Semana Santa: ¿Nos quedamos en la parroquia o nos vamos fuera?


Nota previa: Escribo estas lineas a petición de Marcos Buigues, de Valencia, que me ha pedido tratar el tema de la conveniencia de celebrar la Semana Santa con la propia comunidad parroquial de cada uno, pero me gustaría recordar que aunque escribo este blog hablando de temas de religión y desde mi perspectiva de creyente católico, muchas de las cosas que reflejo son opiniones personales, por lo que pueden ser compartidas o no por otros creyentes.

Difícilmente se entendería en Valencia que un fallero de la comisión de la falla del Pilar al llegar el 14 de marzo se fuese a pasar la semana fallera a Benicarló “porque allí también hacen fallas”. Supongo que sería lo mismo que un miembro de una escuela de samba de Río de Janeiro en lugar de celebrar los carnavales de su ciudad se fuese a otra o que un aficionado a la tauromaquia de Pamplona al llegar San Fermín se fuese a ver toros a Marbella.

Sin embargo no parece extrañarnos los creyentes que al llegar la Semana Santa marchan a otras poblaciones de vacaciones, pues “parroquias hay en todos lados” o, lo que resulta paradójico, para celebrar la Semana Santa “de manera distinta”.

En el primer caso podríamos entenderlo desde una perspectiva del creyente “practicante” que asiste a la misa dominical de forma ritual (lo digo sin ánimo peyorativo) pero que ciertamente no tiene más vinculación ni vida eclesial, por lo que “escuchar” misa es algo que ciertamente haría igual en la iglesia de su barrio que en una de Pernambuco, como harían Mortadelo y Filemón después de meter la pata.

En el segundo caso me parece algo más triste. En muchas parroquias, particularmente algunas que son atendidas por órdenes religiosas, les ha dado por celebrar desde hace ya tiempo lo que denominan “Pascuas jóvenes” (???), que no es otra cosa que llevarse a los jóvenes de retiro o convivencia durante el triduo pascual y celebrar con ellos la Semana Santa de forma independiente. O incluso no específicas de jóvenes, sino asociaciones que promueven algo similar, añadiendo algún adjetivo o toponímico tipo “Pascua en Villa Celeste” o “La Pascua de Las Alcachofas” (los nombres son ficticios).

Parece que no hubiera en todo el año fechas para hacer retiros juveniles y que fuese “obligado” separar a los jóvenes de sus propias familias y del resto de la comunidad parroquial a la hora de celebrar la fiesta grande de los cristianos.

  • Pero es que para los jóvenes es una gran experiencia, incluso fuente de vocaciones…

No digo que no, por supuesto, pero igualmente se podría vivir esa experiencia previa a la Semana Santa, como preparación a la misma (para eso la Iglesia nos regala 40 días de Cuaresma) o de profundización a posteriori (para eso la Iglesia nos regala 50 días de Pascua). O incluso se podría realizar en la misma Semana Santa sin que ello rompa la participación con el resto de la familia, reuniendo a los chavales el jueves, viernes y sábado por la mañana, preparando su participación activa y asistiendo con ellos a los oficios y celebraciones parroquiales.

También existe un tercero que trataría del “turismo religioso”, de dejar tu parroquia por ir a ver cómo se celebra en otros lugares que lo hacen con más “vistosidad”. Esto, que podría ser comprensible como algo ocasional, celebro siempre la Semana Santa en mi parroquia, pero esta vez me apetece ir a ver la de Toledo que me atrae por su imaginería, sería triste si se convirtiese en algo habitual, ya que demostraría que lo importante es el aspecto externo o estético que la vivencia religiosa propiamente.

semana santa playa

Quizá en el fondo lo que subyace es la idea de parroquia. Según el Concilio Vaticano II la parroquia es ante todo una comunidad de fieles. (Sacrosantum Concilium 42). Generalmente está asociada a un lugar geográfico, pero más allá de eso es el “lugar” concreto en el que cada uno vive su fe, de manera que resulta común que alguien mantenga su vinculación con su parroquia “de toda la vida” aunque se mude a otro barrio, por ejemplo.

Dos conceptos en torno a la parroquia nos podrían resultar erróneos. Uno el asociarla al templo y entenderla en un sentido “burocrático” como la dependencia en la que se administran sacramentos de la misma manera que en la delegación de hacienda se gestionan los pagos de impuestos. Daría por tanto lo mismo hacer la “gestión” al lado de tu casa que al lado del apartamento en la playa.

Otro entender la parroquia como un bloque monolítico en el que todos los feligreses hacen lo mismo y acuden a la misma celebración de la Eucaristía en lugar de concebirla como una comunidad de comunidades, por lo que hacer lo mismo que el resto en una masa anónima daría igual fuese cual fuese esa masa, la de tu barrio o la que está más cerca del chalet de la montaña.

Como dice monseñor Berzosa, obispo de Ciudad Rodrigo, frente a un modelo de parroquia preconciliar en la que “lo que importaba era el número, la masa y no la comunidad, donde los laicos eran sujetos pasivos” la parroquia de hoy debe ser “una comunidad de comunidades, donde coexisten grupos diversos con sus carismas” y dónde se deben desarrollar las “cuatro dimensiones de la Iglesia particular: comunión, celebración, catequética y misión”.

A un servidor, que vivo mi fe en una comunidad neocatecumenal, me preguntaba un amigo sacerdote por qué los “kikos” no celebrábamos la misa “en la parroquia” tal como convocaba el párroco. Detrás de la pregunta subsistía todavía ese concepto monolítico preconciliar.

