El hábito no hace al monje, pero lo distingue


Hace poco lancé a las redes sociales una propuesta a debatir sobre la conveniencia y/o utilidad de que los sacerdotes y religiosos se distingan por su forma de vestir, con el hábito propio de la orden, la sotana, el clériman (o clergyman) o una simple camisa con alzacuellos aunque sea con vaqueros y zapatillas deportivas.

Me preguntaba si el hecho de llevarlos de forma habitual era de cara a alguien (para Dios, para sí mismo, para los demás) o si debiera ser conveniente cuando se dirigiese a su parroquia o quehaceres pastorales pero que fuese de particular si el sacerdote iba al supermercado o al cine.

Personalmente diré que soy partidario de que lo lleven de forma permanente, aunque igualmente soy partidario de que se haga de forma libre por convicción o siguiendo un consejo o recomendación que por una ley, pero bueno, doctores tiene la Iglesia. Tampoco soy partidario de las órdenes o asociaciones que visten de clériman aunque sólo seas seminarista o hermano lego (¿se dice así?) y si me apuras con cierto reparo a los diáconos… doctores tiene la Iglesia.

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Cuento muchas veces una anécdota al respecto. Un sacerdote religioso amigo mio en la JM J de Madrid 2011 caminaba por la calle vestido de particular con un grupo de jóvenes (es de los que nunca viste de clériman ni de hábito) y de frente venía un joven con su traje y alzacuellos. En eso se le acercó una chica y le pidió que le confesara a lo que el otro respondió que no podía hacerlo, que no era sacerdote. Esto es, la joven que buscaba un cura vio a uno vestido de forma que creyó que lo era pero no, y tampoco pudo pedirle confesión a mi amigo que sí que era sacerdote pues no iba distinguido como tal.

Otra anécdota que aportó una de las intervinientes también me gustó mucho: Un sacerdote iba de viaje en autobús vestido de clériman, su compañera de asiento le miraba mucho y en cierto momento le dijo -Padre, ¿a usted le importaría que habláramos y me confesara?, porque llevo tiempo que no lo hago y no sé si este viaje y sentarme a su lado es un aviso de Dios- y él la ayudó y se convenció de que si hubiera ido de particular esa persona hubiera hecho una locura y Dios lo impidió y desde entonces no ha vuelto a vestirse sin el clériman, pues eso le demostró que era la forma de identificarlo como sacerdote y que eso para él es un orgullo, aunque a veces le hayan hecho burlas por ello”

La propuesta generó varias opiniones en todos los sentidos, que me gustaría reflejar aquí, así como mis reflexiones al respecto:

.- Conozco excelentes y entregados sacerdotes que no llevan clériman. Personalmente no le veo importancia, lo importante va bajo la piel.

Este comentario y otros similares me resultan chocantes. De hecho en ningún momento planteé si es más importante para un sacerdote un comportamiento correcto o una vestimenta determinada, por que me pareció obvio, planteé la conveniencia de la vestimenta, pero parece que que siempre nos sale la vena “maniquea” de “lo importante es que sean buenos, lo demás da igual”. Irónicamente me saldría preguntar ¿Y qué pasa, que los sacerdotes excelentes dejarán de serlo y se convertirán en pésimos si se ponen alzacuellos? ¿Lo importante debe ser el interior sólo para los sacerdotes? ¿Acaso el interior no debe ser importante también para el resto de fieles o incluso para el resto de la humanidad aunque sean ateos o de otras religiones?

.- Deben vestir como tales porque es su obligación. Porque se debe distinguir en todo momento quien es y para quien trabaja. Yo lamento los que no lo usan. Hay demasiados religiosos/as que se visten como todo el mundo y es una pena.

Desconozco si esto es así, ciertamente la Congregación para el Clero así lo indica (246 y 247 del directorio para los presbíteros) aunque no sé si esto es de obligado cumplimiento o si deberá ser el obispo del lugar el que determine las normas concretas al respecto.

.- “Sea vuestro uniforme la compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia” (Col 3,12)

Esta cita de san Pablo me entristeció mucho puesto que la anotaba un sacerdote. Me explico, San Pablo no está hablando a los consagrados, sino a todos los fieles cristianos, por lo que identificar lo que es una recomendación para toda la Iglesia como si fuera una instrucción para una mínima parte de ella me pareció una muestra del clericalismo que tanto combate el Papa Francisco. La Iglesia somos todos los bautizados, no sólo los curas, leches.

.- Pues nada, bomberos, policías, enfermeros, médicos, cuando vayan al cine, o al teatro, o a misa, no se quiten el uniforme, puede que alguien que les necesite les reconozca por sus vestimentas y así pueda pedirles ayuda.

Esta observación me gustó mucho por lo original y divertida, aunque naturalmente había que advertir dos importantísimas diferencias con respecto a los consagrados. Por un lado estos profesionales siempre llevan su uniforme cuando están de trabajo, no es algo que decide cada uno, un bombero no decide si lleva uniforme o va de particular cuando tiene que apagar un fuego. Por otro lado son profesiones que están sujetas a un horario laboral, a diferencia de los curas que son, por su propia vocación, servidores a tiempo total.

.- Dime en la Palabra de Dios dónde justifica el traje que hay que llevar, porque humanamente todo es opinable. Que cada uno vista como quiera, pues el hábito no hace al monje. Recordemos las palabras de Filipenses 2, 7-8: .. Cristo… pasando por uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera…

Esta frase también la dijo un sacerdote. Me extrañó el argumento, ya que lo de “¿Dónde pone eso en la Biblia?” es más propio de los hermanos separados que de los católicos. También pensar que la Biblia pueda dar instrucciones de cómo debieran vestir los consagrados a un servicio que prácticamente no existía aún no tenía ningún sentido, pero por seguir el argumento bíblico las Sagradas Escrituras sí que hablan de la obediencia y de someterse a la guía de los superiores y las instrucciones al respecto son claras (repito, desconozco con que nivel impositivo, pero personalmente no es lo que me preocupa)… pero bueno, allá cada uno. Lo de la referencia a Cristo para extraer conclusiones particulares y exclusivas con respecto al clero me vuelve a chirriar.

