Después de la segunda de las celebraciones el sacerdote se acercó a su amigo y le dijo que cuando terminase todo le gratificaría con una cantidad en metálico, a lo que este se negó. Le dijo que si quería gratificarle lo hiciese “en especie” con una estampita del titular de la parroquia o invitándolo a comer o a tomar algo en el bar de al lado, pero que él no pensaba cobrar por cantarles a unos niños en su primera comunión.

Al cabo de un rato el músico se acordó de una cosa y le dijo al sacerdote que había un dinero que sí que le cobraría. Esa mañana al ser domingo, cuando se dirigía al templo, comprobó que la frecuencia de autobuses urbanos en la ciudad era menor que un día laborable y temiendo llegar tarde había tomado un taxi, así que le dijo que, ya que se había ofrecido a una compensación en metálico, el importe de ese desplazamiento sí que se lo cobraría. El cura le respondió que esa actitud era signo de falta de humildad, que si simplemente hubiese aceptado el pago en metálico que le ofreció de primeras, no habría tenido que pedirle eso.

El músico se sintió muy triste. No entendía tal acusación. Él, un hombre creyente, tenía claro que cuando alguien la Iglesia le pedía un servicio, ya fuese puntual o prolongado, respondería desde su libertad y desde la gratuidad. En este caso, ya que no estaba dispuesto a cobrar si que procuraría no tener que pagar, por eso cuando le ofreció la compensación solo quiso el importe del desplazamiento que había abonado de su bolsillo, de otra manera ni lo hubiese mencionado. Pero que el sacerdote entendiese que eso era por una falta de humildad le pesaba. ¿Le había juzgado de forma precipitada? ¿Era una falta de humildad no querer cobrar un dinero por un servicio prestado a la Iglesia?

¿O quizás- y eso sería lo más grave- tendría el cura un gatillo demasiado suelto a la hora de ir emitiendo juicios?. Le preocupaba que con una actitud así pudiera disgustar y causar malestar a otros, aunque se consoló pensando por un lado en la juventud del sacerdote, que apenas contaba con un año desde su ordenación, sabiendo que el discernimiento, como todas las virtudes, necesita tiempo para su maduración y perfeccionamiento. Y por otra parte se lo había dicho en la confianza de los amigos, con lo que pensaba que de normal sería más comedido con sus feligreses.

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En otra ocasión el mismo músico participaba en un foro de internet de música cristiana. Un día leyó un mensaje sobre la realización de un festival de música gospel en una población cercana a la suya y se alegró. El era una gran amante de ese tipo de música y en la mayoría de ocasiones sólo podría seguirla por internet. Abrió el post para ver los detalles del mismo y se encontró con la desagradable sorpresa, al menos para él, que en realidad no se trataba de lo que anunciaba, sino de un concierto con grupos protestantes, ninguno de los cuales para más inri hacía música gospel.

Disgustado contestó en el post, de forma educada pero contundente, diciendo que le parecía incorrecto anunciar una evento con unas características distintas a lo que en realidad se trataba. El que había escrito el mensaje en lugar de disculparse se reafirmó diciendo que la música gospel era toda aquella que tuviese un contenido espiritual. El músico le replicó diciendo que eso no era así, que la música gospel tenía una serie de características concretas que la diferenciaban de otros géneros musicales. Para su sorpresa uno de los administradores bloqueó su acceso a perpetuidad en dicho foro acusándolo de creerse “juez de todo y de todos”. Se le quedó cara de tonto… ¿quién juzgaba a quien? ¿el que denunciaba una falsedad o los que le juzgaban por hacerlo?. Pese a su protesta y la reclamación a otros administradores no consiguió que le levantasen el veto.

El refranero español, tan sabio como ningún otro, afirma que hay que “decir el pecado pero no el pecador”. Haciendo una traslación al plano moral sobre el juicio podríamos decir que se debe “juzgar el pecado pero no el pecador”, aunque hasta eso mismo es relativo, delicadamente relativo. Veamos, yo no podré ni deberé juzgar a una prostituta ni a sus clientes, sólo Dios sabe cuales son los condicionantes morales, familiares, económicos, psicológicos… que llevan a una persona a ejercer tal actividad. Lo que sí que diré claramente es que la prostitución es un acto gravemente ilícito que convierte el acto sexual, don de Dios para la donación al otro y a la vida, en una simple mercancía y a la mujer en un objeto, en un mero orificio (perdón por el grafismo).

Y si alguien me pidiera consejo sobre la conveniencia de dedicarse a tal actividad o a contratar este tipo de servicios le diría que huyese como del fuego. ¿Pero por qué relativo? Porque si en lugar de requerir mi consejo alguien viniera y me dijera que ejerce ese oficio porque le da la gana y no piensa cambiarlo por otro menos remunerado, o que contrata los favores de una profesional porque le gusta y hace con su dinero lo que quiere, podría decirle de la misma forma que están haciendo muy mal, haciéndose daño a si mismos, destruyendo su dignidad aún sin saberlo y condenándose en un cuerpo que dejaría de ser templo el Espíritu (es una forma de hablar) para convertirse en un contenedor de basura.

