El mundo ideal que todos imaginamos


Muchas son las corrientes filosóficas, políticas o humanistas que han imaginado un mundo ideal, incluso personalmente cada uno de los miles de millones de habitantes que pueblan la Tierra más de una vez han pensado en que sería deseable un mundo sin las miserias y calamidades que nos asaltan cada día.

Casi siempre es radicalmente distinto al mundo tal y como es hoy en día donde existen las guerras, la pobreza, el odio, los abusos, la degradación, la mentira, los robos, la corrupción…

Seguramente si cada uno de nosotros dijéramos cómo imaginamos ese mundo ideal seguramente diríamos cosas muy semejantes a las siguientes:

– Un mundo en el que no hubiese guerras, ni terrorismo, ni odio, ni asesinatos, ni abusos. Un mundo en paz y en armonía, donde el amor fuese la norma de conducta.

– Un mundo donde existiese el amor verdadero, donde las parejas se amasen sin traiciones ni engaños para toda la vida. Donde el cuerpo no fuese un objeto de placer sino de amor compartido y fecundo, donde no hubiese prostitución, ni pornografía, ni violaciones, ni pederastia, ni depravaciones contra natura.

– Un mundo donde no existiese ni la mentira ni la estafa. Donde todos fuesen capaces de mantener la palabra dada. Donde un sí o un no tuviesen mucho más valor que todas las leyes juntas.

– Un mundo donde los hijos respetasen y amasen a sus padres, donde a los ancianos se les reconociese su dignidad y no se les dejase de lado.

– Un mundo sin robos, sin corrupción, sin enchufes, donde la honradez fuese un valor supremo, donde cada uno recibiese lo que le correspondiese en base a su capacidad y a las necesidades de su familia.

– Un mundo sin codicia, si consumismo, donde el dinero no fuese el motor de todo, donde no hubiese ni pobreza, ni miseria, ni hambre, con un justo reparto de las riquezas. Sin explotación del tercer mundo ni sueldos ni trabajos de miseria.

– Un mundo donde no se viviese para trabajar, con jornadas interminables u horarios que alterasen la vida familiar, sino donde cada uno pudiese trabajar para su sustento y para el bien común pero tuviese también tiempo para la familia, el descanso y el ocio.

– Un mundo donde no se redujese todo a lo material, sino donde hubiese la posibilidad de desarrollar la vida de fe y la práctica religiosa y espiritual sin impedimentos ni persecuciones.

mundo ideal

Con mayores o menores matices seguro que todos subscribiríamos un mundo así, un mundo que llevamos anhelando desde que el hombre es hombre, un mundo que han perseguido y anhelado miles de personas e ideologías, un mundo también, y hay que decirlo así, que tratando en ocasiones de ser construido a base de imposiciones consiguió exactamente el efecto contrario…

¿Pero existe realmente la posibilidad de lograrlo?. Probablemente del todo nunca, ya que el ser humano no dejará de ser débil y pecador, aunque si es cierto que como en todo camino la meta estará siempre más cercana cuando más avances hacia ella.

Lo más “curioso” del caso (perdóneseme la expresión, que para algo la he puesto entrecomillada) es que de todos los proyectos humanos, filosóficos, políticos, humanistas, religiosos o sociales, el único que coincide con el 99% de los deseos de la humanidad no lo formuló ningún humanista, filósofo o político, ni siquiera ningún profeta o líder religioso… lo hizo el mismo Dios nuestro Señor cuando le entregó los diez mandamientos a Moisés.

Ojalá algún día, con la ayuda de su Gracia, sean muchos los que hagan del decálogo su código de conducta.

 

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

Éx 20, 2-17; Dt, 5, 6-21 Fórmula catequética
Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. Yo soy el Señor tu Dios
No tendrás otros dioses No te harás una imagen, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua bajo tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto. 1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
No pronunciarás el Nombre del Señor, tu Dios, en falso. 2. No tomarás el nombre de Dios en vano.
Guarda el día del sábado, santificándolo, como el Señor, tu Dios, te ha mandado. Durante seis días trabaja y haz tus tareas; pero el día séptimo es día de descanso dedicado al Señor, tu Dios. No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu asno, ni tu ganado, ni el inmigrante que viva en tus ciudades. 3. Santificarás las fiestas.
Honra a tu padre y a tu madre 4. Honrarás a tu padre y a tu madre.
No matarás. 5. No matarás.
No cometerás adulterio. 6. No cometerás actos impuros.
No robarás. 7. No robarás
No darás falso testimonio contra tu prójimo. 8. No darás falso testimonio ni mentirás.
No pretenderás la mujer de tu prójimo. 9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
No codiciarás los bienes de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, nada que sea de él. 10. No codiciarás los bienes ajenos.
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Nos siguen sorprendiendo las vocaciones en el Camino Neocatecumenal


Termina la JMJ en Cracovia y al día siguiente, lunes, como ya es tradicional desde que la JMJ aún no tenía ese nombre, se organiza un acto vocacional por los miembros de la comunidades neocatecumenales.

El acto es relativamente simple, una primera presentación de los obispos y cardenales presentes, muchos de ellos dan alguna breve locución a los asistentes, un saludo a los peregrinos por sus países de origen, algún canto, una catequesis más o menos extensa del iniciador Kiko Argüello y otras algo más breves de los otros dos miembros del equipo responsable internacional, el padre Mario Pezzi y la otra iniciadora, Carmen Hernández, sólo que en este caso fue la primera ocasión en la que no intervino al haber fallecido recientemente.

Posteriormente se invita a todos los jóvenes a que permanezcan sentados y una vez hecho esto se pide a los chicos que hayan sentido una vocación al sacerdocio que se pongan en pie (el término “levantarse” ya ha quedado como sinónimo de “responder a la vocación de Dios en un encuentro vocacional o convivencia del camino neocatecumenal”) y que acudan al estrado donde se hará una oración general por todos ellos y posteriormente pasarán a recibir la imposición de manos de los obispos. A continuación se realiza otro tanto con las chicas para la vocación religiosa.

Este año con novedades, también se ha pedido familias en misión, otro servicio del camino neocatecumenal a la Iglesia en la que parten a las misiones familias enteras pero que no se suelen pedir en este tipo de actos, y además es la primera vez que el número de chicas supera al de chicos, cuando normalmente es al revés. Según los datos unos tres mil chicos y unas cuatro mil chicas.

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Ciertamente ver miles de chicos que se ponen en pie manifestando su voluntad de consagrarse al servicio de Dios y de su Iglesia y ver como forman ríos inmensos de gente avanzando hasta el estrado no deja de ser emocionante. Entre tanto ateísmo, tanta persecución, tanto materialismo y hedonismo verlos entregando generosamente sus proyectos de vida es un espectáculo que por muchas veces que lo hayas contemplado conmueve y sorprende… ¿sorprende? ¿por qué nos sorprende?.