.- Si la vestimenta es lo de menos, espero que si alguien vez tiene que ir a una entrevista de trabajo lo haga disfrazada de Pokemon.

Divertida y simpática la frase y creo que suficientemente oportuna para la idea que defiende.

.- “El hábito no hace al monje” y lo importante para ser bien cura está en el interior”, ok. Pero eso no significa que las realidades internas no deban estar acompañadas de signos externos adecuados. Somos animales rituales, simbólicos: a toda realidad, por profunda que sea, le colocamos un signo externo. Es más, cuanto mas profunda es una realidad, más rígido y profuso es el símbolo usado. En ese sentido, el cura que viste con el traje eclesiástico al que le obliga el Derecho (porque es obligatorio), exterioriza una realidad interna muy rica. El que no lo hace, rompe con una tendencia natural al hombre como es simbolizar las realidades internas con un símbolo externo. Por buen cura que sea (nota: ¿por “buen cura” que entendemos?). Es como para darle vueltas.

Interesante reflexión de un estudiante laico de teología.

Bueno, supongo que opiniones habrá para todos los gustos. Curiosamente no salió ninguna al respecto de la importancia del traje eclesiástico para el propio sacerdote, como arma ante sus propias debilidades, recuerdo permanente de su propia misión o ayuda para no cometer escándalo, por ejemplo, y ese también sería un tema interesante… quizá en otro momento.

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Yo soy excluyente, la Iglesia es excluyente, Jesucristo es excluyente.


Vengo oyendo en los últimos tiempos un soniquete que no por repetido deja de chirriarme en los oídos por lo que tiene de falso y también por lo que esconde detrás: La Iglesia debe acoger a todos, no puede ser excluyente, como Jesucristo que acogía a todos y no excluía a nadie. Esta frase no deja de ser una falacia (argumento falso con apariencia de verdad) porque tras lo que aparentemente es un mensaje de amor y caridad se esconde un relativismo brutal y basado en una falsedad.

Veamos, la exclusión es algo natural a la vida de todo ser humano, tanto a nivel personal como institucional, puesto que normalmente no es el resultante de una conducta discriminatoria ni nada parecido, sino de la propia elección o del cumplimiento de unos requisitos previos. Si yo tengo un grupo de amigos, están excluidos del mismo la práctica totalidad de la humanidad. Si el Colegio de Médicos de Navarra exige a sus miembros residir en la región y haber estudiado medicina, sucede otro tanto. Mi mujer al casarse conmigo (bendita sea) excluyó a cerca de 4000 millones de varones de gozar de su lecho.

Así lo mismo sucedía con Jesucristo. Eran muchos sus discípulos, en ocasiones se contabilizaron miles siguiéndole, pero a la hora de mandarlos en misión sólo escogió a 72, excluyendo al resto. Menos numeroso era el grupo de sus apóstoles, tan sólo una docena y de entre estos cuando requería de algún momento de mayor intimidad apartaba únicamente a tres (Pedro, Juan y Santiago) excluyendo a los demás.

Lo mismo ocurría con los criterios, su mensaje estaba abierto a todo el mundo, pero sus condiciones eran claras, no se imponía, pero daba a elegir, de manera que era la otra persona la que decidía si quedaba excluido o no. Cuando se acerca a la orilla del mar de Galilea y llama a sus primeros apóstoles les dice “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” no les dice “tengo un proyecto y cuento con vosotros, decidme hasta que punto os interesa y el tiempo que le podríais dedicar”. Cuando se acerca el joven rico que ya cumplía unos requisitos francamente notables, era cumplidor de los mandamientos desde la infancia, le dice que para seguirle debe antes vender sus bienes y dárselos a los pobres… ¿acaso diríamos que le excluye en caso de haberse ido con Él sin hacerlo?, pues perfectamente. Incluso en ocasiones sus exigencias son “irracionales” como al discípulo que le dice que le siga sin esperar siquiera a enterrar a su padre recién fallecido (Mt 8,21).

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Es cierto que Jesús comía con publicanos y pecadores y no rehuía la compañía de prostitutas, pero con eso no validaba su conducta, todo lo contrario. Si lo hacía era precisamente para mostrarles su amor y su perdón y llamarlos a la conversión, no para dar por buena una conducta ilícita. En ocasiones no lo expresa directamente, cuando se autoinvita (perdón por la palabra) a casa de Zaqueo no le dice que cambie de vida, pero es él mismo el que al sentirse amado se convierte. En otras lo hace con rotundidad, así a la mujer adúltera a la que le llevan con el pretexto de lapidarla no la condena (en el famoso “el que esté libre de pecado…”) pero le ordena que se vaya “y no peque más” no le dice “da igual que le pongas los cuernos a tu marido, tú misma”. En otras lo hace desde la acogida en silencio, como cuando se deja lavar los pies por la prostituta y tan sólo cuando es acusado por ello perdona sus pecados, no le dice “gracias por el servicio de pedicura, ahora vuelve al trabajo que tienes clientes esperándote en el burdel”.