Igualmente sucede a la hora de condenar el aborto, por ejemplo. Si afirmo en cualquier foro lo que es una simple evidencia científica, que el aborto no es más que la muerte provocada de un ser humano inocente e indefenso, algún tonto (por no decir otra cosa) saldrá diciéndome que he llamado asesinas a las mujeres y otras estupideces similares. Ciertamente los que así afirman o creen que todas las mujeres abortan o en realidad lo dicen por pura malicia. Porque el hecho es que creo (o quiero creer) que la mujer en un aborto es otra víctima más en la mayoría de los casos, me cuesta difícil de concebir que una mujer gestante es capaz de consentir la muerte del hijo de sus seno como quien accede a sacarse una muela. Pero vamos, no me importaría decirle cuatro cosas no muy conformes a la buena educación a todos esos pseudomédicos y empresarios de la muerte que se lucran con tal crimen.

Añadamos todos los ejemplos que queramos: la explotación laboral, la promiscuidad, el enriquecimiento ilícito, el juego, las relaciones con personas del mismo sexo, la violencia…

¿Cuál es la clave pues? ¿cómo podemos saber cuando estamos corrigiendo fraternalmente, cuando estamos condenando una injusticia y cuando estamos cayendo en el pecado del juicio?. La respuesta es tan simple o complicada como podamos entenderla, ya que la clave está en considerar que a la hora de realizar una valoración yo no soy mejor que el otro, que el otro es hijo de Dios como yo y, como yo, pecador que necesita de conversión y que si mi pecado no es tan escandaloso como el suyo es por pura gracia de Dios que no levanta su mano de mi, no por ningún mérito mío. ¿se entiende esto? Si es así enhorabuena… a mí mismo me cuesta de entender muchas veces y también se me puede ir el gatillo de forma fácil.

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Semana Santa: ¿Nos quedamos en la parroquia o nos vamos fuera?


Nota previa: Escribo estas lineas a petición de Marcos Buigues, de Valencia, que me ha pedido tratar el tema de la conveniencia de celebrar la Semana Santa con la propia comunidad parroquial de cada uno, pero me gustaría recordar que aunque escribo este blog hablando de temas de religión y desde mi perspectiva de creyente católico, muchas de las cosas que reflejo son opiniones personales, por lo que pueden ser compartidas o no por otros creyentes.

Difícilmente se entendería en Valencia que un fallero de la comisión de la falla del Pilar al llegar el 14 de marzo se fuese a pasar la semana fallera a Benicarló “porque allí también hacen fallas”. Supongo que sería lo mismo que un miembro de una escuela de samba de Río de Janeiro en lugar de celebrar los carnavales de su ciudad se fuese a otra o que un aficionado a la tauromaquia de Pamplona al llegar San Fermín se fuese a ver toros a Marbella.

Sin embargo no parece extrañarnos los creyentes que al llegar la Semana Santa marchan a otras poblaciones de vacaciones, pues “parroquias hay en todos lados” o, lo que resulta paradójico, para celebrar la Semana Santa “de manera distinta”.

En el primer caso podríamos entenderlo desde una perspectiva del creyente “practicante” que asiste a la misa dominical de forma ritual (lo digo sin ánimo peyorativo) pero que ciertamente no tiene más vinculación ni vida eclesial, por lo que “escuchar” misa es algo que ciertamente haría igual en la iglesia de su barrio que en una de Pernambuco, como harían Mortadelo y Filemón después de meter la pata.

En el segundo caso me parece algo más triste. En muchas parroquias, particularmente algunas que son atendidas por órdenes religiosas, les ha dado por celebrar desde hace ya tiempo lo que denominan “Pascuas jóvenes” (???), que no es otra cosa que llevarse a los jóvenes de retiro o convivencia durante el triduo pascual y celebrar con ellos la Semana Santa de forma independiente. O incluso no específicas de jóvenes, sino asociaciones que promueven algo similar, añadiendo algún adjetivo o toponímico tipo “Pascua en Villa Celeste” o “La Pascua de Las Alcachofas” (los nombres son ficticios).

Parece que no hubiera en todo el año fechas para hacer retiros juveniles y que fuese “obligado” separar a los jóvenes de sus propias familias y del resto de la comunidad parroquial a la hora de celebrar la fiesta grande de los cristianos.

  • Pero es que para los jóvenes es una gran experiencia, incluso fuente de vocaciones…

No digo que no, por supuesto, pero igualmente se podría vivir esa experiencia previa a la Semana Santa, como preparación a la misma (para eso la Iglesia nos regala 40 días de Cuaresma) o de profundización a posteriori (para eso la Iglesia nos regala 50 días de Pascua). O incluso se podría realizar en la misma Semana Santa sin que ello rompa la participación con el resto de la familia, reuniendo a los chavales el jueves, viernes y sábado por la mañana, preparando su participación activa y asistiendo con ellos a los oficios y celebraciones parroquiales.

También existe un tercero que trataría del “turismo religioso”, de dejar tu parroquia por ir a ver cómo se celebra en otros lugares que lo hacen con más “vistosidad”. Esto, que podría ser comprensible como algo ocasional, celebro siempre la Semana Santa en mi parroquia, pero esta vez me apetece ir a ver la de Toledo que me atrae por su imaginería, sería triste si se convirtiese en algo habitual, ya que demostraría que lo importante es el aspecto externo o estético que la vivencia religiosa propiamente.