La pregunta no es baladí. Veamos, según las noticias al evento acudieron unos 150.000 jóvenes. Siempre que veo una cifra de un acto público me da la impresión de que está optimistamente inflada, ya sean los asistentes a una manifestación por el trasvase del Ebro o a un concierto de música de una gran estrella del pop, así que voy a reducir y redondear la cifra a 100.000. De esta manera los chicos y chicas levantados, esos 7000 (daré el dato por cierto para no liar más la cosa) supondrían un 7% del total, “solamente” un 7%, uno de cada 14 jóvenes.

Naturalmente debemos relativizar las cifras. De estos 7000 chavales sólo un porcentaje llegará a ordenarse o consagrarse, deberán pasar por un proceso de acompañamiento en el que algunos acabarán efectivamente en el seminario o el convento pero otros cambiarán su orientación o la propia Iglesia será quien se lo desaconseje. Sea como sea lo que sí que parece confirmado es que, bien como consagrados o bien como laicos, la inmensa mayoría seguirán en la Iglesia. Pero también debemos afirmar otro dato objetivo, hoy por hoy el Camino Neocatecumenal es la realidad eclesial que probablemente más vocaciones aporta a la Iglesia. Hace poco un sacerdote recién ordenado me comentaba: En mi diócesis este año nos ordenamos 7 sacerdotes, 6 de ellos del seminario Redemptoris Mater (los seminarios que sustenta el Camino Neocatecumenal) y el otro del Seminario General Diocesano que también está en comunidades.

Pero volvamos a la sorpresa. ¿Por qué nos sorprende que haya tantas vocaciones en el camino neocatecumenal? O dicho de otra manera ¿Por que no hay un número similar de vocaciones en otras realidades de la Iglesia?. Mirándolo fríamente, si tenemos un grupo de 15 chicos y chicas que viven juntos su fe, que acuden a catequesis u otro tipo de formación religiosa, que celebran de vez en cuando algún retiro o convivencia, que acuden a misa los domingos y a algún que otro acto de oración o de adoración eucarística entre semana… es lógico pensar que alguno de ellos manifieste una vocación al sacerdocio o la vida consagrada de la misma manera que es igualmente lógico esperar que se formen parejas de novios que más tarde lleguen a constituir matrimonios y familias cristianos.

¿Por qué no sucede entonces así normalmente? ¿Por qué hay tanta escasez de vocaciones habiendo tantos movimientos juveniles católicos?. Vamos primero con lo negativo. Naturalmente como no conozco particularmente ninguno de estos grupos a fondo me limitaré a lanzar hipótesis, con el único ánimo de ver probabilidades y de no juzgar a nadie.

Para empezar pudiera ser que muchos de estos grupos juveniles cristianos solo tuviesen de cristianos el nombre y que en realidad no practicasen todos esos actos de devoción que hemos citado y que se les supone, dedicándose a actividades de tiempo libre, juegos, películas, campamentos… con poca práctica religiosa y como mucho con temáticas relacionadas con “valores” (solidaridad, paz, justicia) de manera que la formación religiosa no se produzca como tal.

Otro problema pudiera ser la práctica religiosa basada en el sentimiento: somos jóvenes, nos queremos, disfrutamos de la amistad, de estar juntos cantando bonitas canciones tralará, tralará… calentándonos el corazoncito pero sin una vivencia real de la fe, profunda y probada, que de esta manera se diluye con los desengaños y la dificultad de la vida adulta.

Otra causa podría ser el aislamiento. La vivencia eclesial de los miembros del grupo joven se reduce casi exclusivamente (o sin el casi) al propio grupo. Participo de la actividad del grupo pero ni voy a misa, ni me siento integrado en el global de la parroquia, ni sé compartir mi fe con gente de otras edades… de manera que cuando el grupo va deshaciéndose por la edad o por el paso a la universidad o al mundo laboral los miembros del mismo van abandonando la Iglesia.

Así podríamos citar varias posibilidades más, pero volviendo al tema de la vocaciones del camino neocatecumenal la pregunta habría que hacerla en positivo ¿por qué entonces surgen tantas vocaciones en las comunidades? ¿Hay algún secreto?.

Para empezar ya puedo decir por mi propia experiencia, que llevo un porrón de años en el Camino pero que también por mis actividades musicales y pastorales convivo y me relaciono con personas de casi todas las realidades de la Iglesia (que son muchas y variadas gracias a Dios), que el “éxito” del mismo no está en las virtudes de sus miembros. Los hermanos del camino ni son más santos ni más creyentes ni más listos que los que forman parte de cualquier otro grupo eclesial, incluso en muchas ocasiones al contrario. Yo mismo me maravillo de la confianza en la providencia o la devoción eucarística que encuentro en otros muchos creyentes de tantas y tantas realidades.

Pero sí que es cierto que en el Camino Neocatecumenal existen unas “intuiciones” y unas prácticas pastorales que son propias y que es posible que contribuyan al surgimiento de las vocaciones que puede que se echen a faltar en algunos otros ámbitos. Repito, es “probable”, ya que al final del todo no quedan ni estructuras, ni grupos ni planes pastorales… solamente la acción del Espíritu en cada persona y su respuesta libre a la misma.

Podrían citarse y analizarse muchas, pero me voy a referir a sólo a unas pocas, que considero más importantes:

-Paradójicamente los jóvenes del camino neocatecumenal no forman grupos juveniles, no existe una “rama joven” de comunidades, sino que estos se integran en una comunidad de adultos, donde conviven desde adolescentes a ancianos, solteros, matrimonios y consagrados… de esta manera el grupo no se disuelve al llegar a una cierta edad o circunstancia y los chavales aprenden a compartir su fe con gentes diversas, no sólo con los de su edad y condición.

– La pastoral se basa fundamentalmente en el estudio, proclamación y profundización de la Palabra de Dios y, y esto es fundamental, cómo se va cumpliendo y haciendo carne en la vida cotidiana. No hay “happenings”, ni actividades de tiempo libre ni apelaciones al sentimiento, sino una vivencia progresiva de la fe que no se queda en lo superficial sino que se hace cada vez más profunda.

-La familia es transmisora de la fe. Los padres rezan con sus hijos, en especial los domingos en los laudes, acuden en familia a las celebraciones de la Eucaristía… y los papás por tanto no se limitan a “dar buen ejemplo” sino a entregar a sus hijos lo mejor que tienen.