- Por supuesto que celebramos la Eucaristía en la parroquia y con el párroco- cuando le contesté cayó en la cuenta que había hecho otra vez la misma identificación de parroquia-templo, parroquia-misa de 12, como si celebrar la Eucaristía en pequeñas comunidades fuese “menos parroquia” que hacerlo en una asamblea grande dónde la mayoría de gente te es desconocida.

Por eso es una bendición que en una parroquia puedan existir grupos diversos con sus carismas, es una muestra de la diversidad en la unidad de la Iglesia católica, y en la que se puedan distinguir cuales son las realidades pastorales para la formación cristiana y cuales los servicios de caridad y cuales los de misión y catequesis, de manera que uno puede formarse y vivir la fe en los primeros y a partir de ahí realizar un servicio según sus propias cualidades o disposición en los segundos. Es más, podríamos decir que un grupo de fe es “más parroquia” cuanto más nutren sus miembros los servicios que esta presta.

Ahora bien, frente a la diversidad de funcionamiento sí que existen determinados momentos en que es bueno y hasta necesario que se visibilice la unidad, en la que aparezca la “parroquia al completo” y en los que las distintas realidades parroquiales celebren unidas, junto con los que asisten también durante el año a horas diferentes a las diversas celebraciones de la Santa Misa dominical. Es evidente que tiene que ser en las fechas señaladas como grandes en el calendario parroquial, la del día del titular de la parroquia, cada una el suyo, y el de la Navidad y la Semana Santa, junto con toda la Iglesia Universal.

Y es deseable por tanto que para cada uno de ellos no sea lo mismo celebrar la Pascua con el resto de miembros de la comunidad parroquial que no hacerlo, vivir la Semana Santa con aquellos con los que compartes la parroquia que con unos turistas de vacaciones en chancletas, hacerlo presidido con los sacerdotes que tienes todo el año a tu servicio que hacerlo con otros desconocidos, compartir los días grandes del cristiano con tus hermanos de comunidad y grupo de fe y junto con ellos con el resto de comunidades y grupos de fe de tu parroquia que irte a un lugar dónde no conoces a nadie…

Y es deseable que se manifieste el pueblo de Dios en su totalidad, niños, jóvenes, adultos y viejos, las familias de la parroquia, los religiosos y religiosas… unidos en la diversidad.

Y además es deseable hacerlo sin prisas, sin mirar el reloj, de la forma más solemne posible, que no significa hacerlo de manera ostentosa (aunque ese sería otro tema). ¿Por qué hacer el Vía Crucis por el interior del templo pudiendo hacerlo con el Cristo en procesión por el barrio? ¿Por qué convertir la procesión del Domingo de Ramos en un entrar desde la puerta en lugar de marchar con las palmas y los ramos haciendo visible la presencia del pueblo que sigue a Cristo a todos los vecinos? ¿Por qué ir racaneando la Vigilia Pascual quitando lecturas o convirtiéndola en una misa vespertina en lugar de celebrar una auténtica vigilia nocturna? ¿Por qué terminar “con un chocolatito y unas pastas” pudiéndote ir a cenar cordero conforme a la tradición?. Y si a alguien no le gusta o no puede o tiene prisa, siempre encontrará la manera de asistir a una misa de 30 minutos, seguro.

¿Convivencias de jóvenes? ¿Celebraciones particulares? ¿Reuniones de grupos?… ya habrá tiempo en todo el año para poder realizarlas.

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A vueltas con el ecumenismo


Nota previa: Me pide Gerardo Cabán, de Puerto Rico, que escriba sobre el ecumenismo, que según ha visto es un término que produce mucha confusión. No sé si lograré disminuirla pues, tarea difícil, pero al menos espero no aumentarla. Es un término delicado ya que no existe por parte del Magisterio una instrucción clara a modo de una fórmula matemática tipo 2+2=4, por eso es probable que en este artículo, aunque procure ser fiel al Magisterio, haya cosas que sean opiniones personales y por tanto pueden ser compartidas o no, e incluso es posible que cometa algún error, por lo que pido que si alguien descubre alguno obre de misericordia conmigo y me corrija. De todas formas ante la duda remítanse todos al Decreto Unitatis Redintegratio, del Concilio Vaticano II, que recoge la postura oficial de la Iglesia Católica al respecto.

Jesucristo expresó en una “oración pública” el deseo de que todos sus discípulos “fuesen uno” como Él y el Padre eran uno “para que el mundo crea que Tú me enviaste” .(Jn 17,21). Ciertamente cuando Jesús pronunció estas palabras no se refería a la llamada a la unidad entre las distintas confesiones cristianas, entre otras cosas porque no las había, sino a la unidad personal. Pero aún así este mismo deseo, casi diríamos este mismo mandato, podría aplicarse a la hora del ecumenismo que según la simple definición del diccionario es la “tendencia o movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todas las iglesias cristianas”.

Tengamos en cuenta que si Cristo es uno, una es su predicación, una es la Iglesia que fundó y hoy tenemos 400.000 “iglesias” cristianas es que algo hemos hecho mal todos, ojo, todos. Y además, volviendo a la cita de Juan, la falta de unidad entre los cristianos es un escándalo para el resto de los hombres: “Cómo voy a creer en Jesucristo si lo que dices tú que eres cristiano es distinto a lo que dice el otro que también lo es”. La unidad vuelve a ser necesaria “para que el mundo crea”.

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El hecho además resulta aún más escandaloso si cabe cuando por historia vemos que los cismas en su origen (el ortodoxo, el luterano, el anglicano…) fueron debidos más a motivos personales e intereses políticos, aunque luego se les “revistió” de cuestiones teológicas y doctrinales. (Ver los artículos “¿Pero cuál de las iglesias cristianas es la verdadera?” I y II)

Ahora bien ¿en qué consiste esta unidad? ¿cómo debiéramos lograrla?. Es evidente por un lado que los católicos anhelamos el regreso de los “hermanos que se fueron” a nuestra propia casa que es también la suya y, como dice la Unitatis Redintegratio, que “todos los cristianos se congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia, a la unidad que Cristo dio a su Iglesia desde un principio, y que creemos subsiste indefectible en la Iglesia católica de los siglos”. Los hermanos “separados” serían así, como dijo hace poco un lector de este blog de forma muy hermosa, hermanos “esperados”.