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Quizá en el fondo lo que subyace es la idea de parroquia. Según el Concilio Vaticano II la parroquia es ante todo una comunidad de fieles. (Sacrosantum Concilium 42). Generalmente está asociada a un lugar geográfico, pero más allá de eso es el “lugar” concreto en el que cada uno vive su fe, de manera que resulta común que alguien mantenga su vinculación con su parroquia “de toda la vida” aunque se mude a otro barrio, por ejemplo.

Dos conceptos en torno a la parroquia nos podrían resultar erróneos. Uno el asociarla al templo y entenderla en un sentido “burocrático” como la dependencia en la que se administran sacramentos de la misma manera que en la delegación de hacienda se gestionan los pagos de impuestos. Daría por tanto lo mismo hacer la “gestión” al lado de tu casa que al lado del apartamento en la playa.

Otro entender la parroquia como un bloque monolítico en el que todos los feligreses hacen lo mismo y acuden a la misma celebración de la Eucaristía en lugar de concebirla como una comunidad de comunidades, por lo que hacer lo mismo que el resto en una masa anónima daría igual fuese cual fuese esa masa, la de tu barrio o la que está más cerca del chalet de la montaña.

Como dice monseñor Berzosa, obispo de Ciudad Rodrigo, frente a un modelo de parroquia preconciliar en la que “lo que importaba era el número, la masa y no la comunidad, donde los laicos eran sujetos pasivos” la parroquia de hoy debe ser “una comunidad de comunidades, donde coexisten grupos diversos con sus carismas” y dónde se deben desarrollar las “cuatro dimensiones de la Iglesia particular: comunión, celebración, catequética y misión”.

A un servidor, que vivo mi fe en una comunidad neocatecumenal, me preguntaba un amigo sacerdote por qué los “kikos” no celebrábamos la misa “en la parroquia” tal como convocaba el párroco. Detrás de la pregunta subsistía todavía ese concepto monolítico preconciliar.

– Por supuesto que celebramos la Eucaristía en la parroquia y con el párroco- cuando le contesté cayó en la cuenta que había hecho otra vez la misma identificación de parroquia-templo, parroquia-misa de 12, como si celebrar la Eucaristía en pequeñas comunidades fuese “menos parroquia” que hacerlo en una asamblea grande dónde la mayoría de gente te es desconocida.

Por eso es una bendición que en una parroquia puedan existir grupos diversos con sus carismas, es una muestra de la diversidad en la unidad de la Iglesia católica, y en la que se puedan distinguir cuales son las realidades pastorales para la formación cristiana y cuales los servicios de caridad y cuales los de misión y catequesis, de manera que uno puede formarse y vivir la fe en los primeros y a partir de ahí realizar un servicio según sus propias cualidades o disposición en los segundos. Es más, podríamos decir que un grupo de fe es “más parroquia” cuanto más nutren sus miembros los servicios que esta presta.

Ahora bien, frente a la diversidad de funcionamiento sí que existen determinados momentos en que es bueno y hasta necesario que se visibilice la unidad, en la que aparezca la “parroquia al completo” y en los que las distintas realidades parroquiales celebren unidas, junto con los que asisten también durante el año a horas diferentes a las diversas celebraciones de la Santa Misa dominical. Es evidente que tiene que ser en las fechas señaladas como grandes en el calendario parroquial, la del día del titular de la parroquia, cada una el suyo, y el de la Navidad y la Semana Santa, junto con toda la Iglesia Universal.

Y es deseable por tanto que para cada uno de ellos no sea lo mismo celebrar la Pascua con el resto de miembros de la comunidad parroquial que no hacerlo, vivir la Semana Santa con aquellos con los que compartes la parroquia que con unos turistas de vacaciones en chancletas, hacerlo presidido con los sacerdotes que tienes todo el año a tu servicio que hacerlo con otros desconocidos, compartir los días grandes del cristiano con tus hermanos de comunidad y grupo de fe y junto con ellos con el resto de comunidades y grupos de fe de tu parroquia que irte a un lugar dónde no conoces a nadie…

Y es deseable que se manifieste el pueblo de Dios en su totalidad, niños, jóvenes, adultos y viejos, las familias de la parroquia, los religiosos y religiosas… unidos en la diversidad.

Y además es deseable hacerlo sin prisas, sin mirar el reloj, de la forma más solemne posible, que no significa hacerlo de manera ostentosa (aunque ese sería otro tema). ¿Por qué hacer el Vía Crucis por el interior del templo pudiendo hacerlo con el Cristo en procesión por el barrio? ¿Por qué convertir la procesión del Domingo de Ramos en un entrar desde la puerta en lugar de marchar con las palmas y los ramos haciendo visible la presencia del pueblo que sigue a Cristo a todos los vecinos? ¿Por qué ir racaneando la Vigilia Pascual quitando lecturas o convirtiéndola en una misa vespertina en lugar de celebrar una auténtica vigilia nocturna? ¿Por qué terminar “con un chocolatito y unas pastas” pudiéndote ir a cenar cordero conforme a la tradición?. Y si a alguien no le gusta o no puede o tiene prisa, siempre encontrará la manera de asistir a una misa de 30 minutos, seguro.