-La predicación es siempre conforme al Magisterio. No se trata de lo que uno pueda pensar individualmente ni de adaptar la doctrina, en especial los elementos más duros o difíciles, rebajando las consecuencias o las condiciones de la misma. De esta manera no se vive un cristianismo light, sino que el joven es consciente de su propia limitación y de la necesidad de la Gracia y no vive tampoco una contradicción entre lo que se le predica en su comunidad y lo que dicen el Papa, los obispos y los documentos del Magisterio, cosa que tanta confusión provoca en muchos fieles en ocasiones.

– Existen momentos concretos, como los eventos con los que hemos comenzado el artículo, en el que a los jóvenes del Camino Neocatecumenal se les invita a plantearse su vocación. Es probable que muchas vocaciones se pierdan por la sencilla razón de que el posible llamado ni se lo ha planteado, pero entre los chicos de comunidades en más de una ocasión se ven en esta circunstancia.

Podríamos apuntar alguna que otra causa más. Seguro que un sociólogo de la religión encontraría bastantes más de ellas o incluso daría por poco consistentes las que he anotado aquí, pero tan sólo he querido pegar un par de brochazos al respecto.

Ojalá que todas las realidades de la Iglesia sean un vivero de vocaciones religiosas. Pidamos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

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La ¿rectificación? de la Real Academia de la Lengua sobre la homofobia.


Hace ya unos años escribí en este blog un artículo titulado “La perversión (contra la Iglesia) del lenguaje” en el que analizaba cómo se usan expresiones, frases hechas y modos de presentar los acontecimientos a la hora de hablar de temas eclesiásticos: cómo se presentaban las noticias en los informativos, cómo se generalizaban y aireaban los sucesos tristemente escandalosos en el Pueblo de Dios mientras se ocultaban y minimizaban sus grandes méritos, cómo se confundían y tergiversaban los hechos por ignorancia o por malicia, etc, todo ello con la intención de desprestigiar, difamar e incluso calumniar a la Iglesia católica.

Un párrafo de ese mismo artículo lo dedicaba a la presión del lobby gay a la hora de demonizar a la Iglesia y a todo aquel que no compartiese sus postulados y cómo había introducido un término, homofobia, para insultar a aquellos que mantuviesen una postura diferente y considerasen ilícita moralmente la relación sexual entre personas del mismo sexo o la pretensión de equiparar estas a la noción de familia. Analizaba además cómo de manera vergonzosa y vergonzante la Real Academia se había bajado los pantalones (no haré el chiste fácil) aceptando esa palabra en los términos en los que dicho lobby los utiliza.

Así recordaba en dicho artículo que la palabra homosexual proviene del griego “homos”, igual o semejante y del latín “sexus”. Un homosexual es por tanto el que mantiene relaciones con los iguales a él, con los de su mismo sexo.

De igual manera la palabra homofobia vendría del griego “homos” y “phobia” y por tanto un homófobo sería el que siente fobia (odio, miedo, rechazo) por sus iguales. Un médico homófobo, por ejemplo, sería el que tiene fobia a los demás médicos. Pero no, la RAE afirma, ojo al dato, que homofobia no viene de los términos griegos homos y phobia… ¡sino DEL INGLÉS homophobia!, y esta palabra la definía como aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.

Lo curioso es que, burradas etimológicas a parte, la RAE distinguía el hecho en sí de las personas que lo practican y hablaba de “personas homosexuales”. A mi juicio habría que decir con propiedad “personas de conducta homosexual” ya que las personas homosexuales como tal no existen, aunque ese sería tema para otro artículo que ya escribí, Iglesia y homosexualidad. Sin embargo esta distinción no era tenida en cuenta por el lobby gay y por los partidarios de la ideología de género.

Así, si alguien manifestaba su respeto a todas las personas con independencia de su conducta sexual aunque considerase ilícita moralmente la homosexualidad o estaba en contra de dar carta legal de matrimonio a uniones de personas del mismo sexo, era insultado por sus detractores de fascista, liberticida, retrógrado, discriminador…y cómo no, de homófobo. Y todo ello aunque no hubiese manifestado ninguna “aversión obsesiva hacia las personas homosexuales” que era al fin y al cabo la definición de la RAE.

En el caso de la Iglesia, que afirma que el matrimonio solo puede ser entre un hombre y una mujer, automáticamente le cuelgan la etiqueta de homofobia. Ya lo sabes, si perteneces a la Iglesia te conviertes en una persona “aversiva” (esta palabra no existe) y obsesiva hacia un tipo concreto de personas, toma ya.

Pero el hecho es que el otro día volví casi de forma casual a encontrarme con la definición de la palabreja de marras, “homofobia”, en la RAE y… ¡tachán!, habían cambiado la definición. Pero para aquellos que piensen que había corregido la etimología, según la cual afirmaba que una palabra compuesta por dos términos griegos proviene del inglés, les tengo que dar la mala noticia, lo que habían cambiado como he dicho es la definición, no la etimología.

¿Cuál es esa nueva definición? ¿Hasta que punto el cambio de definición se debe a términos exclusivamente lingüísticos y no a presiones de lobbies gays y partidarios de la ideología de género?. Vamos a verlo. Lo que dice ahora la RAE es que homofobia significa “aversión hacia la homosexualidad o las personas homosexuales”. ¿Increíble?… pues sí, pero cierto.

 

diccionario

Para empezar ha desaparecido de la definición la palabra “obsesiva”, vaya, supongo que aquellos que hemos sufrido innumerables veces el insulto de homófobos no sé si nos consolará saber que tenemos aversión pero no obsesión… ¡tócate las narices!. Pero lo más tristemente sangrante es que ahora ya no distingue entre el hecho y las personas que lo practican, de manera que aunque respetes a todos aquellos que tengan una conducta homosexual, aunque afirmes la libertad individual de las personas en sus actos siempre que sean consentidos te puedan gustar o no, aunque estés en contra de cualquier trato vejatorio o discriminatorio hacia los que presentan esta conducta, aunque afirmes que todas las personas son hijos amados de Dios con independencia de lo que hagan en la cama… si afirmas que consideras la homosexualidad como un acto moralmente ilícito que hace daño ontológicamente a quienes la practican o si consideras un error el dar carta legal de matrimonio y de familia a las uniones entre personas del mismo sexo, has manifestado un rechazo (aversión) hacia la homosexualidad y ya eres un homófobo con todas las de la RAE.

Es decir, que si a mi y a otros muchos nos han insultado el lobby gay, los partidarios de la ideología de género, las feministas y los izquierdosos, ahora se suma a la lista de calumniadores los muy ilustres académicos de la RAE.