Con la Iglesia debe suceder otro tanto. Hay una frase que me gusta repetir que dice que “La Iglesia es para todos pero no es de todos”. Sé que suena a despotismo ilustrado del XVIII, así que me explicaré. Un budista puede inscribir a sus hijos en un colegio católico si lo desea, pero no puede pedir que pongan una estatua de Buda en una capilla del templo pues es un elemento ajeno al cristianismo. Un musulmán puede recibir ayuda de Cáritas si lo necesita, pero no puede casarse por la Iglesia con sus tres mujeres. El propietario de una clínica abortiva podrá ir a misa si lo desea, pero no podrá comulgar pues su conducta lo excluye de la comunión con Dios y con la Iglesia…

Pues a pesar de que ello resulta obvio, hay algunos que abogan por una “Iglesia sin exclusiones” y en la práctica lo que están pidiendo es que cualquier persona por el mero hecho de desearlo sea admitido en la plena comunión con la Iglesia con independencia de su creencia, su forma de vida o su conducta moral. “Tomar la comunión”, máximo exponente de la comunión eclesial, no debería tener ningún tipo de condiciones, como mucho que la persona tenga una buena conducta (volvemos al maniqueísmo) sin importar si vive amancebada, si no cree en la virginidad de María, si está divorciada y vuelta a casar, si sólo “se confiesa con Dios” y rehuye del sacramento de la reconciliación, si acaba de abortar, si consume anticonceptivos, si practica el “adulterio consentido”, si tiene relaciones sexuales con personas de su mismo sexo, si cree en la reencarnación o si es cliente de prostíbulos… por poner ejemplos. Según estas personas todo es “cuestión de conciencia” y cómo esta es algo que pertenece a la intimidad de la persona “no puede entrar nadie”, ni otros, ni los curas, ni el Papa ni Dios mismo.

Naturalmente, tras este “buenismo” (perdón) maniqueo lo que se manifiesta no es el cristianismo, sino el relativismo moral. Da igual lo que pienses, da igual lo que creas, da igual cómo vivas, mientras seas una “buena persona” y no “hagas daño a los demás” la Iglesia es tu sitio. Así nos cargamos naturalmente los más de 2000 años de historia de la Iglesia, el mensaje de Jesucristo y la Biblia en general.

Nadie está obligado a pertenecer a la Iglesia, nadie puede imponer su fe a nadie… pero de igual manera nadie puede pretender que ésta renuncie a su propio ser y a su propio credo porque a mí no me acomode. Si todo es Iglesia, nada es Iglesia. Y si la Iglesia no es nada, para nada sirve.

La Iglesia es para todos, para todos aquellos que quieran conocer el mensaje de Jesucristo, para todos aquellos que quieran vivir de una forma concreta siguiendo su palabra, para todos aquellos que quieran ser instruidos y compartir la doctrina y la fe de los miles de santos que nos precedieron, para todos aquellos que deseen participar de los sacramentos con todos los requisitos que conllevan, para todos aquellos que quieran ser perdonados de sus pecados y convertirse a una vida nueva en lugar de recrearse en ellos, para todos aquellos que quieran reconocer su debilidad y encontrarse con Dios padre de amor… cada uno a su ritmo, sin violencias ni empujones pero en un camino claro sin atajos… y el que no quiera, nadie le obliga.

Tal como Jesús explica, Dios como Padre amoroso del hijo pródigo permite que éste en su libertad se vaya de su casa y sale todos los días a la puerta esperando que regrese para darle su perdón y celebrar una gran fiesta, no para que se traiga las putas y los cerdos. ¿A quién excluye eso? Evidentemente a aquellos que de forma consciente y voluntaria no desean ni ese credo ni esa forma de vida, a aquellos que prefieren seguir malgastándola en lugar de vivir con el Padre en su casa. Y si eso nos convierte en excluyentes a mi, a la Iglesia y a Jesucristo mismo será que yo mismo, la Iglesia y Jesucristo somos excluyentes… qué le vamos a hacer.

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Maniqueísmo entre cristianos


El maniqueísmo es una religión fundada por una persa llamado Mani en el Siglo III, que se autodenominó a sí mismo como el profeta definitivo. Básicamente es una religión dualista, cree en la oposición de dos fuerzas, el bien y el mal, las luz y las tinieblas, el espíritu (bueno) contra el cuerpo (malo).

En el cristianismo es muy conocido porque uno de los más grandes doctores de la Iglesia, San Agustín, padre de la Teología, fue maniqueo antes de su conversión al cristianismo. Su madre, Santa Mónica, tuvo que llorar muchas lágrimas por la conversión de su hijo.

Naturalmente el cristianismo condena el maniqueísmo, ya que las fuerzas del bien y el mal tienen para ellos un mismo nivel, frente a la existencia del Dios único que profesa la Iglesia, además de afirmar la existencia de la reencarnación.

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Sin embargo de manera muy sutil, una idea que podríamos decir que proviene del maniqueísmo, de que lo importante es ser bueno y no malo y que para ello da igual realmente en lo que creas, se ha ido colando entre muchos católicos, creando en ocasiones gran confusión y dolor entre lo fieles (algunos lo denominan “buenismo”).

Hace poco comentaba a dos amigos sacerdotes que no me parecía bien que se hubiesen introducido cantos protestantes en una celebración para jóvenes de la diócesis. -Uy- me dijo uno de ellos- eso se te pasaría si hubieses estado como yo varios años en latinoamérica y hubieses colaborado con pastores protestantes, que son muy buena gente. Me quedé con cara de tonto y le contesté -¿y qué tiene eso que ver?… desde luego, el día que los curas dejéis de ser maniqueos y os convirtáis al cristianismo nos haréis a todos un gran favor… Después de decirlo me percaté que igual había sonado excesivo, pero gracias a Dios mi amigo se lo tomó a bien.