Pero en las actuales circunstancias no parece factible a corto o medio plazo, aunque podemos apuntar algunas cosas, como que cada día son más las conversiones de personas de congregaciones protestantes al catolicismo, o como “creaciones” como el Ordinariato para la conversión de los anglicanos al catolicismo han tenido mucho “éxito”. Pero a fin de cuentas el ecumenismo no es esto, o al menos no es esto solamente, sino que se trataría de ir recuperando la unidad partiendo de lo que ya nos une, que siempre será más que lo que nos separa, en principio nada más y nada menos que el reconocimiento de Dios como Padre y Creador, de Jesucristo como Señor y Salvador y la fuerza y la acción del Espíritu Santo.

Hemos de recordar que muchos de los que participan en otras congregaciones están “constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica” y “son reconocidos como hermanos en el Señor por los hijos de la Iglesia Católica”. (U.R. 3) y también reconoce que “los hermanos separados practican no pocos actos de culto de la religión cristiana, los cuales… pueden, sin duda alguna, producir la vida de la gracia, y hay que confesar que son aptos para dejar abierto el acceso a la comunión de la salvación”. Es decir, aunque la plenitud reside en la Iglesia que Cristo mismo fundó, también hay partes de sus elementos, podríamos hablar de la oración, de la lectura de la Palabra, de las obras de misericordia, de pedir perdón por los pecados, etc, que están presentes en otras confesiones.

La Unitatis Redintegratio marca para los católicos un camino de varios pasos (que pueden igualmente seguir los cristianos de otras confesiones por su parte):

.-El primero evitar términos y juicios erróneos sobre los hermanos separados. Yo diría aquí “nada de hacer películas de buenos y malos” mejor de “hermanos que se quieren aunque tengan sus riñas”, ja, ja, ja.

.-El segundo que “peritos y técnicos” de las distintas confesiones establezcan un diálogo consistente en la exposición clara de su doctrina a los demás para que todos tengan un conocimiento auténtico del otro. Este concepto es muy claro, y aunque nos puede sonar algo “clasista” por ser reservado a los entendidos, hemos de comprender que la delicadeza de la cuestión impide que pueda ser tratado por cualquiera. ¡Cuantos errores habremos cometido por esto mismo!. ¡cuántas confrontaciones son debidas realmente al desconocimiento y no a una causa cierta!.

Como dijo el Venerable Fulton Shenn, obispo católico estadounidense del siglo XX y cuyas palabras hizo suyas también San Juan Pablo II, “No hay más de 100 personas en el mundo que verdaderamente odien a la Iglesia Católica, pero sí hay millones que odian lo que ellos creen que es la Iglesia Católica”.

.-El tercer lugar sería la colaboración en el bien común (podríamos hablar aquí de obras de caridad, de la lucha contra el aborto…) e incluso la oración común. Son ya muchas las experiencias ecuménicas como la comunidad de Taizé, lapredicación del Papa Francisco en un templo protestante, los encuentros de oración en Asís de San Juan Pablo II y Benedicto XVI o la Semana de Oración para la Unidad de los Cristianos que celebran conjuntamente católicos, anglicanos, ortodoxos y algunas congregaciones protestantes. Por cierto, aunque desde hace mucho tiempo esta semana (o esta “octava”) está impulsada por la Iglesia Católica, en su origen fue una iniciativa de un pastor episcopaliano de Estados Unidos

¿Conducirán estos pasos a la unidad de los cristianos en una sola Iglesia? Sólo Dios lo sabe.

Ahora bien, si nos es difícil definir con claridad qué es el ecumenismo, nos es más fácil, al menos en principio, afirmar qué NO es el ecumenismo y evitar así el peligro de lo que algunos definen como un “falso ecumenismo”, a saber:

El ecumenismo no es un “relativismo cristiano”. No podemos decir que da igual ser de una confesión cristiana que de otra. Para empezar hay que examinar muchas congregaciones que se dicen cristianas y cuyo credo es difícilmente compatible con el evangelio o incluso son tapaderas de simples sectas o burdos negocios. Para los católicos además no es ni puede ser lo mismo participar de los sacramentos que no participar, en especial de la Eucaristía o la Penitencia, tener a María como madre que no tenerla, beneficiarnos del servicio de los sacerdotes consagrados que no hacerlo…

El ecumenismo no supone renunciar a tu propio credo aceptando el de otro, sino buscar que hay de común entre mi credo y el del hermano separado. Hace poco oí a un profesor universitario, muy docto en su materia pero no precisamente en esta, que “a ver si ahora con lo del ecumenismo vamos a pensar como los calvinistas que los ricos van al cielo y los pobres no porque la bendición de Dios se manifiesta en la prosperidad material”. Esto no es el ecumenismo, por supuesto.

El ecumenismo no supone introducir en la liturgia católica elementos ajenos a ella. Se pueden hacer celebraciones ecuménicas entre cristianos de distintas confesiones en torno a la palabra, la oración o la música, pero eso no significa introducir cantos protestantes en la Eucaristía o ritos de otras celebraciones ajenos a las rúbricas, por ejemplo, de la misma manera que sería un absurdo que los protestantes se pusieran a “representar” una celebración de la Eucaristía cuando niegan la presencia real de Cristo en la misma.