Pues no, mis admirados (en otras cosas) académicos de las sillas con nombres de letras. Considero que la práctica sexual con personas del mismo sexo es moralmente ilícita, que hace daño a quienes la practican y que en ningún modo es comparable ni antropológicamente ni legalmente a la unión matrimonial ente un hombre y una mujer, base de la familia y por tanto de la sociedad. Y les digo mis admirados (en otras cosas) académicos que ni antes tenía obsesiones, ni ahora sigo teniendo aversiones, ni fobias, ni repugnancias, ni miedos, ni odios hacia ninguna persona sea lo que sea lo que haga en la cama (siempre de forma consentida, se entiende) me parezca correcto o no. La próxima vez piénsenselo mejor, aunque sólo sea un poquito. Gracias

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Me encuentro con Jesucristo con cierta frecuencia pidiéndome limosna.


Me encontré a Jesucristo el otro día. Estaba pidiendo en la calle, a la puerta de la librería de Paulinas de mi ciudad. Tenía el rostro ajado y moreno, un tatuaje sobresalía por encima de la barba en su mejilla izquierda y su aliento olía a cerveza.

– Dame algo, jefe – me dijo – mira a ver si llevas un millón de euros por ahí.

– Si vas picando tan alto no creo que nadie pueda ayudarte

Tengo la mala costumbre de no llevar casi nunca dinero encima, así que nada podía darle, se lo dije y nos pusimos a hablar.

– Pues si no tienes nada cámbiame tu sitio de dormir por el mío esta noche – me dijo.

– Podría hacerlo, pero a ver como le digo a mi mujer que esta noche no voy a dormir yo en la cama y que mi lugar lo ocupará otro señor. Nos echaría de casa a los dos – Jesucristo rió con mi ocurrencia.

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Lo volví a ver al día siguiente. Salía yo de la Facultad de Teología. Unos seminaristas que iban delante de mi le dieron algo. Cuando llegué junto a él también alargó la mano para pedirme. Me volví a disculpar (siempre sin dinero encima). Esta vez era más joven. Andaba encorvado, no sé si por el frío, y arrastraba una ligera cojera en su pierna derecha. Me fijé en su rostro. A pesar del gorro de lana viejo que llevaba en la cabeza y la barba poblada era un hombre guapo. Tenía unos ojos muy bonitos, de un color azul muy claro y aunque su expresión en español era correcta se le notaba algo de acento, probablemente de Europa del este.

Me lo imaginé afeitado y vestido de traje y se me antojó que podría haber sido un joven y exitoso abogado casado con una chica guapa y con varios hijos pequeños monísimos. Igual hasta lo fue en un pasado reciente. Hablamos del frío, esos días había bajado mucho la temperatura de golpe.

-¿Duermes en la calle?

– No, en un parque.

La respuesta, pese a lo triste, me produjo una sonrisa. Para mí no había ninguna diferencia pero para Jesucristo sí, él no dormía en “la calle”. Era como si me mostrara que tenía dignidad, la dignidad de alguien que pide limosna, pero dignidad al fin y al cabo.

Al día siguiente y en el mismo sitio lo volví a ver. Esta vez había cambiado de sexo, Jesucristo era una mujer y por su apariencia supuse que sería una gitana rumana. Iba acompañada de su hijo. De unos 7 u 8 años de edad. Me pidió, me disculpé… pero palpando mi chaqueta noté un caramelo. Viky, la secretaria de la facultad, suele poner un cuenco con caramelitos en el mostrador para agasajar a los que entran. Aunque no soy muy goloso, me tira más lo salado, siempre que entro tengo la costumbre de llevarme uno o dos al bolsillo, ya casi de forma automática.

– No tengo dinero – le dije a Jesucristo – pero si que llevo un caramelo para tu hijo.

Se lo dí. Le quitó el envoltorio al instante y se lo llevó a la boca. No dijo una palabra pero me miró y sonrió agradecido.

Mi padre siempre me decía, y alguna vez me lo sigue diciendo con esa manía que tienen los padres de seguir dando recomendaciones a sus hijos aunque estén a punto de cumplir 50 años, que debía llevar siempre algo de dinero encima… por lo que pueda pasar. Me imagino en el juicio final que Jesucristo, esta vez sin más apariencia que la suya propia, me mirará y me dirá algo así como “gracias por pararte a hablar conmigo, pero deberías haber hecho caso a tu padre: uno o dos euros me hubiesen venido bien para comprarme una empanadilla o ayudarme a pagar la pensión de esa noche…”

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El obispo de Córdoba, la fecundación artificial y la estupidez humana políticamente correcta


A uno le dan ganas muchas veces de mandar al carajo a toda una serie de pseudopensadores pseudoprogresistas pseudocatólicos y muy pero que muy políticamente correctos, cada vez que les da por arremeter contra un obispo por cometer el horrible crimen de hacer pública la doctrina de la Iglesia, “habrase visto qué desfachatez”.

Pero si finalmente no me entran ganas de hacerlo no es por la pena que me dan, que es mucha, o por lo inconsistente de sus argumentos, que lo son y mucho, sino por puro y sencillo aburrimiento. Cualquier día abrirán un proceso contra don Paco, el cura de Villaconejos, por atreverse a decir en el sermón de la misa dominical que Dios existe.

Esta vez le ha tocado al obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, porque ha definido la fecundación artificial como “aquelarre químico”. Vaya por Dios. Y naturalmente han salido contra él en primer lugar los catolicoperos a través de sus plataformas de internet y seguidamente, como siempre, los políticos izquierdosos con sus peticiones de condena, recusaciones y demás zarandajas.

Pero a un servidor que le mueve más su amor por la Iglesia y por la libertad que el aburrimiento (tampoco mucho, la verdad, que el aburrimiento es muy grande) le da por escribir unas líneas y dejar un comentario. Costumbres que tiene uno.

Vamos a ver. La concepción es un don de Dios, no es un derecho de los padres, no es una obligación del sistema económico, no es la fabricación de seres humanos… y todo concebido tiene por tanto su dignidad de persona y no de cosa y sus derechos como ser humano y no como producto manufacturado.

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En el plan de Dios inserto en la naturaleza todo concebido tiene, como es sabido, un padre que aporta su semen, una madre que aporta su óvulo, un acto sexual entre ambos y una concepción y una posterior gestación en el seno materno. ¿es de cajón, no? Y como es lógico la Iglesia defenderá por tanto este plan de Dios y no aceptará como lícita la alteración, al menos en sus presupuestos básicos, de la misma.

Un sistema de reproducción en el que el semen no sea del esposo, el óvulo no sea de la esposa, la concepción se produzca en un tubo de vidrio, la gestación en el útero de otra mujer, se desechen embriones en un proceso de selección o cualquiera de los supuestos por separado, no podrá ser considerado como lícito moralmente por la Iglesia ¿es simple, verdad?. Nadie tiene la obligación de comulgar con la doctrina de la Iglesia pero de la misma manera nadie debe creerse con el derecho de impedir, despreciar o condenar a la Iglesia por exponer su doctrina. Parece lógico.