Pero ciertamente el poso estaba en su frase: da igual que los cantos sean protestantes, los protestantes “también son buenos”. Y de ahí a toda la pastoral que algunos pretenden imponer en estos días: da igual que estés divorciado o no para poder comulgar, hay muchos divorciados “buenos”, “mejores” que otros que comulgan todos los domingos… Da igual que te ligues las trompas o uses anticonceptivos, mientras seas “buena gente” no pasa nada… da igual que vayas o no a misa o que no te confieses mientras “hagas el bien” a los demás, que más da… da igual que seas promiscuo o tengas relaciones sexuales con personas de tu mismo sexo, mientras “que no hagas daño a nadie” con eso te vale…

Incluso si alguien defiende la idea contraria, que estar en comunión con la Iglesia es responder a una serie de requisitos y estilo de vida que va mucho más allá de la “simple bondad”, entonces eres criticado por muchos por tu falta de misericordia, tu carácter excluyente y tu postura contraria a la de Jesucristo “que acogía a todos” (?). Pues eso, que los ateos, budistas y musulmanes podrían comulgar siempre que sean “hombres de bien”.

Otro amigo mio cura al celebrar sus bodas de plata sacerdotales dijo que en todos esos años había intentado dar a conocer a Jesucristo a los demás “o por lo menos enseñarles a ser buenas personas” (?). Multitud de profesores de religión desechan el contenido de la asignatura e imparten “educación en valores” (?). Órdenes religiosas que se dedican a la educación invierten horas y horas en que sus alumnos en que realicen “campañas solidarias” (?) aunque no sepan ni rezar el Padrenuestro.

No seamos maniqueos con esto tampoco, no estoy diciendo que enseñar a ser buenas personas, vivir en valores o ser solidarios sea malo (vuelta al maniqueísmo), sino que se trata de algo diferente a ser cristiano. La bondad no es exclusiva del cristianismo, hay gente de otras religiones o simplemente no creyentes que son buenas personas. Es más, como dice el juicio a las naciones, Mt 25, 31ss, aquellos que no conocen a Jesucristo serán juzgados por las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, asistir al necesitado, visitar al enfermo y al preso… “¿cuando hicimos/dejamos de hacer esto contigo SI NO TE CONOCÍAMOS?”… o dicho de otra manera, los que NO CONOCEN a Jesús serán juzgados según si “han sido buenos” o no. (Perdóneseme la simplificación, no es muy rigurosa pero es para que se me entienda) y que todos los seres humanos, seamos creyentes o no, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y por eso tenemos, como dicen los teólogos, una ley natural, que no es más que la ley de Dios inscrita en nuestro corazón.

Pero el juicio a los cristianos es “diferente” (vuelvo a pedir perdón por no ser excesivamente riguroso) por eso Jesucristo con la parábola del juicio a las naciones explica la de los talentos, los siervos que SÍ CONOCEN al Señor y han recibido de este una cantidad de dinero y la han puesto (o no) a producir. El matiz es sutil pero claro, hemos conocido al Señor, hemos recibido de Él la Palabra y la Gracia y después, no antes, las ponemos a producir.

Por eso en el cristiano la bondad no es una premisa, ni siquiera una prioridad, es una consecuencia. Es decir, el cristiano que descubre la bondad y la misericordia de Dios, que recibe su gracia, vive en ese amor y eso le lleva a la bondad y la misericordia con los demás. Pero el cristiano no busca “ser bueno”, busca vivir en la voluntad de Dios para ser feliz y salvo y las obras de misericordia nacen (aunque sean un mandamiento) como un fruto.

Sé que algunos no estarán de acuerdo conmigo. Hace poco discutía vía redes sociales con un “alto cargo” de la curia vaticana amigo mío que me decía que la conversión y la bondad se autoexigían. Con todos mis respetos a monseñor, le hice ver que no estaba de acuerdo, que la conversión puede “exigir” la bondad, pero no al revés, gente muy bondadosa no tiene por qué llegar a convertirse al cristianismo. (Para los curiosos decir que ninguno convenció al otro). Ciertamente la frase con la que defendía mi postura era algo provocadora, “vamos a tratar de convertirnos que ya tendremos tiempo de ser buenos después”, pero resumía mi idea de que lo segundo es una consecuencia de lo primero y no al revés.

Otra vertiente de este problema es la postura del ejemplo ante los demás. Un postulado defendido por muchos, incluso por Su Santidad (es una de las cosas en las que no estoy de acuerdo con el Papa, sin que esto merme para nada mi respeto y cariño filial) es que los ajenos a la Iglesia se incorporarán a ésta por atracción, por el buen ejemplo de los cristianos. Ciertamente el buen ejemplo es necesario para no contradecir la predicación, no puedes hablar del amor y ser un canalla o del desapego a las riquezas y estar racaneando el sueldo a tus empleados.

Pero una buena conducta, la bondad a fin de cuentas, por sí misma consigue muchas veces despertar la admiración en el otro pero no el deseo de conocer a Jesucristo. ¿Muy lioso? Pondré un ejemplo, muchos ateos admiran la labor de la Madre Teresa de Calcuta y su obra en favor de los pobres de la India, pero no por ello se han sentido llamados a convertirse al cristianismo. Probablemente lo habrán hecho algunos que no sólo han conocido este buen ejemplo, si no los motivos que llevaron a la madre a emprender esa misión, la experiencia previa (no posterior) del amor de Cristo en su vida.

Bueno, que nadie vea en mi un desprecio a la bondad, por favor, recordaré la famosa frase de san Felipe Neri: sed buenos… si podéis.

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AVISO A LOS LECTORES DE ESTE BLOG


DURANTE EL PRESENTE AÑO 2014 LOS ARTÍCULOS DE “UNA JARRA DE BARRO” SE PUBLICARÁN A TRAVÉS DEL PORTAL “RELIGIÓN EN LIBERTAD”  http://www.religionenlibertad.com/blogs.asp

EL AÑO QUE VIENE SE SIMULTANEARÁN LAS DOS PLATAFORMAS.