¿Convivencias de jóvenes? ¿Celebraciones particulares? ¿Reuniones de grupos?… ya habrá tiempo en todo el año para poder realizarlas.

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A vueltas con el ecumenismo


Nota previa: Me pide Gerardo Cabán, de Puerto Rico, que escriba sobre el ecumenismo, que según ha visto es un término que produce mucha confusión. No sé si lograré disminuirla pues, tarea difícil, pero al menos espero no aumentarla. Es un término delicado ya que no existe por parte del Magisterio una instrucción clara a modo de una fórmula matemática tipo 2+2=4, por eso es probable que en este artículo, aunque procure ser fiel al Magisterio, haya cosas que sean opiniones personales y por tanto pueden ser compartidas o no, e incluso es posible que cometa algún error, por lo que pido que si alguien descubre alguno obre de misericordia conmigo y me corrija. De todas formas ante la duda remítanse todos al Decreto Unitatis Redintegratio, del Concilio Vaticano II, que recoge la postura oficial de la Iglesia Católica al respecto.

Jesucristo expresó en una “oración pública” el deseo de que todos sus discípulos “fuesen uno” como Él y el Padre eran uno “para que el mundo crea que Tú me enviaste” .(Jn 17,21). Ciertamente cuando Jesús pronunció estas palabras no se refería a la llamada a la unidad entre las distintas confesiones cristianas, entre otras cosas porque no las había, sino a la unidad personal. Pero aún así este mismo deseo, casi diríamos este mismo mandato, podría aplicarse a la hora del ecumenismo que según la simple definición del diccionario es la “tendencia o movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todas las iglesias cristianas”.

Tengamos en cuenta que si Cristo es uno, una es su predicación, una es la Iglesia que fundó y hoy tenemos 400.000 “iglesias” cristianas es que algo hemos hecho mal todos, ojo, todos. Y además, volviendo a la cita de Juan, la falta de unidad entre los cristianos es un escándalo para el resto de los hombres: “Cómo voy a creer en Jesucristo si lo que dices tú que eres cristiano es distinto a lo que dice el otro que también lo es”. La unidad vuelve a ser necesaria “para que el mundo crea”.

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El hecho además resulta aún más escandaloso si cabe cuando por historia vemos que los cismas en su origen (el ortodoxo, el luterano, el anglicano…) fueron debidos más a motivos personales e intereses políticos, aunque luego se les “revistió” de cuestiones teológicas y doctrinales. (Ver los artículos “¿Pero cuál de las iglesias cristianas es la verdadera?” I y II)

Ahora bien ¿en qué consiste esta unidad? ¿cómo debiéramos lograrla?. Es evidente por un lado que los católicos anhelamos el regreso de los “hermanos que se fueron” a nuestra propia casa que es también la suya y, como dice la Unitatis Redintegratio, que “todos los cristianos se congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia, a la unidad que Cristo dio a su Iglesia desde un principio, y que creemos subsiste indefectible en la Iglesia católica de los siglos”. Los hermanos “separados” serían así, como dijo hace poco un lector de este blog de forma muy hermosa, hermanos “esperados”.

Pero en las actuales circunstancias no parece factible a corto o medio plazo, aunque podemos apuntar algunas cosas, como que cada día son más las conversiones de personas de congregaciones protestantes al catolicismo, o como “creaciones” como el Ordinariato para la conversión de los anglicanos al catolicismo han tenido mucho “éxito”. Pero a fin de cuentas el ecumenismo no es esto, o al menos no es esto solamente, sino que se trataría de ir recuperando la unidad partiendo de lo que ya nos une, que siempre será más que lo que nos separa, en principio nada más y nada menos que el reconocimiento de Dios como Padre y Creador, de Jesucristo como Señor y Salvador y la fuerza y la acción del Espíritu Santo.

Hemos de recordar que muchos de los que participan en otras congregaciones están “constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica” y “son reconocidos como hermanos en el Señor por los hijos de la Iglesia Católica”. (U.R. 3) y también reconoce que “los hermanos separados practican no pocos actos de culto de la religión cristiana, los cuales… pueden, sin duda alguna, producir la vida de la gracia, y hay que confesar que son aptos para dejar abierto el acceso a la comunión de la salvación”. Es decir, aunque la plenitud reside en la Iglesia que Cristo mismo fundó, también hay partes de sus elementos, podríamos hablar de la oración, de la lectura de la Palabra, de las obras de misericordia, de pedir perdón por los pecados, etc, que están presentes en otras confesiones.

La Unitatis Redintegratio marca para los católicos un camino de varios pasos (que pueden igualmente seguir los cristianos de otras confesiones por su parte):

.-El primero evitar términos y juicios erróneos sobre los hermanos separados. Yo diría aquí “nada de hacer películas de buenos y malos” mejor de “hermanos que se quieren aunque tengan sus riñas”, ja, ja, ja.