Pero no, en este mundo dominado por lo políticamente correcto no lo es. Un mundo en lo que prima es la libertad individual por encima de toda consideración moral, no lo es. Un mundo donde todo lo técnicamente posible es socialmente aceptable no lo es. Y todo aquel que ose contradecir al espíritu de lo políticamente correcto será tachado inmediatamente de retrógrado, fascista, intransigente, inquisidor, liberticida, misógino y apologista de las hemorroides…

Pero la Iglesia no puede ni debe dejarse llevar por las modas de este mundo. Todo avance científico que contribuya a la dignidad del ser humano será bienvenido, todo el que conlleve la reducción del ser humano a la categoría de cosa o producto no. Como dijo San Juan Pablo II “no todo lo científicamente posible es moralmente admisible”.

Por eso, ante una dificultad para concebir, habrá que tener como lícitos aquellos tratamientos que ayuden a la concepción natural en lugar de sustituirla y, ante la imposibilidad de la concepción, siempre será recomendable la adopción, que no solamente satisfará el deseo de ser padres sino que generosamente darán estos su cariño a algún niño que por circunstancias de la vida se habrá visto tristemente privado de sus padres biológicos.

¿No habría pues ninguna forma de que un tratamiento de fecundación artificial fuese tenido por lícito por la Iglesia? Esta pregunta curiosamente fue respondida hace ya años en un estudio por científicos creyentes y moralistas que entendieron (es sólo una opinión, bien fundada pero no deja de ser una opinión) que si se daban todos y cada uno de una serie de requisitos podría aceptarse, aunque en la práctica ningún laboratorio los sigue.

¿Cuales son estos supuestos? En primer lugar el semen y los óvulos deben ser de los esposos, no de donantes. En segundo que el semen debe ser obtenido de una relación sexual en la que pudiera darse la fecundación de forma natural, no de papá que se masturba y lo deposita en un bote (esto podría hacerse por ejemplo con un preservativo “pinchado” en que parte del semen seguiría su curso natural y un parte quedaría en el mismo). El tercero es que la concepción, previos lo tratamientos necesarios de los gametos, debe producirse en el interior del útero, no fuera y por último que todos los embriones resultantes deben ser respetados y no eliminados. Con estos supuestos podría aceptarse, lo que resulta ciertamente interesante desde un punto de vista ético, aunque nadie los lleve a cabo (o al menos que yo sepa).

Pero volvamos a Don Demetrio al que le ha caído la del pulpo. Como es imaginable los partidos izquierdosos de su región ya han pedido su condena pública. Es lo propio de los izquierdosos (que no de la gente de izquierdas, aunque en España por desgracia son cada vez menos) llenarse la boca con conceptos como “libertad de expresión” pero olvidarse inmediatamente de ellos cuando alguien libremente expresa algo que no les gusta.

Pero la crítica que me gustaría comentar es una que le ha llegado de un portal web de información pseudorreligiosa lleníto, lleníto de catolicoperos. Se trata de una carta escrita supuestamente por una mujer (digo supuestamente porque no sé si es una carta real o si es un mero recurso literario) que se define a sí misma como “profesora de religión y catequista” en un colegio religioso. Por todo lo que dice después habría que preguntarse si ambos títulos se los dieron en una rifa, pero bueno…

Dicha mujer afirma haber tenido un hijo “fruto del amor” por el proceso que critica monseñor. Ciertamente no niego que ella y su marido puedan amarse y desear un hijo, pero lo de que este sea fruto del amor es más cuestionable. Naturalmente dicha señora no dice si el semen (y por tanto la mitad del código genético de su hijo) es de su marido o de un desconocido, o si pasa otro tanto con el óvulo fecundado. Siendo así podría ser que el hijo fuese de su marido, de ella, del portero de su finca y de una cajera de Mercadona… no sé si los cuatro se tendrían “mucho amor”.

Dice que todo eso lo realizó con el conocimiento y apoyo de sus jefes sacerdotes. Esto podría ser creíble, entre los sacerdotes y sobre todo entre los de algunas órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza abundan los catolicoperos.

Luego dice que esos mismos han aceptado gustosos el bautizarlo… pues faltaría más, ¿alguien ha dicho que hay que negarle el bautizo a su hijo?, ya tiene bastante con algo de lo que es inocente. Luego  afirma que así es miembro de la Iglesia igual que el obispo “a su pesar”. Tendrá mucho amor por su marido pero lo que es claro es que no tiene ninguno por el pastor de su diócesis.

También comenta que su hijo llora, ríe, tiene hambre… “como cualquier otro niño de su edad concebido de forma natural”… pues menos mal que lo ha dicho, a lo peor resulta que alguien pensaba que era un calamar.

Pero la carta riza el rizo afirmando que está segura “de que Dios ama a mi hijo igual que ama a los niños nacidos por la vía normal”. Tiene muchísima razón, muchísima. Lo que ella no dice es que nadie ha negado tal cosa y también se calla que Dios ama igualmente a todos sus hermanos concebidos como él que fueron arrojados a la basura porque no resultaban “viables” o por la sencilla razón de que siendo viables ella sólo estaba dispuesta a tener uno. ¿Cuantos hijos suyos se fueron por el retrete? ¿no tenían la misma dignidad que el nacido? ¿acaso el amor que se tenían los padres sólo bastó para perdonar la vida a uno y condenar a los otros?

Pues eso, la señora se siente ofendida con su obispo “como madre, como mujer y como católica” Tócate las narices. Ya ve monseñor, a saber que habrá dicho usted en contra de las madres, las mujeres y las católicas… ya se que nada, don Demetrio, era sólo una pregunta retórica. Yo no me siento ofendido, pero me siento perplejo y dolido por alguien que ha dicho todas esas cosas ya no como padre, hombre o católico… ni siquiera como señor gordo con barba, sino como simple “homo sapiens”. La estupidez humana será grave, pero mientras sea políticamente correcta habrá muchos que la aplaudan.

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La crítica eclesial en las redes sociales


(nota previa: aunque como creyente trato de reflejar en mis escritos la doctrina de la Iglesia, en este caso no es más que una reflexión personal a modo de opinión, por lo que  puede ser compartida o no  por otros creyentes, evidentemente)

Hay un texto muy significativo dentro del Sermón de la Montaña, en Mt 6, 1-6, que dice algo muy interesante, el Padre del cielo recompensa a los que actúan en secreto pero los que lo hacen para ser vistos por los hombres ya tienen su recompensa, distinta a la del Padre, que no sería otra que el reconocimiento, los halagos, las palmaditas en la espalda…

Naturalmente se trata no de una norma de protocolo sino de una actitud. Es cierto que si organizas algo en la Iglesia, un recital, una hora santa, un ciclo de conferencias… muchas veces tu nombre y/o tu presencia van a ser vistos e incluso vas a ser reconocido y felicitado. No se trata pues de ir “escondiéndote” ni de rechazar los elogios, sino de no hacer de estos la finalidad de tu trabajo.