DISCULPEN LAS MOLESTIAS

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El misterio de la monja concursante


No me gusta comentar demasiado las noticias que son “de rabiosa actualidad”, pero dado que ya han sido varios los que me han preguntado mi opinión sobre el tema, la dejaré por escrito en estas líneas.

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Creo que pocos serán los que no conozcan la noticia. Una joven religiosa italiana, Sor Cristina, se ha presentado a un concurso de talentos de la canción en su país llamado la Voz. Es un formato conocido por muchos ya que también tiene su versión en España. Además lo ha hecho vestida con su hábito y con el apoyo de las hermanas de su congregación, presentes en el estudio.

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Una de las gracias del concurso es que la primera audición que tienen los participantes con el jurado es “ciega”, es decir, los jueces, generalmente cantantes o productores de un cierto éxito, escuchan al concursante en unos sillones construidos al efecto que están mirando hacia el público y de espaldas al escenario y sólo si les gusta la interpretación durante la misma accionan un dispositivo que gira su asiento y pueden ver quién es y qué aspecto tiene el intérprete.

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Se da el caso de la que religiosa en cuestión cantó una canción en inglés de una cantante pop muy famosa, por lo que en principio nada podría indicar su condición sólo con oírla. Además parece que la chica lo hace bastante bien pues al poco de comenzar dos de los 4 jueces accionaron su dispositivo y finalmente se sumaron también los otros dos. Lo más impactante fue la cara de asombro de los mismos conforme se giraban y veían que aquella joven de buena voz que escuchaban era una “monja”. Incluso uno de ellos le preguntó después si era monja de verdad y si lo suyo no era un disfraz. Lo insólito del caso ha hecho que el vídeo de su actuación lleve decenas de millones de visionados en internet y haya sido noticia en todo el mundo.

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Hasta aquí la primera parte de los hechos. Y del hecho a la pregunta que me formulan (a mi y a otros muchos) ¿te parece bien que una monja se presente a un concurso de cantantes en televisión?

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La respuesta en principio parece sencilla, si a la chica le gusta cantar y lo hace bien que se presente a un concurso no me parece ni bien ni mal, me resulta indiferente, tanto si es monja, neurocirujana o cajera de supermercado. Pero claro, esta respuesta lleva a una segunda pregunta ¿no es incompatible el buscar la fama y el reconocimiento con una vida religiosa que se supone sobria, pobre y sencilla en la oración y el servicio a los demás?

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Aquí he de pararme un poco más. Ninguno sabemos, en principio, que está buscando la religiosa. Si ciertamente busca la fama y el dinero para ella, estaría en contradicción con una forma de vida marcada por la castidad, la pobreza y la obediencia. Si lo que busca es aprovechar su talento para la canción para dar a conocer su vida y su vocación y con ello atraer a otras jóvenes o ganar algún dinero con el que hacer obras de caridad, sería no sólo compatible sino meritorio. Como nadie podemos conocer ni sus pensamientos ni sus intenciones, especular con ello nos podría llevar al juicio, que es a mi entender un pecado muy grave.

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Lo que sí que podemos, y yo lo voy a hacer, es analizar y valorar las explicaciones que otros o incluso ella mismo han dado o podido dar a su motivación a la hora de presentarse al concurso. ¿por qué no?

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Hemos de tener en cuenta que este artículo lo he titulado “la monja concursante” y no “la monja cantante” porque religiosas, religiosos y sacerdotes que se hayan dedicado y se dediquen a la música actual los hay a decenas, pero con la diferencia que en la práctica totalidad de los casos las letras de sus canciones son de contenido religioso (explícita o implícitamente) y destinadas a la evangelización a través de la música.

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Sólo por citar los casos de mi país, España, puedo nombrar a la hermana Glenda, virgen consagrada y ex-miembro de la orden de la Consolación, Fabiola Torrero, teresiana, las tres religiosas cantantes de la Orden de San Miguel Arcángel, el grupo Ain Karem, vedrunas, o incluso comunidades al completo de religiosas que entre sus actividades está la de cantar y grabar discos, alguno de ellos con cierta repercusión y éxito, como las carmelitas de Valladolid o las Iesu Communio de La Aguilera. Y entre los hombres también hay religiosos sacerdotes como Jota Llorente o Toño Casado, salesianos, Fray Nacho, mercedario, José Durán, agustino, el rapero Dani Pajuelo, marianista, o sacerdotes diocesanos como el Padre Jony, el padre Don José, Kini Ferrando, Kiko García, Javi Sánchez, también diáconos como Jaime Salmoreno y Goyo Hidalgo o grupos de música católica que cuentan entre sus componentes con uno o varios sacerdotes, como La Voz del Desierto, Católicos Sin Complejos, Ixcís, Shalahim… y seguro que alguno más me dejo en un recoveco de mi memoria.

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Pero teniendo en cuenta que en un programa como el citado las canciones que se interpretan son de música secular y artistas de moda, veamos pues las causas esgrimidas para explicar el porqué de la participación de Sor Cristina:

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Lo ha hecho para evangelizar. Uff… difícilmente creíble. Ciertamente la primera impresión si que podría tener ese efecto. El que una chica joven y guapa que le gusta cantar, la música pop y además tenga vocación religiosa, puede ayudar a romper con la imagen que aún hoy tiene mucha gente sobre que las monjas deben ser todas mujeres aburridas y feas que huelen a naftalina y escuchan gregoriano. Pero más allá de esto el anuncio del evangelio se antoja difícil. En un concurso televisivo no creo que salga anunciando el kerigma o explicando el evangelio del día, a no ser que su intención no sea hacerlo en el programa si no a partir de su fama lograda por salir en él.