La participación en el ecumenismo para los católicos se hará por tanto, y así lo recuerda la U.R también, desde la afirmación y el conocimiento claro de la propia fe en lugar de la relativización de la misma o la renuncia a alguno de sus postulados.

Para ello es necesario un proceso de conversión y de conocimiento de la propia fe católica que permita por una lado exponerla y por otro reconocer no sólo las diferencias con el credo de los hermanos separadas sino también, y esto es muy importante, reconocer “que todo lo que obra el Espíritu Santo en los corazones de los hermanos separados puede conducir también a nuestra edificación” ya que “lo que de verdad es cristiano no puede oponerse en forma alguna a los auténticos bienes de la fe, antes al contrario, siempre puede hacer que se alcance más perfectamente el misterio mismo de Cristo y de la Iglesia”. (U.R)

Sé que este camino es difícil, que a muchos católicos les es difícil de entender en algunos aspectos y que son también muchos los protestantes que se niegan a ello e incluso utilizan el término “ecuménico” como insulto, como sinónimo de “traidor” o “vendido”.

Algunos de ellos están sufriendo de manera indecible por los ataques de sus propios correligionarios como el reciente casos de Alex Campos, músico protestante que participó en un concierto con músicos católicos en el Vaticano y que tuvo que hacer unas declaraciones a mi juicio desafortunadas ante tanto ataque. O el caso de Jesús Adrián Romero, también músico y predicador protestante, al que le han dicho las barbaridades más horribles porque se atrevió a decir públicamente que “los católicos no son idólatras” (crítica sostenida por muchos de ellos hasta la obcecación) o que “la Biblia no prohíbe las imágenes en sí” (afirmación que para muchos de ellos es un auténtico dogma de fe) “sino solo la idolatría”, de tal forma que se ha tenido que “retirar” de las redes sociales porque el acoso era insufrible.

Sea como sea, ya que todos los cristianos, seamos católicos, ortodoxos, anglicanos o protestantes, tenemos la intención de vivir conforme a la enseñanza de Cristo, buscar la unidad ente todos nosotros no será solamente un deseo o un proyecto bonito, sino también un mandato claro y directo de parte del Señor. Que así sea y que Dios nos bendiga a todos.

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Querido Alex Campos: yo te perdono


Querido Alex Campos: En primer lugar decirte que te llamo querido de forma fraternal, dirigiéndome a alguien que reconoce a Dios como Padre y creador, a Jesucristo como Salvador y la acción del Espíritu Santo, aunque en este caso no profeses mi misma religión católica (universal) y seas protestante.

Te aclaro esto porque he de reconocer que no sé quien eres, es decir, no te conozco de nada y nunca he escuchado ninguna de tus canciones, no porque tenga nada en contra, sino porque hay mucha y muy buena música católica y simplemente no suelo escuchar canciones de los hermanos separados, salvo algunos pocos a los que conozco personalmente.

Sé que hace poco fuiste invitado a un concierto de música en el Vaticano junto a cantantes de música católica como Kiki Troia, Martín Valverde, Daniel Poli… y otros de música secular. Sé que muchos de “los tuyos” te han atacado y ofendido gravemente acusándote de traidor por “servir a la iglesia ramera” y ser “ecuménico”. Pongo esta palabra entre comillas porque ecuménico significa que busca la unidad entre todos los cristianos, que no es otra cosa que un mandamiento de Jesucristo, por lo que me resulta triste que algunos de “los tuyos” lo usen como insulto. Supongo que todo eso te habrá dolido profundamente y siendo consecuencia de haber aceptado una invitación para venir a mi casa te lo agradezco sinceramente, ya que supongo también que no te habrá causado sorpresa.

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Recuerdo además haber leído unas declaraciones de Jesús Adrián Romero (a este sí que lo escuché una vez hace tiempo), correligionario tuyo, defendiéndote. Imagino que además él lo estará pasando incluso mucho peor que tú, puesto que no es que haya aceptado una invitación de la Iglesia católica como en tu caso, sino que se ha atrevido a declarar, siendo protestante, que los católicos no son idólatras y que la Biblia no prohíbe las imágenes. Ya sabrás que muchos de “los tuyos” le han dicho de todo menos guapo.

Pero ahora has vuelto a salir en los medios por unas declaraciones en televisión en lo que muchos católicos han considerado una ofensa hacia ellos o como mínimo una falta de educación hacia alguien que con cariño te ha invitado a su propio hogar. Tengo que decirte que por mi parte te perdono, no sé si tus declaraciones han sido fruto del desconocimiento, de un intento de congraciarte con “los tuyos” o, Dios no lo quiera, de un miedo a perder fama o dinero. Pero lejos de mi ánimo juzgarte ya que por un lado no puedo conocer tu pensamiento ni tu intención (tampoco lo pretendo) y porque la Iglesia me ha enseñado de hace mucho tiempo a valorar y juzgar los hechos, nunca a las personas y sólo Dios sabe lo que hay en tu corazón. Pero si me permites, y tomando como hipótesis que hayas hablado desde el desconocimiento, te escribo unas líneas para aclararte. Si te sirve, o le sirve a alguien más, bendito sea Dios, si no habré perdido media hora de mi vida escribiendo estas líneas que tampoco es gran cosa.

Dices que el concierto te pareció un témpano de hielo, que allí simplemente había canciones y la gente aplaudía, tan solo alguno levantaba las manos pero nadie adoraba a Dios. He de reconocer que esta frase me hace mucha gracia, aunque entiendo que en tu desconocimiento pudieses tener esta visión. Te aclaro, los protestantes, que no tenéis sacerdotes y vuestras congregaciones no emanan de la sucesión apostólica, no tenéis por tanto liturgia ni sacramentos, sólo tenéis palabra y música, que está muy bien, pero que para un católico resulta insuficiente. Es posible que desde esa óptica tú analizases comparando el concierto con alguno específicamente protestante o con alguna celebración de tu congregación.