La vanidad es algo que forma parte de la naturaleza humana, es un absurdo tratar de eliminarla como quien se quita un grano, pero debe saberse controlar en su justa medida para que no se convierta en un fin en si mismo (ya traté este tema en “La vanidad del músico católico”). Dándole la vuelta podríamos decir que si lo que buscas es hacer un servicio y no tu prestigio estarás dispuesto a asumir tanto los elogios como las críticas. Es más, agradecerás más las críticas en tanto y cuanto te ayudan por un lado a ser manso y humilde, tal como nos ordenó nuestro Señor, y por otro te sirven para mejorar.

Excluyo naturalmente las críticas pronunciadas con ofensas y groserías, esas hay que descartarlas de plano, y me refiero tan sólo a aquellas redactadas con corrección, respeto y buen humor… e incluso aquellas que tengan un puntito de “mala leche” que te sirven como espoleamiento, como el aguijón que te hace saltar y no quedarte quieto. Y tampoco digo que cualquier crítica deba ser aceptada, en ocasiones hay alguna que contienen algún presupuesto falso o que puedes considerar injusta y por tanto tienes todo el derecho a ignorarla o rebatirla.

corrección

¿Por qué escribo pues estas líneas? Por la sencilla razón de que un servidor, usuario (incluso adicto) de las redes sociales, me he encontrado últimamente con algunos casos en los que parece que entre algunas personas de la Iglesia, o en eventos de la misma, no se toleran nada bien las críticas. Pondré en situación a los lectores de estas líneas. A la hora de utilizar una red como facebook soy de los que no suelo escribir nada cuando veo un mensaje que me gusta o con el que estoy de acuerdo, a lo sumo un “me gusta” y poco más. Si me gusta lo que he leído ¿para qué decir más? Pero si que suelo hacer comentarios en sentido crítico, en el buen (y maravilloso) sentido de la palabra, si encuentro algo en lo que opino de forma distinta, o me parece de mal gusto, o lo considero injusto, o creo que se podría mejorar o veo que contiene algún error o información falsa. Y naturalmente lo hago en la medida de mi capacidad con educación, respeto e incluso buen humor. Pero por desgracia en ocasiones las respuestas que obtengo no tiene el mismo talante que mis críticas, sugerencias o comentarios.

De hecho una de las personas a las que he criticado en varias ocasiones ha sido a Su Santidad el Papa Francisco, sin que ello reste un ápice de mi respeto ni mi cariño filial. Así he criticado que por expresarse de forma coloquial no mide muchas veces ni sus palabras ni las consecuencias, con el problema que en ocasiones supone. E incluso también he criticado cuestiones concretas, como que en el “decálogo” para ser feliz no mencionara ni a Dios ni a la vida de fe; o cuando habló de lo de “no tener hijos como conejos” haciendo público que le preguntó a una madre si quería dejar huérfanos a sus hijos porque los tenía por cesárea, lo que me pareció una total falta de caridad.

Pero igualmente he salido en su defensa cada vez que alguien ha escrito cuestionando su legitimidad, acusándolo de enseñar algo contrario al Magisterio o tergiversando sus palabras o sus actos con el único propósito de desprestigiarlo. Pero bueno, el Papa no es uno de los que han respondido a mis críticas, así que para expresar la idea del artículo me referiré a algunos casos concretos a modo de ejemplo (omito las referencias personales, sólo quiero referirme a los hechos).

Un músico católico subió unas fotos de una celebración eucarística en las que aparecía cantando. Al verlas le escribí haciéndole una serie recomendaciones de tipo litúrgico: que no se situara detrás del altar ya que ese espacio es exclusivo del sacerdote, que si el lugar era pequeño como una capillita o una sala el uso de la megafonía no sería conveniente… Al momento empezaron a entrar comentarios de familiares y amigos suyos diciendo que él era un hombre de Dios (cosa que en ningún instante dudé), que su manera de cantar era muy inspirada, que él lo hacía con una gran vocación de servicio y que a mi me movía la envidia. Viendo además en mi perfil que yo realizaba actuaciones con mi grupo comentaron que lo que yo hacía era eso, “actuar”, mientras que el referido “cantaba de corazón”. Lo curioso es que nadie escribió sobre lo que yo realmente había escrito ni dijeron si les parecía bien o mal o si estaban o no de acuerdo.

¿Y el interesado? Pues en un momento pareció no encajar bien mis recomendaciones y contestó haciendo suposiciones erróneas, pero he de decir que posteriormente, no sé si debido a los comentarios que iba leyendo de sus propios conocidos, rebajó el tono, respondió a lo que le había dicho y agradeció “los comentarios que nos ayudan todos a crecer”. Además se da la circunstancia de que yo en ningún momento le había cuestionado a él como persona ni sus cualidades como músico por la sencilla razón de que me parece un magnífico cantor.

En otra ocasión recibí la convocatoria de un evento eclesial que se realiza en mi diócesis de forma recurrente. Aprovechando la asistencia al mismo de un amigo mio le escribí haciendo un comentario que contenía, aunque no era ese ni el motivo ni el asunto principal, una “crítica” al mismo, que era simplemente que en las últimas ediciones la parte musical del evento la llevaban las mismas personas y yo echaba de menos la variedad de las primeras ediciones. El mensaje fue eliminado al poco tiempo por el administrador de la página, a quien conozco personalmente, y me escribió para explicarme los motivos de su acción. Muy respetuosamente, por supuesto, pero sus aclaraciones me dejaron más triste que otra cosa.

Así me dijo que no le gustaban ese tipo de comentarios (?), que no sabía que relación tenía con la persona a la que me dirigía (?), que si tenía pensado no acudir por lo que había dicho mi comentario era de mal gusto (?) y que por supuesto aceptaban todas las críticas “que les sirvieran para creer” pero que se las hiciese en privado (?). Naturalmente le contesté en el mismo tono correcto, fraternal y respetuoso pero más crítico aún si cabe ya que la posición mantenida por esa persona no me pareció ni correcta ni cristiana. Nótese que digo “la posición” y no la persona, cuya fe y servicio a la Iglesia tengo contrastadas.

Parece como que una vez empezado a jugar nos olvidemos de las reglas del juego e incluso del mismo juego. Una red social es una red social (ya lo dijo Perogrullo). Eso significa que lo que escribo en ellas puede ser compartido, rebatido, felicitado o criticado. Si sólo quiero recibir elogios no debería usar este tipo de plataformas. Censurar por tanto un mensaje no es plato de buen gusto para el censurado, por lo que debe ser debido a causa justificable. Eliminar un mensaje porque “no me gusta” sin más, o por una suposición del administrador (en lugar de preguntar ) o hablar de “mal gusto” cuando el lenguaje empleado es totalmente correcto, otro tanto.