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Lo ha hecho porque tiene un don que quiere compartir. Este motivo es más dudoso aún. Todos tenemos dones que nos ha dado el Señor y todos los dones, como nuestra vida entera misma, son para compartirlos, para darnos a los demás. Pensar que esto puedo o debo hacerlo a través de un concurso televisivo resulta poco consistente. Me viene a la memoria otra chica italiana cantante de música católica, no religiosa y del mismo nombre propio, Cristina Plancher, a la que conocí en el Multifestival David 2008 en Benicassim. Pues bien, esta Cristina, que tiene una voz y una técnica magníficas, es una cantante con varios discos grabados y ha actuado en varios países por todo el mundo y como tiene ese don, lo comparte pero de una forma muy diferente: todos los domingos que está en su ciudad se va al asilo y pasa un rato cantando para los viejecitos. Compartiendo su don sin más intención que la de llevarles un poco de alegría y compañía y de forma anónima (de hecho no sé si le molestará que lo cuente en estas líneas, si es así te pido perdón) sin necesidad de luces, cámaras ni redes sociales.

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Lo ha hecho siguiendo las indicaciones del Papa Francisco de ir a las fronteras a anunciar a Jesucristo. Esta es probablemente la que más gracia me ha hecho de las que he leído por ahí. Ciertamente el papa manifiesta un deseo, una necesidad incluso para la evangelización, pero no da un manual de instrucciones ni más detalles en su exhortación, luego cada uno personalmente o como miembro de un grupo o institución concreta ya discernirá cómo llevar a cabo esa indicación, por lo que las interpretaciones y las aplicaciones pueden ser muchas y muy variadas. Pero se me hace difícil pensar que cuando el Papa dijo eso tuviese en mente que una de las formas del anuncio “fronterizo” fuese que las monjas que supiesen cantar se presentasen a concursos de televisión.

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También podría hacerlo por los motivos mencionados al principio. Presentar su vida y experiencia para que resultase conocida y atrayente para otras jóvenes o aprovechar su talento para ganar algún dinero que poder destinar a obras de caridad. Como estas motivaciones serían loables, que el método escogido lo considerásemos más o menos adecuado pasaría a un segundo lugar y no deberíamos hacer otra cosa que respetar e incluso animar a la joven.

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Bueno, sea como sea desear a Sor Cristina que toda la repercusión mediática y las consecuencias de su decisión no la aparten de la elección amorosa que el Señor hizo sobre ella y pedir a Dios que, pase lo que pase, sea para bien según su voluntad.

 

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El obispo ha robado al pueblo… ¿en serio?


Un conocido mío, sabedor de mi condición de creyente, se dirige a mi muy enfadado.

  • El obispo ha robado al pueblo

  • ¿En serio?

Por un momento me viene a la cabeza la imagen de mi obispo vestido de bandolero, montado en caballo y asaltando trabuco en mano a los que andan por los caminos. O quizá algo más moderno como un hacker que ha conseguido entrar en las cuentas bancarias de los vecinos y ha transferido todo el dinero a otra secreta a su nombre en las Islas Caimán. Pero la verdad es que ninguna de las posibilidades me cuadra.

 cura ladrón

  • ¿Y qué es lo que ha hecho?

  • Ha puesto a su nombre la iglesia que era del pueblo- en realidad era a nombre de la diócesis, pero no creo que eso le importe

  • Y si ha hecho eso, ¿por qué no vas y lo denuncias?

  • Porque ha utilizado una ley que le permite poner a su nombre los templos que no tienen propietario inscrito en el registro inmobiliario.

  • Pero si ha obrado conforme a la ley – le respondo – no puedes decir que ha robado.

  • No me convencerás- me responde- lo que ha hecho es robar.

Como efectivamente no iba a convencerlo ni tenía tampoco ningún interés en hacerlo no seguí con la conversación. Pero por simple curiosidad traté de averiguar qué era exactamente a lo que se refería y efectivamente se trataba de la parroquia del casco antiguo de un precioso pueblo costero de Valencia.

En mi diócesis, al igual que en otras muchas partes de España y del mundo, muchos templos fueron levantados por los propios vecinos, bien con su trabajo físico o bien con sus aportaciones económicas. Se cuenta el caso de otra localidad de mi tierra, Cullera, en la que todos los vecinos colaboraron subiendo los materiales para la construcción de un templo a la Virgen en lo alto de la colina, de tal manera que hasta las mujeres que tenían bebés les ponían una piedrecita en la mano y subían con ellos a depositarla para que pudiesen decir que incluso los niños más pequeños habían contribuido.

O el caso de La Pobla de Vallbona, en que la obra fue realizada con sólo 2 o 3 albañiles profesionales mientras que el resto de los que trabajaron en ella eran vecinos que colaboraron de forma desinteresada al finalizar sus propias jornadas laborales.

Pero volvamos al caso. No conozco los detalles de la ley en cuestión (ni me interesan tampoco) pero al parecer muchos de los templos así construidos no fueron registrados por propietario alguno, eran simplemente “del pueblo”, pero cuando la ley inmobiliaria impuso que todas las construcciones deberían estar registradas incluyendo propietario de las mismas, tanto personas como sociedades, incluyó un artículo en el que facultaba a la diócesis de cada lugar a registrar los templos destinados al culto a su nombre.

Cuando en este caso el obispo así lo hizo, los políticos izquierdosos de la localidad azuzaron a los vecinos presentando el caso como que la Iglesia había robado una propiedad del pueblo. Curiosamente eran los mismos políticos que ni habían pisado el templo en años y que si no fuera porque el campanario sobresalía entre la silueta de las casas vecinas no sabrían ni dónde estaba.