.-El segundo que “peritos y técnicos” de las distintas confesiones establezcan un diálogo consistente en la exposición clara de su doctrina a los demás para que todos tengan un conocimiento auténtico del otro. Este concepto es muy claro, y aunque nos puede sonar algo “clasista” por ser reservado a los entendidos, hemos de comprender que la delicadeza de la cuestión impide que pueda ser tratado por cualquiera. ¡Cuantos errores habremos cometido por esto mismo!. ¡cuántas confrontaciones son debidas realmente al desconocimiento y no a una causa cierta!.

Como dijo el Venerable Fulton Shenn, obispo católico estadounidense del siglo XX y cuyas palabras hizo suyas también San Juan Pablo II, “No hay más de 100 personas en el mundo que verdaderamente odien a la Iglesia Católica, pero sí hay millones que odian lo que ellos creen que es la Iglesia Católica”.

.-El tercer lugar sería la colaboración en el bien común (podríamos hablar aquí de obras de caridad, de la lucha contra el aborto…) e incluso la oración común. Son ya muchas las experiencias ecuménicas como la comunidad de Taizé, lapredicación del Papa Francisco en un templo protestante, los encuentros de oración en Asís de San Juan Pablo II y Benedicto XVI o la Semana de Oración para la Unidad de los Cristianos que celebran conjuntamente católicos, anglicanos, ortodoxos y algunas congregaciones protestantes. Por cierto, aunque desde hace mucho tiempo esta semana (o esta “octava”) está impulsada por la Iglesia Católica, en su origen fue una iniciativa de un pastor episcopaliano de Estados Unidos

¿Conducirán estos pasos a la unidad de los cristianos en una sola Iglesia? Sólo Dios lo sabe.

Ahora bien, si nos es difícil definir con claridad qué es el ecumenismo, nos es más fácil, al menos en principio, afirmar qué NO es el ecumenismo y evitar así el peligro de lo que algunos definen como un “falso ecumenismo”, a saber:

El ecumenismo no es un “relativismo cristiano”. No podemos decir que da igual ser de una confesión cristiana que de otra. Para empezar hay que examinar muchas congregaciones que se dicen cristianas y cuyo credo es difícilmente compatible con el evangelio o incluso son tapaderas de simples sectas o burdos negocios. Para los católicos además no es ni puede ser lo mismo participar de los sacramentos que no participar, en especial de la Eucaristía o la Penitencia, tener a María como madre que no tenerla, beneficiarnos del servicio de los sacerdotes consagrados que no hacerlo…

El ecumenismo no supone renunciar a tu propio credo aceptando el de otro, sino buscar que hay de común entre mi credo y el del hermano separado. Hace poco oí a un profesor universitario, muy docto en su materia pero no precisamente en esta, que “a ver si ahora con lo del ecumenismo vamos a pensar como los calvinistas que los ricos van al cielo y los pobres no porque la bendición de Dios se manifiesta en la prosperidad material”. Esto no es el ecumenismo, por supuesto.

El ecumenismo no supone introducir en la liturgia católica elementos ajenos a ella. Se pueden hacer celebraciones ecuménicas entre cristianos de distintas confesiones en torno a la palabra, la oración o la música, pero eso no significa introducir cantos protestantes en la Eucaristía o ritos de otras celebraciones ajenos a las rúbricas, por ejemplo, de la misma manera que sería un absurdo que los protestantes se pusieran a “representar” una celebración de la Eucaristía cuando niegan la presencia real de Cristo en la misma.

La participación en el ecumenismo para los católicos se hará por tanto, y así lo recuerda la U.R también, desde la afirmación y el conocimiento claro de la propia fe en lugar de la relativización de la misma o la renuncia a alguno de sus postulados.

Para ello es necesario un proceso de conversión y de conocimiento de la propia fe católica que permita por una lado exponerla y por otro reconocer no sólo las diferencias con el credo de los hermanos separadas sino también, y esto es muy importante, reconocer “que todo lo que obra el Espíritu Santo en los corazones de los hermanos separados puede conducir también a nuestra edificación” ya que “lo que de verdad es cristiano no puede oponerse en forma alguna a los auténticos bienes de la fe, antes al contrario, siempre puede hacer que se alcance más perfectamente el misterio mismo de Cristo y de la Iglesia”. (U.R)

Sé que este camino es difícil, que a muchos católicos les es difícil de entender en algunos aspectos y que son también muchos los protestantes que se niegan a ello e incluso utilizan el término “ecuménico” como insulto, como sinónimo de “traidor” o “vendido”.

Algunos de ellos están sufriendo de manera indecible por los ataques de sus propios correligionarios como el reciente casos de Alex Campos, músico protestante que participó en un concierto con músicos católicos en el Vaticano y que tuvo que hacer unas declaraciones a mi juicio desafortunadas ante tanto ataque. O el caso de Jesús Adrián Romero, también músico y predicador protestante, al que le han dicho las barbaridades más horribles porque se atrevió a decir públicamente que “los católicos no son idólatras” (crítica sostenida por muchos de ellos hasta la obcecación) o que “la Biblia no prohíbe las imágenes en sí” (afirmación que para muchos de ellos es un auténtico dogma de fe) “sino solo la idolatría”, de tal forma que se ha tenido que “retirar” de las redes sociales porque el acoso era insufrible.