Verás, para un católico un concierto de música cristiana es algo bonito, inspirador, motivador… es algo que puede nutrirte o ayudarte a entrar en oración, pero no deja de ser un concierto. ¿Por qué? Pues porque la celebración por antonomasia de los católicos es la Misa, la Eucaristía, en la que se da la presencia real de Cristo en pan y vino, en la que aparece Gloria del propio creador, no sólo gloria de criatura. Sé que esto es algo que no has descubierto, no sé si Dios te lo permitirá descubrir algún día, pero para que lo entiendas, ni mil conciertos como el que diste en el Vaticano, ni mil prédicas del pastor más inspirado y vestido con el traje de alta costura más caro, vale lo que una sola misa por más austera que sea o se celebre en el rincón más perdido del planeta. Por eso el católico que asiste a un concierto lo hace con ánimo de vivir una experiencia enriquecedora, pero no lo hace con la misma intención con la que acude a un sacramento. Si lo que esperabas es ver gente gritando “amén”, “aleluya” o levantándose con gesto de tener un cólico al riñón ciertamente ibas muy despistado. (Te recomiendo este video hecho por jóvenes que al igual que tú son protestantes).

Dices también que cuando el Papa se acercó a saludaros y agradecer vuestra presencia te pareció un gesto de cortesía y que apreciaste en los católicos una emoción distinta a la tuya a la hora de saludarle y pedir que les bendijera, aunque tampoco te llamó mucho la atención pues era una reacción muy similar a la “idolatría” en la que a veces caéis algunos protestantes a la hora de saludar a alguno de vuestros líderes. Esta también es graciosa, otra vez más por desconocimiento supongo. Por un lado tenéis tan confuso el término de idolatría que la emoción de estar ante una persona a la que admiras la llegas a calificar así… bueno, es una simple cuestión ya no de fe ni doctrina, sino de simple diccionario. Pero por otro lado es muy graciosa la comparación “con alguno de vuestros líderes”.

Te explico, la emoción que siente una católico ante el Papa no es por la persona, no es por lo bien que habla, que canta o por los maravillosos trajes de diseño que viste, es por estar en presencia del sucesor de Pedro, de saber que desde que Jesucristo puso al apóstol al frente de su Iglesia la sucesión ha continuado de forma ininterrumpida hasta la persona que está junto a ellos, se llame como se llame, sea argentino o zimbauense, incluso te caiga mejor o peor. Nada que ver por tanto con afinidades o admiraciones meramente personales ni mucho menos con la idolatría.

Y la otra cosa que has afirmado, esa probablemente más ofensiva, es que viste entre los católicos que se hablaba mucho de Dios pero que realmente no conocían a Dios. Esta te confieso que me ha dado pena. Supongo que para ti “los que hablan de Dios pero no conocen a Dios” significa que tienen un conocimiento de Dios distinto al tuyo… lástima. Yo podría decir, como mucho, que tú como protestante tienes un conocimiento parcial de Dios, que hay cosas de Dios que desconoces porque nadie te las haya contado o porque te las hayan contado de forma errónea… pero afirmar que no conoces a Dios creo me pondría en una situación de prepotencia. ¿a quién rezas y sobre quién cantas entonces?

Bueno, sobre las aclaraciones poco más, quede sobre todo mi agradecimiento por la invitación y lo dicho, las disculpas sobre lo que declaraste posteriormente. Es mucho más lo que agradecerte que lo que disculparte. Te invito realmente a que sigas siendo ecuménico, por mucho que a algunos de “los tuyos” le resulte ofensivo, esto es, a buscar lo que nos une a todos los cristianos en vez de lo que nos separa.

Dios te bendiga.

AVISO A LOS QUE QUIERAN HACER UN COMENTARIO: LA INTENCIÓN DE ESTE ARTÍCULO NO ES OTRA QUE LA DE ACLARAR DESDE LA FE CATÓLICA LOS COMENTARIOS VERTIDOS POR UNA PERSONA PROTESTANTE QUE PROBABLEMENTE SEAN FRUTO DEL DESCONOCIMIENTO Y BUSCAR SOBRE TODO LO QUE NOS UNE A TODOS LOS QUE SEGUIMOS A CRISTO EN LUGAR DE LO QUE NOS SEPARA. CUALQUIER COMENTARIO TENDENTE A CREAR ENFRENTAMIENTO SERÁ EDITADO O ELIMINADO. GRACIAS

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El hábito no hace al monje, pero lo distingue


Hace poco lancé a las redes sociales una propuesta a debatir sobre la conveniencia y/o utilidad de que los sacerdotes y religiosos se distingan por su forma de vestir, con el hábito propio de la orden, la sotana, el clériman (o clergyman) o una simple camisa con alzacuellos aunque sea con vaqueros y zapatillas deportivas.

Me preguntaba si el hecho de llevarlos de forma habitual era de cara a alguien (para Dios, para sí mismo, para los demás) o si debiera ser conveniente cuando se dirigiese a su parroquia o quehaceres pastorales pero que fuese de particular si el sacerdote iba al supermercado o al cine.

Personalmente diré que soy partidario de que lo lleven de forma permanente, aunque igualmente soy partidario de que se haga de forma libre por convicción o siguiendo un consejo o recomendación que por una ley, pero bueno, doctores tiene la Iglesia. Tampoco soy partidario de las órdenes o asociaciones que visten de clériman aunque sólo seas seminarista o hermano lego (¿se dice así?) y si me apuras con cierto reparo a los diáconos… doctores tiene la Iglesia.