Estos mismos decían que siendo el ayuntamiento el representante legítimo del pueblo, el templo debiera haberse registrado, como así había ocurrido en otras localidades, como propiedad municipal. ¿Sería esto lo más correcto?. Hagamos una reflexión. Los vecinos que contribuyeron a la erección de la iglesia serían los propietarios “morales” del mismo, pero teniendo en cuenta que todos ellos habrían fallecido, correspondería a sus herederos, pero aparte de ser algo jurídicamente complicado es difícil que se herede una propiedad moral.

Pero lo que sí que resultaría más sencillo es tratar de respetar la voluntad de los mismos y su intención. Parece obvio decir que cuando el pueblo construyó la iglesia lo hicieron porque querían celebrar en ella la santa misa y los demás sacramentos, otra cosa sería ilógica, y por tanto una vez hecho lo pusieron a disposición del obispo del lugar para que este designara los sacerdotes que estimase oportunos para realizar este servicio. ¿Quién garantizaría mejor por tanto que este servicio siguiera realizándose tal como querían quienes lo llevaron a cabo, el ayuntamiento o el obispado?. Parecería obvio que el segundo, pero pongamos varios casos posibles.

Si el ayuntamiento fuese el propietario y el próximo alcalde fuese alguien de marcada ideología laicista nada le impediría, como administrador legal del inmueble, destinarlo a otros usos y reconvertirlo en una biblioteca, o una sala de conferencias o venderlo a cualquier promotor inmobiliario para que lo derribase y construyese un edificio de apartamentos… o tampoco tendría ningún impedimento para que, considerando que el Estado es aconfesional, permitir que se siguiesen celebrando misas en el lugar pero compartiendo el recinto con otros grupos y actividades, desde un recital de música clásica o la presentación de un libro a una exposición de arte erótico o un congreso de feministas pro-aborto o una macrofiesta con DJ´s.

Naturalmente es de esperar que el alcalde de turno actuase con sentido común y pudiese entender que determinadas actividades no serían muy apropiadas para un lugar así, pero teniendo en cuenta que el sentido común es el menos común de los sentidos, o que mucha gente actúa más por filias, fobias y prejuicios que con sensatez, todo es posible.

Para muestra un botón. Hace años se rodaba una serie de TV para la extinta emisora Canal 9. Pidieron permiso al párroco del lugar para poder rodar unas escenas en el interior del templo a lo que amablemente accedió hasta que llegó a sus manos el guión del capítulo a filmar. Se trataba de una escena supuestamente cómica (maldita la gracia que tenía) en la que el cura del pueblo perseguía a una moza de buen ver alrededor del altar mayor con intenciones sexuales, mientras ésta de forma pícara fingía resistirse alborozada. Naturalmente el párroco retiró el permiso, pero la productora consiguió rodar la escena en la ermita de un pueblo vecino que era de propiedad municipal.

Sea como sea el templo, hasta la inscripción del propietario en el registro inmobiliario, tenía como uso la celebración de un par de misas el fin de semana además de catequesis de comunión y otras actividades pastorales, y después de formalizado el documento se usó para… exactamente lo mismo.

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Jesucristo no es ningún moñas II: Salvación y condenación


Últimamente leo con cierta frecuencia a mucha gente, muchos de ellos que se definen como católicos, que con buena intención no paran de decirle a la Iglesia lo que tiene que hacer en casos de aborto, comunión de los divorciados vueltos a casar, homosexualidad, anticonceptivos y otros casos similares.

Según estos mismos, y aunque por supuesto no lo mencionen así, la Iglesia debería en algunos casos simplemente mirar hacia otro lado y en otros tener una manga tan ancha en la que todo quepa y valga todo.

Semejante barbaridad no pasaría de ser una opinión, tan respetable como otra aunque no fuese para nada compartida, si no fuera porque para ello utilizan en su argumento ni más ni menos que al propio Jesucristo: La Iglesia a fin de cuentas tiene que hacer lo mismo que Jesús (cosa cierta) que acogía a todos, perdonaba a todos, no condenaba a nadie, “le daba igual” lo que la gente hiciera, etc, etc. Y para ello además citan el pasaje de la mujer adúltera, a la que Jesús perdona frente a esas fuerzas legalistas, reaccionarias y ultraconservadoras que querrían apedrearla.

margarita feliz

Vuelve a aparecer aquí la visión, aunque desde otro punto de mira, del Jesús blandengue y meloso que ya traté en la primera parte de este artículo añadiendo, de forma sutil pero directa, otro componente mucho más peligroso y totalmente falso: el supuesto enfrentamiento entre la acción pastoral de los papas de la Iglesia. Mientras Francisco sería de la corriente del vale todo sus dos predecesores lo serían de la contraria.

Dejando este segundo aspecto a un lado (aunque no olvidado) me gustaría centrarme en este artículo en la primera de las premisas y analizar cuál era el comportamiento de Jesús y si efectivamente vuelve a parecerse a la imagen moñas que presuponen los que tal postura defienden.

Para empezar debemos dejar claro cuál es la intención de Jesús (Dios Hijo) y la de Dios Padre. Dios no envía a su hijo para juzgar al mundo, si no para que el mundo se salve por él (Jn 3,17). Es más, ciertamente ya estamos salvados por que Él ha pagado por todos nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y derramando su sangre canceló la deuda del antiguo pecado (Del Pregón de la Noche de Pacua). Es decir, todos los castigos que mereceríamos todos los hombres de todos los tiempos por nuestros pecados Dios mismo los ha padecido en su carne mortal, tal es su amor hacia nosotros.

¿Significa por tanto que da igual lo que hagamos, que podemos pecar todas las veces que queramos, que no existe la condenación?. Evidentemente no, Dios no se desdice de su propia obra nunca y, puesto que nos creó libres, en nuestra libertad podemos aceptar el perdón y vivir consecuentemente cómo tal, o rechazarlo, romper el recibo que Jesucristo nos ha dado y, naturalmente, atenernos a las consecuencias.