Además tampoco podemos confundir la parte por el todo. Si digo “me gustaría que hubiera más variedad musical” no digo que no me guste el evento, que me encanta, no digo que no piense ir, que iré como he hecho todas las otras veces si no tengo otro compromiso, no digo que los que canten lo hagan mal, que lo hacen estupendamente. Lo que he dicho es simplemente lo que he dicho (Perogrullo) y no lo que otro pueda interpretar.

Si además pido “las criticas en privado” lo que estoy afirmando de forma sutil e incluso pudiera ser que inconsciente,  pero directa, no es otra cosa que “en público hazme todos los elogios que quieras, pero si tienes alguna crítica que nadie más se entere”. ¿No debería ser al revés? ¿No sería más evangélico que los elogios fuesen privados y no públicos?. En este caso concreto creo que en lugar de la censura y las aclaraciones no muy aclaratorios hubiese sido mucho más elegante decir “tienes razón, suelen venir los mismos pero es que nos encanta como lo hacen” o “gracias por tu comentario, lo estudiaremos para próximas ediciones”… pero bueno, es sólo una opinión.

Otro caso. Soy de los que suele advertir cuando veo un error. Probablemente sea un tic por mi pasado como profesor o quizá (o eso me gustaría) obro de misericordia corrigiendo al que yerra. Lo hago sin reparar en la persona a la que corrijo o el tema que se trate (pueda ser historia, deporte, religión…)

A un músico católico latinoamericano afincado en un país diferente al suyo en cierta ocasión le hice notar que había subido una foto “del revés” y en otra le dije que una ciudad a la que hacía mención la había escrito mal y le indiqué como se escribía correctamente. En este segundo caso me contestó diciendo algo así como “siempre estás criticándome” (?) “voy a corregirlo para que te quedes en paz y me dejes en paz” y a continuación en lugar de corregir el mensaje lo que hizo fue bloquearme para que no viese nunca más sus publicaciones. ¿Es una conducta esperable de alguien a quien se le ha advertido de un par de equivocaciones? Bueno, allá él con su conciencia… yo poco puedo decir. Lo que esa persona no sabe es que además de las correcciones entre otras cosas me tomo un tiempo para difundir sus conciertos en internet cada vez que viene a España, pero tampoco tiene por qué saberlo y además lo seguiré haciendo muy gustoso.

Podríamos pensar que en realidad el problema es mío, que mucha gente no entiende mi espíritu crítico y malinterpretan corrección por ofensa, aclaración por menosprecio o crítica por rechazo . Es probable, pero esto me produciría una doble tristeza, por un lado soy responsable de lo que escribo, no de lo que otros puedan interpretar, y si en lo que escribo no hay nada de eso no sé que mecanismos pueden llegar a concluir otra cosa (¿falta de humildad?). Y por otro observo en mi propia experiencia que gente no creyente o con la que hablo de otros temas como historia, política o deporte tienen mucha más cintura para recibir una crítica mía que los mismos miembros de la Iglesia, triste.

¿Qué decir pues? Lo que me digo a mi mismo: cuando alguien me haga un comentario crítico debo comprobar primero si lo que dice es una opinión (que puedo compartir o no, pero debo respetar siempre que se haga con respeto), si es una sugerencia (que deberé analizar por si me interés seguirla o no), si es una crítica (que estudiaré para ver qué hay de cierto y objetivo en ella que me pueda servir para mejorar) o si es la corrección de un error (que deberé contrastar y en su caso rectificar). Lo que no debo hacer nunca es ni entrar en terreno personal cuando no haya nada personal en el mensaje (o incluso aunque lo haya, aunque esto es optativo) ni pensar que porque mi vanidad quede herida debo rechazar al otro y lo que me dice.

Si no quiero que nadie pueda criticar lo que digo no lo haré en redes sociales (o si lo hago será con limitaciones) pero lo más importante de todo en estos casos creo yo que es la mansedumbre, que es un don del Espíritu Santo. ¿Voy a pedir a Dios su Espíritu si no estoy dispuesto a actuar conforme a él? No tiene mucho sentido. Que Dios nos permita ser mansos y humildes de corazón, a mí el primero. Amén.

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Sobre la verdad en la Biblia.


Nota: los que suelen leer este blog habrán observado que este es un tema sobre el que trato de manera recurrente y por eso algunas ideas expuestas ya han aparecido en otros artículos, pero como usuario de redes sociales observo que aparece una y otra vez, por lo que creo que puede ser útil volverlo a tratar.

Un testigo de Jehová, sabedor de mi condición de católico, me hizo la siguiente pregunta. – ¿Tú crees que lo que dice la Biblia es verdad o no?.

La pregunta, aparentemente sencilla, era en realidad una cuestión farisea, del mismo modo que aquellas que le hacían a Jesús en la que contestes lo que contestes ya tienen motivo para acusarte. Así, cuando a Jesús le preguntan si deben apedrear a la mujer adúltera según la ley de Moisés, si la respuesta es un sí o un no, está atrapado. Si dice que no, le acusarían de no respetar la ley de Moisés, si dice que sí, le acusarían de ir contra la misma misericordia que predica. La respuesta de Jesús es más inteligente que la de sus inquiridores y encierra un conocimiento de la palabra muy superior a la de cualquiera de ellos. Si realmente lo que buscan es cumplir la ley de Moisés y lo principal de ella es no pecar, que cumplan primero con ese mandato principal y luego que lo apliquen a los demás si quieren, por eso “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Tras esta respuesta dice el evangelio que se fueron marchando uno a uno “empezando por los más viejos”. Esta referencia es también interesante, los más viejos son por lo general los más sabios, pero también los que más tiempo han tenido para cometer pecados.

Otra pregunta de ese estilo es la que le hicieron acerca del pago de impuestos, si era lícito o no pagar el tributo a los romanos. Otro tanto, si responde que sí pierde la fama ante su propio pueblo por colaborar con el invasor. Si responde que no ya tienen motivos para denunciarlo ante las autoridades y que lo encarcelen. De la misma manera que en la anterior, si alguien usa (y disfruta) del dinero que los mismos romanos acuñan, que mantenga la relación consecuentemente y que “de al cesar lo que es del cesar”, el tributo debido a los que acuñan sus propias monedas, pero los asuntos de Dios son de otra índole muy superior, “a Dios lo que es de Dios”.