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Cuento muchas veces una anécdota al respecto. Un sacerdote religioso amigo mio en la JM J de Madrid 2011 caminaba por la calle vestido de particular con un grupo de jóvenes (es de los que nunca viste de clériman ni de hábito) y de frente venía un joven con su traje y alzacuellos. En eso se le acercó una chica y le pidió que le confesara a lo que el otro respondió que no podía hacerlo, que no era sacerdote. Esto es, la joven que buscaba un cura vio a uno vestido de forma que creyó que lo era pero no, y tampoco pudo pedirle confesión a mi amigo que sí que era sacerdote pues no iba distinguido como tal.

Otra anécdota que aportó una de las intervinientes también me gustó mucho: Un sacerdote iba de viaje en autobús vestido de clériman, su compañera de asiento le miraba mucho y en cierto momento le dijo -Padre, ¿a usted le importaría que habláramos y me confesara?, porque llevo tiempo que no lo hago y no sé si este viaje y sentarme a su lado es un aviso de Dios- y él la ayudó y se convenció de que si hubiera ido de particular esa persona hubiera hecho una locura y Dios lo impidió y desde entonces no ha vuelto a vestirse sin el clériman, pues eso le demostró que era la forma de identificarlo como sacerdote y que eso para él es un orgullo, aunque a veces le hayan hecho burlas por ello”

La propuesta generó varias opiniones en todos los sentidos, que me gustaría reflejar aquí, así como mis reflexiones al respecto:

.- Conozco excelentes y entregados sacerdotes que no llevan clériman. Personalmente no le veo importancia, lo importante va bajo la piel.

Este comentario y otros similares me resultan chocantes. De hecho en ningún momento planteé si es más importante para un sacerdote un comportamiento correcto o una vestimenta determinada, porque me pareció obvio, planteé la conveniencia de la vestimenta, pero parece que que siempre nos sale la vena “maniquea” de “lo importante es que sean buenos, lo demás da igual”. Irónicamente me saldría preguntar ¿Y qué pasa, que los sacerdotes excelentes dejarán de serlo y se convertirán en pésimos si se ponen alzacuellos? ¿Lo importante debe ser el interior sólo para los sacerdotes? ¿Acaso el interior no debe ser importante también para el resto de fieles o incluso para el resto de la humanidad aunque sean ateos o de otras religiones?

.- Deben vestir como tales porque es su obligación. Porque se debe distinguir en todo momento quien es y para quien trabaja. Yo lamento los que no lo usan. Hay demasiados religiosos/as que se visten como todo el mundo y es una pena.

Desconozco si esto es así, ciertamente la Congregación para el Clero así lo indica (246 y 247 del directorio para los presbíteros) aunque no sé si esto es de obligado cumplimiento o si deberá ser el obispo del lugar el que determine las normas concretas al respecto.

.- “Sea vuestro uniforme la compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia” (Col 3,12)

Esta cita de san Pablo me entristeció mucho puesto que la anotaba un sacerdote. Me explico, San Pablo no está hablando a los consagrados, sino a todos los fieles cristianos, por lo que identificar lo que es una recomendación para toda la Iglesia como si fuera una instrucción para una mínima parte de ella me pareció una muestra del clericalismo que tanto combate el Papa Francisco. La Iglesia somos todos los bautizados, no sólo los curas, leches.

.- Pues nada, bomberos, policías, enfermeros, médicos, cuando vayan al cine, o al teatro, o a misa, no se quiten el uniforme, puede que alguien que les necesite les reconozca por sus vestimentas y así pueda pedirles ayuda.

Esta observación me gustó mucho por lo original y divertida, aunque naturalmente había que advertir dos importantísimas diferencias con respecto a los consagrados. Por un lado estos profesionales siempre llevan su uniforme cuando están de trabajo, no es algo que decide cada uno, un bombero no decide si lleva uniforme o va de particular cuando tiene que apagar un fuego. Por otro lado son profesiones que están sujetas a un horario laboral, a diferencia de los curas que son, por su propia vocación, servidores a tiempo total.

.- Dime en la Palabra de Dios dónde justifica el traje que hay que llevar, porque humanamente todo es opinable. Que cada uno vista como quiera, pues el hábito no hace al monje. Recordemos las palabras de Filipenses 2, 7-8: .. Cristo… pasando por uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera…

Esta frase también la dijo un sacerdote. Me extrañó el argumento, ya que lo de “¿Dónde pone eso en la Biblia?” es más propio de los hermanos separados que de los católicos. También pensar que la Biblia pueda dar instrucciones de cómo debieran vestir los consagrados a un servicio que prácticamente no existía aún no tenía ningún sentido, pero por seguir el argumento bíblico las Sagradas Escrituras sí que hablan de la obediencia y de someterse a la guía de los superiores y las instrucciones al respecto son claras (repito, desconozco con que nivel impositivo, pero personalmente no es lo que me preocupa)… pero bueno, allá cada uno. Lo de la referencia a Cristo para extraer conclusiones particulares y exclusivas con respecto al clero me vuelve a chirriar.

.- Si la vestimenta es lo de menos, espero que si alguna vez el que piensa así tiene que ir a una entrevista de trabajo, lo haga disfrazada de Pokemon.

Divertida y simpática la frase y creo que suficientemente oportuna para la idea que defiende.

.- “El hábito no hace al monje” y lo importante para ser bien cura está en el interior”, ok. Pero eso no significa que las realidades internas no deban estar acompañadas de signos externos adecuados. Somos animales rituales, simbólicos: a toda realidad, por profunda que sea, le colocamos un signo externo. Es más, cuanto mas profunda es una realidad, más rígido y profuso es el símbolo usado. En ese sentido, el cura que viste con el traje eclesiástico al que le obliga el Derecho (porque es obligatorio), exterioriza una realidad interna muy rica. El que no lo hace, rompe con una tendencia natural al hombre como es simbolizar las realidades internas con un símbolo externo. Por buen cura que sea (nota: ¿por “buen cura” que entendemos?). Es como para darle vueltas.