¿Y qué pasará con la mayoría de los mortales que caminamos a trancas y barrancas, que damos una de cal y otra de arena, que ponemos una vela a Dios y otra al diablo?… Bueno, en ese caso todos esperamos en la misericordia de Dios pero ante la duda… ¡no seas imbécil! La eternidad es mucho tiempo para pasártela en el infierno… ¡no te la juegues!.

Pero volvamos a Jesucristo y analicemos pues lo que él dice y empecemos por el pasaje citado, el de la mujer adúltera. Los fariseos le presentan a la mujer con la única intención de desacreditarlo: si dice que no la apedreen ya pueden acusarlo de incumplir la Ley de Moisés. Si dice que lo hagan queda desacreditado como el portador de la misericordia del Padre. Por eso la respuesta es simplemente genial: si lo que dicen que buscan es que se cumpla la Ley de Moisés y esta lo principal que manda es no pecar, de acuerdo, el que no tenga pecado puede seguir cumpliendo con ella… y como nadie es inocente ante Dios (Salmo 129)…

Pero en nuestro caso lo importante es la conversación con la adúltera: “¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno” (Jn 8, 10)… ¡Albricias!, dirían alguno, Jesús no condena al pecador, sigamos pecando pues… pero lo que sigue lo deja claro “Ve y en adelante no peques más” (Jn 8, 11).

Hagamos pues un poco de teología-ficción. Si después de que la mujer hubiese sido salvada por Jesús y haber escuchado su mandato volviese a las andadas y siguiese poniéndole los cuernos a su marido (o acostándose con hombres casados) podríamos pensar que o bien es tremendamente débil y ha vuelto a caer (por lo que necesitaría una y otra vez la misericordia de Dios) o que es un zorrón de mucho cuidado y lo que ha hecho es despreciar totalmente el perdón del Señor y la palabra que le ha dado, por lo que… pues eso, que Dios la pille confesada, como decimos en España.

¿Pero entonces qué dice Jesús?, ¿Nos salvamos, nos condenamos…?. Puesto que básicamente Jesús ha hecho dos cosas, una cargar con nuestros pecados en la cruz y otra dejarnos su Palabra para nuestra salvación, no será Él mismo como tal quien nos juzgue, sino cómo hayamos respondido cada uno de nosotros a su palabra: “Al que escucha mi palabra y no la cumple yo no lo juzgo; no he venido a juzgar, si no a salvar. La palabra es quien lo juzgará” (Jn 12, 47s).

Dos partes pues, primero dice Jesús que debemos acoger su palabra, debemos creer en ella: “Id por todo el mundo proclamando la Buena Noticia. Quien crea y se bautice se salvará; quien no crea se condenará” (Mc 16, 15s), “El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3, 18).

La segunda, como dos caras de una misma y única moneda, ponerla en práctica: Os aseguro que quien cumpla mi palabra no sufrirá jamás la muerte”. (Jn 8, 51), porque “Quien escucha mis palabras y no las cumple es como quien construye una casa sobre arena. Crece el caudal y la casa se derrumba” (Lc 6, 49), “si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de Dios. Quien se humille como este niño, es el más grande” (Mt 18, 3s).

Y es mucho mayor el rigor que emplea precisamente con los fariseos y maestros de la ley, que se creen mejores que los demás cuando son tan pecadores como cualquier otro, a los que no duda en insultarlos con calificativos como hipócritas o raza de víboras. “¡Raza de víboras! ¿Cómo podréis decir palabras buenas si sois malos? De lo que llena el corazón habla la boca” (Mt 12, 34), “Letrados y fariseos hipócritas, colmad la medida de vuestros antepasados. Raza de víboras ¿Cómo evitaréis la condena al fuego?” (Mt 23, 30ss).

Por eso Jesucristo siempre hace una llamada a la conversión, al arrepentimiento, al cambio de vida, al “esfuerzo” por cumplir su palabra: “Tomad la puerta estrecha; pues es ancha la puerta y espacioso el camino de la perdición, y son muchos los que entran por ella”. (Mt 7, 13), “Si cumplís mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he cumplido los de mi Padre y permanezco en su amor.” (Jn 15, 10), “los que mató la torre de Siloé al derrumbarse no eran más culpables que el resto, pero si no os arrepentís acabaréis como ellos (Lc 13, 5).

Para ello debemos pues evitar toda ocasión de pecado, por mucho que nos atraiga o nos duela hacerlo, “mejor es que pierdas una sola parte del cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno” (Mt 5,29,b), por que ciertamente existe la posibilidad de la condenación y Jesús nos advierte una y otra vez sobre ello, “Al fin del mundo los ángeles separarán a los malos de los buenos y los echarán al fuego con llanto y temblor. ¿Lo entendéis?” (Mt 13, 49ss); “el que injurie gravemente a su hermano se hará merecedor del fuego del infierno” (Mt 5,22b), “el árbol que no dé frutos buenos será cortado y echado al fuego.”. (Mt 7, 19).

Por lo tanto debemos ser muy cuidadosos cuando afirmamos cosas sobre Jesucristo o sobre lo que debería hacer la Iglesia: ¿misericordia con el pecador? Siempre, ¿justificar el pecado? Nunca. ¿perdonar al pecador? Siempre que se arrepienta, ¿decirle que puede seguir viviendo en pecado? Jamás, ¿amar al pecador? Siempre, ¿dejar de condenar el pecado? Nunca…

Que a fin de cuentas el Señor nos llama a vivir en la felicidad, no en la desgracia, a disfrutar de su amor, no a vivir en nuestro egoísmo, a pasar la eternidad con Él en el cielo, no a condenarnos al infierno… no seamos necios.

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