Sea como sea, ya que todos los cristianos, seamos católicos, ortodoxos, anglicanos o protestantes, tenemos la intención de vivir conforme a la enseñanza de Cristo, buscar la unidad ente todos nosotros no será solamente un deseo o un proyecto bonito, sino también un mandato claro y directo de parte del Señor. Que así sea y que Dios nos bendiga a todos.

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Querido Alex Campos: yo te perdono


Querido Alex Campos: En primer lugar decirte que te llamo querido de forma fraternal, dirigiéndome a alguien que reconoce a Dios como Padre y creador, a Jesucristo como Salvador y la acción del Espíritu Santo, aunque en este caso no profeses mi misma religión católica (universal) y seas protestante.

Te aclaro esto porque he de reconocer que no sé quien eres, es decir, no te conozco de nada y nunca he escuchado ninguna de tus canciones, no porque tenga nada en contra, sino porque hay mucha y muy buena música católica y simplemente no suelo escuchar canciones de los hermanos separados, salvo algunos pocos a los que conozco personalmente.

Sé que hace poco fuiste invitado a un concierto de música en el Vaticano junto a cantantes de música católica como Kiki Troia, Martín Valverde, Daniel Poli… y otros de música secular. Sé que muchos de “los tuyos” te han atacado y ofendido gravemente acusándote de traidor por “servir a la iglesia ramera” y ser “ecuménico”. Pongo esta palabra entre comillas porque ecuménico significa que busca la unidad entre todos los cristianos, que no es otra cosa que un mandamiento de Jesucristo, por lo que me resulta triste que algunos de “los tuyos” lo usen como insulto. Supongo que todo eso te habrá dolido profundamente y siendo consecuencia de haber aceptado una invitación para venir a mi casa te lo agradezco sinceramente, ya que supongo también que no te habrá causado sorpresa.

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Recuerdo además haber leído unas declaraciones de Jesús Adrián Romero (a este sí que lo escuché una vez hace tiempo), correligionario tuyo, defendiéndote. Imagino que además él lo estará pasando incluso mucho peor que tú, puesto que no es que haya aceptado una invitación de la Iglesia católica como en tu caso, sino que se ha atrevido a declarar, siendo protestante, que los católicos no son idólatras y que la Biblia no prohíbe las imágenes. Ya sabrás que muchos de “los tuyos” le han dicho de todo menos guapo.

Pero ahora has vuelto a salir en los medios por unas declaraciones en televisión en lo que muchos católicos han considerado una ofensa hacia ellos o como mínimo una falta de educación hacia alguien que con cariño te ha invitado a su propio hogar. Tengo que decirte que por mi parte te perdono, no sé si tus declaraciones han sido fruto del desconocimiento, de un intento de congraciarte con “los tuyos” o, Dios no lo quiera, de un miedo a perder fama o dinero. Pero lejos de mi ánimo juzgarte ya que por un lado no puedo conocer tu pensamiento ni tu intención (tampoco lo pretendo) y porque la Iglesia me ha enseñado de hace mucho tiempo a valorar y juzgar los hechos, nunca a las personas y sólo Dios sabe lo que hay en tu corazón. Pero si me permites, y tomando como hipótesis que hayas hablado desde el desconocimiento, te escribo unas líneas para aclararte. Si te sirve, o le sirve a alguien más, bendito sea Dios, si no habré perdido media hora de mi vida escribiendo estas líneas que tampoco es gran cosa.

Dices que el concierto te pareció un témpano de hielo, que allí simplemente había canciones y la gente aplaudía, tan solo alguno levantaba las manos pero nadie adoraba a Dios. He de reconocer que esta frase me hace mucha gracia, aunque entiendo que en tu desconocimiento pudieses tener esta visión. Te aclaro, los protestantes, que no tenéis sacerdotes y vuestras congregaciones no emanan de la sucesión apostólica, no tenéis por tanto liturgia ni sacramentos, sólo tenéis palabra y música, que está muy bien, pero que para un católico resulta insuficiente. Es posible que desde esa óptica tú analizases comparando el concierto con alguno específicamente protestante o con alguna celebración de tu congregación.

Verás, para un católico un concierto de música cristiana es algo bonito, inspirador, motivador… es algo que puede nutrirte o ayudarte a entrar en oración, pero no deja de ser un concierto. ¿Por qué? Pues porque la celebración por antonomasia de los católicos es la Misa, la Eucaristía, en la que se da la presencia real de Cristo en pan y vino, en la que aparece Gloria del propio creador, no sólo gloria de criatura. Sé que esto es algo que no has descubierto, no sé si Dios te lo permitirá descubrir algún día, pero para que lo entiendas, ni mil conciertos como el que diste en el Vaticano, ni mil prédicas del pastor más inspirado y vestido con el traje de alta costura más caro, vale lo que una sola misa por más austera que sea o se celebre en el rincón más perdido del planeta. Por eso el católico que asiste a un concierto lo hace con ánimo de vivir una experiencia enriquecedora, pero no lo hace con la misma intención con la que acude a un sacramento. Si lo que esperabas es ver gente gritando “amén”, “aleluya” o levantándose con gesto de tener un cólico al riñón ciertamente ibas muy despistado. (Te recomiendo este video hecho por jóvenes que al igual que tú son protestantes).