Interesante reflexión de un estudiante laico de teología.

Bueno, supongo que opiniones habrá para todos los gustos. Curiosamente no salió ninguna al respecto de la importancia del traje eclesiástico para el propio sacerdote, como arma ante sus propias debilidades, recuerdo permanente de su propia misión o ayuda para no cometer escándalo, por ejemplo, y ese también sería un tema interesante… quizá en otro momento.

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Yo soy excluyente, la Iglesia es excluyente, Jesucristo es excluyente.


Vengo oyendo en los últimos tiempos un soniquete que no por repetido deja de chirriarme en los oídos por lo que tiene de falso y también por lo que esconde detrás: La Iglesia debe acoger a todos, no puede ser excluyente, como Jesucristo que acogía a todos y no excluía a nadie. Esta frase no deja de ser una falacia (argumento falso con apariencia de verdad) porque tras lo que aparentemente es un mensaje de amor y caridad se esconde un relativismo brutal y basado en una falsedad.

Veamos, la exclusión es algo natural a la vida de todo ser humano, tanto a nivel personal como institucional, puesto que normalmente no es el resultante de una conducta discriminatoria ni nada parecido, sino de la propia elección o del cumplimiento de unos requisitos previos. Si yo tengo un grupo de amigos, están excluidos del mismo la práctica totalidad de la humanidad. Si el Colegio de Médicos de Navarra exige a sus miembros residir en la región y haber estudiado medicina, sucede otro tanto. Mi mujer al casarse conmigo (bendita sea) excluyó a cerca de 4000 millones de varones de gozar de su lecho.

Así lo mismo sucedía con Jesucristo. Eran muchos sus discípulos, en ocasiones se contabilizaron miles siguiéndole, pero a la hora de mandarlos en misión sólo escogió a 72, excluyendo al resto. Menos numeroso era el grupo de sus apóstoles, tan sólo una docena y de entre estos cuando requería de algún momento de mayor intimidad apartaba únicamente a tres (Pedro, Juan y Santiago) excluyendo a los demás.

Lo mismo ocurría con los criterios, su mensaje estaba abierto a todo el mundo, pero sus condiciones eran claras, no se imponía, pero daba a elegir, de manera que era la otra persona la que decidía si quedaba excluido o no. Cuando se acerca a la orilla del mar de Galilea y llama a sus primeros apóstoles les dice “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” no les dice “tengo un proyecto y cuento con vosotros, decidme hasta que punto os interesa y el tiempo que le podríais dedicar”. Cuando se acerca el joven rico que ya cumplía unos requisitos francamente notables, era cumplidor de los mandamientos desde la infancia, le dice que para seguirle debe antes vender sus bienes y dárselos a los pobres… ¿acaso diríamos que le excluye en caso de haberse ido con Él sin hacerlo?, pues perfectamente. Incluso en ocasiones sus exigencias son “irracionales” como al discípulo que le dice que le siga sin esperar siquiera a enterrar a su padre recién fallecido (Mt 8,21).

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Es cierto que Jesús comía con publicanos y pecadores y no rehuía la compañía de prostitutas, pero con eso no validaba su conducta, todo lo contrario. Si lo hacía era precisamente para mostrarles su amor y su perdón y llamarlos a la conversión, no para dar por buena una conducta ilícita. En ocasiones no lo expresa directamente, cuando se autoinvita (perdón por la palabra) a casa de Zaqueo no le dice que cambie de vida, pero es él mismo el que al sentirse amado se convierte. En otras lo hace con rotundidad, así a la mujer adúltera a la que le llevan con el pretexto de lapidarla no la condena (en el famoso “el que esté libre de pecado…”) pero le ordena que se vaya “y no peque más” no le dice “da igual que le pongas los cuernos a tu marido, tú misma”. En otras lo hace desde la acogida en silencio, como cuando se deja lavar los pies por la prostituta y tan sólo cuando es acusado por ello perdona sus pecados, no le dice “gracias por el servicio de pedicura, ahora vuelve al trabajo que tienes clientes esperándote en el burdel”.

Con la Iglesia debe suceder otro tanto. Hay una frase que me gusta repetir que dice que “La Iglesia es para todos pero no es de todos”. Sé que suena a despotismo ilustrado del XVIII, así que me explicaré. Un budista puede inscribir a sus hijos en un colegio católico si lo desea, pero no puede pedir que pongan una estatua de Buda en una capilla del templo pues es un elemento ajeno al cristianismo. Un musulmán puede recibir ayuda de Cáritas si lo necesita, pero no puede casarse por la Iglesia con sus tres mujeres. El propietario de una clínica abortiva podrá ir a misa si lo desea, pero no podrá comulgar pues su conducta lo excluye de la comunión con Dios y con la Iglesia…

Pues a pesar de que ello resulta obvio, hay algunos que abogan por una “Iglesia sin exclusiones” y en la práctica lo que están pidiendo es que cualquier persona por el mero hecho de desearlo sea admitido en la plena comunión con la Iglesia con independencia de su creencia, su forma de vida o su conducta moral. “Tomar la comunión”, máximo exponente de la comunión eclesial, no debería tener ningún tipo de condiciones, como mucho que la persona tenga una buena conducta (volvemos al maniqueísmo) sin importar si vive amancebada, si no cree en la virginidad de María, si está divorciada y vuelta a casar, si sólo “se confiesa con Dios” y rehuye del sacramento de la reconciliación, si acaba de abortar, si consume anticonceptivos, si practica el “adulterio consentido”, si tiene relaciones sexuales con personas de su mismo sexo, si cree en la reencarnación o si es cliente de prostíbulos… por poner ejemplos. Según estas personas todo es “cuestión de conciencia” y cómo esta es algo que pertenece a la intimidad de la persona “no puede entrar nadie”, ni otros, ni los curas, ni el Papa ni Dios mismo.