Pero vuelvo a los testigos de Jehová. Estos, al igual que muchas congregaciones protestantes de los Estados Unidos, creen en la interpretación literal de la Biblia y por tanto no conciben la aceptación de ninguna idea o explicación científica o histórica, por aceptada o demostrada que esté, que no diga exactamente lo mismo que las Sagradas Escrituras.

De esta forma a la pregunta sobre si creía que lo que decía la Biblia era verdad, responder sí o no supondría en ambos casos un motivo para desacreditarme, como a Jesucristo. Si decía que sí, podrían responderme “¿entonces por qué los católicos aceptáis teorías científicas como la evolución de las especies si eso no es lo que pone la Biblia?”. Y si decía que “en algunos casos sí y en otros no” podrían decirme “¿entonces como puedes decir que crees en Dios si rechazas su palabra?”.

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¿Respuesta complicada? Ciertamente no, pero la pregunta es lo suficientemente tramposa, y eso lo saben los propios protestantes y “testigos”, para que pueda confundir a alguien con una formación muy básica o con la fe del carbonero, como decimos en España.

¿Cómo responder entonces? Vamos a ver primero cual sería la respuesta “correcta” a esa pregunta y luego la analizamos. Esta no sería otra que “CREO QUE LO QUE DICE LA BIBLIA ES VERDAD PARA MI SALVACIÓN”. Analicémosla pues.

Normalmente utilizamos la palabra “verdad” como si tuviera un único significado, pero en realidad, y para que nos entendamos, existen varios “tipos de verdad”. Uno sería la verdad científica, que es la que resulta de aplicar el método correspondiente de medición y variables controladas en un laboratorio, así una verdad científica sería “los gases aumentan su volumen al aumentar su temperatura” pero decir algo como “el amor me hace ver elefantes rosas volando” sería subjetivamente posible en un enamorado, pero incorrecto desde el punto de vista científico.

Otra sería la verdad histórica o periodística, la que reflejase fielmente los hechos acontecidos. Así sería cierto que “Colón llegó a las costas de América en 1492” pero no lo sería el hecho de que “el abuelo en la batalla derrotó a 100 enemigos él solo con un fusil” por mucho que él lo recuerde así y pudiese dárselo como cierto el polígrafo.

También tendríamos la verdad matemática, que es la resultante de la abstracción en una serie de conceptos para la explicación de los fenómenos. Así los matemáticos trabajan sobre todo con números, pero los números como tal no existen, son una abstracción, nadie ha visto nunca un “tres” caminado por la calle.

Y así sucesivamente podríamos enumerar decenas de “tipos de verdad”, ¿pero cual sería la verdad de la Biblia?. Pues no sería otra que una verdad “salvífica” (“soteriológica” es la palabreja técnica), es decir, que todo lo que cuenta la Biblia nos es válido, útil y cierto para salvarnos, para ser felices en esta vida y poder prolongarnos eternamente en la presencia del Padre tras nuestra muerte física. Así la Biblia no es un libro científico, aunque contenga muchos conocimientos científicos de las diferentes épocas en las que se escribieron los distintos libros que la componen. Tampoco es un libro histórico, aunque narre muchos hechos que sucedieron ciertamente. Es un libro religioso, que contiene la verdad de Dios revelada a los hombres para que puedan salvarse.

Debemos entender aquí que la revelación de Dios contenida en la Biblia es “mediata”, es decir, que la Biblia, inspirada por Dios, en su redacción cuenta con los conocimientos, la personalidad, la memoria y el estilo de cada uno de los escritores que la plasmaron. No se trata, como algunos estudiosos dijeron en su día (y hoy siguen defendiendo los que creen en la literalidad del texto), que los autores entraban en una especie de trance y escribían al dictado de Dios, ni tampoco de un libro “espiritual” entregado en su totalidad y de una vez por Dios a Mahoma como piensan los musulmanes del Corán (este sería un tema aparte, ya que curiosamente Mahoma era analfabeto y por tanto Dios le entregó el libro “en espíritu” para que el lo fuera relatando a sus discípulos durante toda su vida y estos lo escribieran). Una prueba de esto es ver como alguien que lea la Biblia con una cierta frecuencia es capaz de deducir a qué libro o autor pertenece un texto bíblico, aunque no lo conozca, solamente por el vocabulario o la forma en que está redactado.

Así tenemos 4 evangelios y no uno sólo y por eso podemos ver que a lo largo de la Biblia, incluso en ocasiones dentro de un mismo libro, hay historias que se contradicen o que presentan matices distintos según quién las cuente. Así en el libro del Génesis encontramos dos relatos distintos de la creación, en el capítulo 1 y en el 2. La escena en la que David corta la punta de la capa a Saúl sin que se de cuenta sucede mientras el rey está haciendo de vientre o durmiendo según leamos el relato en Samuel o en Crónicas. Las veces que Jesús estuvo en Jerusalén oscilan entre 1 y 3 según el evangelio que lo cuente… O también en ella encontramos muchos relatos que después los historiadores han confirmado pero otros en los que han hallado errores, así por ejemplo el libro de Josué nos narra cómo conquistó Jericó, cuando esta ciudad no existía en tiempos de Josué. ¿Se trata de una leyenda popular sin base histórica? ¿quizá la ciudad conquistada fue otra y el narrador se confundió al nombrarla?. No lo sabemos, pero para nuestra fe no es un dato relevante.

Por eso, y como decía San Agustín en una frase que hizo suya San Juan Pablo II, “la Biblia explica cómo se va al cielo, no cómo va el cielo”. La Biblia me revela en sus primeros capítulos que Dios es el autor de todo lo creado y que el culmen de la creación es el ser humano, hecho a su imagen y semejanza, es decir, libre, capaz de amar, crear, razonar y trascender, y cómo en su libertad el hombre trata de prescindir de su creador cayendo en el pecado… y eso es verdad, lo que dice la Biblia al respecto es verdad, con independencia de los conocimientos científicos que tuviesen los autores de la época y con independencia por tanto de la forma de contarlo, siendo indiferente que Dios creara el mundo en 6 días o en 6 eras geológicas, de que el ser humano apareciese de la noche a la mañana o fuese el resultado de una magnífica e increíble sucesión de hechos biológicos que conocemos como evolución o de que si el demonio tiente al hombre como ser espiritual o se le apareciese alguna vez en forma de serpiente o de gato de angora.

Por eso creo, y es cierto, que todo lo que dice la Biblia lo ha revelado Dios a los hombres para salvarnos. Que si  llegamos a vivir según su voluntad, revelada y transmitida en las Sagradas Escrituras, seremos ciertamente felices y podremos vivir eternamente en su presencia. Y en comparación todo lo demás, por muy curioso o interesante que sea o sirva de objeto de estudio a los teólogos, vale menos que una cagarruta de mosca.

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