Dices también que cuando el Papa se acercó a saludaros y agradecer vuestra presencia te pareció un gesto de cortesía y que apreciaste en los católicos una emoción distinta a la tuya a la hora de saludarle y pedir que les bendijera, aunque tampoco te llamó mucho la atención pues era una reacción muy similar a la “idolatría” en la que a veces caéis algunos protestantes a la hora de saludar a alguno de vuestros líderes. Esta también es graciosa, otra vez más por desconocimiento supongo. Por un lado tenéis tan confuso el término de idolatría que la emoción de estar ante una persona a la que admiras la llegas a calificar así… bueno, es una simple cuestión ya no de fe ni doctrina, sino de simple diccionario. Pero por otro lado es muy graciosa la comparación “con alguno de vuestros líderes”.

Te explico, la emoción que siente una católico ante el Papa no es por la persona, no es por lo bien que habla, que canta o por los maravillosos trajes de diseño que viste, es por estar en presencia del sucesor de Pedro, de saber que desde que Jesucristo puso al apóstol al frente de su Iglesia la sucesión ha continuado de forma ininterrumpida hasta la persona que está junto a ellos, se llame como se llame, sea argentino o zimbauense, incluso te caiga mejor o peor. Nada que ver por tanto con afinidades o admiraciones meramente personales ni mucho menos con la idolatría.

Y la otra cosa que has afirmado, esa probablemente más ofensiva, es que viste entre los católicos que se hablaba mucho de Dios pero que realmente no conocían a Dios. Esta te confieso que me ha dado pena. Supongo que para ti “los que hablan de Dios pero no conocen a Dios” significa que tienen un conocimiento de Dios distinto al tuyo… lástima. Yo podría decir, como mucho, que tú como protestante tienes un conocimiento parcial de Dios, que hay cosas de Dios que desconoces porque nadie te las haya contado o porque te las hayan contado de forma errónea… pero afirmar que no conoces a Dios creo me pondría en una situación de prepotencia. ¿a quién rezas y sobre quién cantas entonces?

Bueno, sobre las aclaraciones poco más, quede sobre todo mi agradecimiento por la invitación y lo dicho, las disculpas sobre lo que declaraste posteriormente. Es mucho más lo que agradecerte que lo que disculparte. Te invito realmente a que sigas siendo ecuménico, por mucho que a algunos de “los tuyos” le resulte ofensivo, esto es, a buscar lo que nos une a todos los cristianos en vez de lo que nos separa.

Dios te bendiga.

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El hábito no hace al monje, pero lo distingue


Hace poco lancé a las redes sociales una propuesta a debatir sobre la conveniencia y/o utilidad de que los sacerdotes y religiosos se distingan por su forma de vestir, con el hábito propio de la orden, la sotana, el clériman (o clergyman) o una simple camisa con alzacuellos aunque sea con vaqueros y zapatillas deportivas.

Me preguntaba si el hecho de llevarlos de forma habitual era de cara a alguien (para Dios, para sí mismo, para los demás) o si debiera ser conveniente cuando se dirigiese a su parroquia o quehaceres pastorales pero que fuese de particular si el sacerdote iba al supermercado o al cine.

Personalmente diré que soy partidario de que lo lleven de forma permanente, aunque igualmente soy partidario de que se haga de forma libre por convicción o siguiendo un consejo o recomendación que por una ley, pero bueno, doctores tiene la Iglesia. Tampoco soy partidario de las órdenes o asociaciones que visten de clériman aunque sólo seas seminarista o hermano lego (¿se dice así?) y si me apuras con cierto reparo a los diáconos… doctores tiene la Iglesia.

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Cuento muchas veces una anécdota al respecto. Un sacerdote religioso amigo mio en la JM J de Madrid 2011 caminaba por la calle vestido de particular con un grupo de jóvenes (es de los que nunca viste de clériman ni de hábito) y de frente venía un joven con su traje y alzacuellos. En eso se le acercó una chica y le pidió que le confesara a lo que el otro respondió que no podía hacerlo, que no era sacerdote. Esto es, la joven que buscaba un cura vio a uno vestido de forma que creyó que lo era pero no, y tampoco pudo pedirle confesión a mi amigo que sí que era sacerdote pues no iba distinguido como tal.

Otra anécdota que aportó una de las intervinientes también me gustó mucho: Un sacerdote iba de viaje en autobús vestido de clériman, su compañera de asiento le miraba mucho y en cierto momento le dijo -Padre, ¿a usted le importaría que habláramos y me confesara?, porque llevo tiempo que no lo hago y no sé si este viaje y sentarme a su lado es un aviso de Dios- y él la ayudó y se convenció de que si hubiera ido de particular esa persona hubiera hecho una locura y Dios lo impidió y desde entonces no ha vuelto a vestirse sin el clériman, pues eso le demostró que era la forma de identificarlo como sacerdote y que eso para él es un orgullo, aunque a veces le hayan hecho burlas por ello”

La propuesta generó varias opiniones en todos los sentidos, que me gustaría reflejar aquí, así como mis reflexiones al respecto:

.- Conozco excelentes y entregados sacerdotes que no llevan clériman. Personalmente no le veo importancia, lo importante va bajo la piel.

Este comentario y otros similares me resultan chocantes. De hecho en ningún momento planteé si es más importante para un sacerdote un comportamiento correcto o una vestimenta determinada, porque me pareció obvio, planteé la conveniencia de la vestimenta, pero parece que que siempre nos sale la vena “maniquea” de “lo importante es que sean buenos, lo demás da igual”. Irónicamente me saldría preguntar ¿Y qué pasa, que los sacerdotes excelentes dejarán de serlo y se convertirán en pésimos si se ponen alzacuellos? ¿Lo importante debe ser el interior sólo para los sacerdotes? ¿Acaso el interior no debe ser importante también para el resto de fieles o incluso para el resto de la humanidad aunque sean ateos o de otras religiones?

.- Deben vestir como tales porque es su obligación. Porque se debe distinguir en todo momento quien es y para quien trabaja. Yo lamento los que no lo usan. Hay demasiados religiosos/as que se visten como todo el mundo y es una pena.

Desconozco si esto es así, ciertamente la Congregación para el Clero así lo indica (246 y 247 del directorio para los presbíteros) aunque no sé si esto es de obligado cumplimiento o si deberá ser el obispo del lugar el que determine las normas concretas al respecto.

.- “Sea vuestro uniforme la compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia” (Col 3,12)

Esta cita de san Pablo me entristeció mucho puesto que la anotaba un sacerdote. Me explico, San Pablo no está hablando a los consagrados, sino a todos los fieles cristianos, por lo que identificar lo que es una recomendación para toda la Iglesia como si fuera una instrucción para una mínima parte de ella me pareció una muestra del clericalismo que tanto combate el Papa Francisco. La Iglesia somos todos los bautizados, no sólo los curas, leches.

.- Pues nada, bomberos, policías, enfermeros, médicos, cuando vayan al cine, o al teatro, o a misa, no se quiten el uniforme, puede que alguien que les necesite les reconozca por sus vestimentas y así pueda pedirles ayuda.

Esta observación me gustó mucho por lo original y divertida, aunque naturalmente había que advertir dos importantísimas diferencias con respecto a los consagrados. Por un lado estos profesionales siempre llevan su uniforme cuando están de trabajo, no es algo que decide cada uno, un bombero no decide si lleva uniforme o va de particular cuando tiene que apagar un fuego. Por otro lado son profesiones que están sujetas a un horario laboral, a diferencia de los curas que son, por su propia vocación, servidores a tiempo total.

.- Dime en la Palabra de Dios dónde justifica el traje que hay que llevar, porque humanamente todo es opinable. Que cada uno vista como quiera, pues el hábito no hace al monje. Recordemos las palabras de Filipenses 2, 7-8: .. Cristo… pasando por uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera…

Esta frase también la dijo un sacerdote. Me extrañó el argumento, ya que lo de “¿Dónde pone eso en la Biblia?” es más propio de los hermanos separados que de los católicos. También pensar que la Biblia pueda dar instrucciones de cómo debieran vestir los consagrados a un servicio que prácticamente no existía aún no tenía ningún sentido, pero por seguir el argumento bíblico las Sagradas Escrituras sí que hablan de la obediencia y de someterse a la guía de los superiores y las instrucciones al respecto son claras (repito, desconozco con que nivel impositivo, pero personalmente no es lo que me preocupa)… pero bueno, allá cada uno. Lo de la referencia a Cristo para extraer conclusiones particulares y exclusivas con respecto al clero me vuelve a chirriar.

.- Si la vestimenta es lo de menos, espero que si alguna vez el que piensa así tiene que ir a una entrevista de trabajo, lo haga disfrazada de Pokemon.

Divertida y simpática la frase y creo que suficientemente oportuna para la idea que defiende.

.- “El hábito no hace al monje” y lo importante para ser bien cura está en el interior”, ok. Pero eso no significa que las realidades internas no deban estar acompañadas de signos externos adecuados. Somos animales rituales, simbólicos: a toda realidad, por profunda que sea, le colocamos un signo externo. Es más, cuanto mas profunda es una realidad, más rígido y profuso es el símbolo usado. En ese sentido, el cura que viste con el traje eclesiástico al que le obliga el Derecho (porque es obligatorio), exterioriza una realidad interna muy rica. El que no lo hace, rompe con una tendencia natural al hombre como es simbolizar las realidades internas con un símbolo externo. Por buen cura que sea (nota: ¿por “buen cura” que entendemos?). Es como para darle vueltas.

Interesante reflexión de un estudiante laico de teología.

Bueno, supongo que opiniones habrá para todos los gustos. Curiosamente no salió ninguna al respecto de la importancia del traje eclesiástico para el propio sacerdote, como arma ante sus propias debilidades, recuerdo permanente de su propia misión o ayuda para no cometer escándalo, por ejemplo, y ese también sería un tema interesante… quizá en otro momento.

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