Naturalmente, tras este “buenismo” (perdón) maniqueo lo que se manifiesta no es el cristianismo, sino el relativismo moral. Da igual lo que pienses, da igual lo que creas, da igual cómo vivas, mientras seas una “buena persona” y no “hagas daño a los demás” la Iglesia es tu sitio. Así nos cargamos naturalmente los más de 2000 años de historia de la Iglesia, el mensaje de Jesucristo y la Biblia en general.

Nadie está obligado a pertenecer a la Iglesia, nadie puede imponer su fe a nadie… pero de igual manera nadie puede pretender que ésta renuncie a su propio ser y a su propio credo porque a mí no me acomode. Si todo es Iglesia, nada es Iglesia. Y si la Iglesia no es nada, para nada sirve.

La Iglesia es para todos, para todos aquellos que quieran conocer el mensaje de Jesucristo, para todos aquellos que quieran vivir de una forma concreta siguiendo su palabra, para todos aquellos que quieran ser instruidos y compartir la doctrina y la fe de los miles de santos que nos precedieron, para todos aquellos que deseen participar de los sacramentos con todos los requisitos que conllevan, para todos aquellos que quieran ser perdonados de sus pecados y convertirse a una vida nueva en lugar de recrearse en ellos, para todos aquellos que quieran reconocer su debilidad y encontrarse con Dios padre de amor… cada uno a su ritmo, sin violencias ni empujones pero en un camino claro sin atajos… y el que no quiera, nadie le obliga.

Tal como Jesús explica, Dios como Padre amoroso del hijo pródigo permite que éste en su libertad se vaya de su casa y sale todos los días a la puerta esperando que regrese para darle su perdón y celebrar una gran fiesta, no para que se traiga las putas y los cerdos. ¿A quién excluye eso? Evidentemente a aquellos que de forma consciente y voluntaria no desean ni ese credo ni esa forma de vida, a aquellos que prefieren seguir malgastándola en lugar de vivir con el Padre en su casa. Y si eso nos convierte en excluyentes a mi, a la Iglesia y a Jesucristo mismo será que yo mismo, la Iglesia y Jesucristo somos excluyentes… qué le vamos a hacer.

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Maniqueísmo entre cristianos


El maniqueísmo es una religión fundada por una persa llamado Mani en el Siglo III, que se autodenominó a sí mismo como el profeta definitivo. Básicamente es una religión dualista, cree en la oposición de dos fuerzas, el bien y el mal, las luz y las tinieblas, el espíritu (bueno) contra el cuerpo (malo).

En el cristianismo es muy conocido porque uno de los más grandes doctores de la Iglesia, San Agustín, padre de la Teología, fue maniqueo antes de su conversión al cristianismo. Su madre, Santa Mónica, tuvo que llorar muchas lágrimas por la conversión de su hijo.

Naturalmente el cristianismo condena el maniqueísmo, ya que las fuerzas del bien y el mal tienen para ellos un mismo nivel, frente a la existencia del Dios único que profesa la Iglesia, además de afirmar la existencia de la reencarnación.

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Sin embargo de manera muy sutil, una idea que podríamos decir que proviene del maniqueísmo, de que lo importante es ser bueno y no malo y que para ello da igual realmente en lo que creas, se ha ido colando entre muchos católicos, creando en ocasiones gran confusión y dolor entre lo fieles (algunos lo denominan “buenismo”).

Hace poco comentaba a dos amigos sacerdotes que no me parecía bien que se hubiesen introducido cantos protestantes en una celebración para jóvenes de la diócesis. -Uy- me dijo uno de ellos- eso se te pasaría si hubieses estado como yo varios años en latinoamérica y hubieses colaborado con pastores protestantes, que son muy buena gente. Me quedé con cara de tonto y le contesté -¿y qué tiene eso que ver?… desde luego, el día que los curas dejéis de ser maniqueos y os convirtáis al cristianismo nos haréis a todos un gran favor… Después de decirlo me percaté que igual había sonado excesivo, pero gracias a Dios mi amigo se lo tomó a bien.

Pero ciertamente el poso estaba en su frase: da igual que los cantos sean protestantes, los protestantes “también son buenos”. Y de ahí a toda la pastoral que algunos pretenden imponer en estos días: da igual que estés divorciado o no para poder comulgar, hay muchos divorciados “buenos”, “mejores” que otros que comulgan todos los domingos… Da igual que te ligues las trompas o uses anticonceptivos, mientras seas “buena gente” no pasa nada… da igual que vayas o no a misa o que no te confieses mientras “hagas el bien” a los demás, que más da… da igual que seas promiscuo o tengas relaciones sexuales con personas de tu mismo sexo, mientras “que no hagas daño a nadie” con eso te vale…

Incluso si alguien defiende la idea contraria, que estar en comunión con la Iglesia es responder a una serie de requisitos y estilo de vida que va mucho más allá de la “simple bondad”, entonces eres criticado por muchos por tu falta de misericordia, tu carácter excluyente y tu postura contraria a la de Jesucristo “que acogía a todos” (?). Pues eso, que los ateos, budistas y musulmanes podrían comulgar siempre que sean “hombres de bien”.

Otro amigo mio cura al celebrar sus bodas de plata sacerdotales dijo que en todos esos años había intentado dar a conocer a Jesucristo a los demás “o por lo menos enseñarles a ser buenas personas” (?). Multitud de profesores de religión desechan el contenido de la asignatura e imparten “educación en valores” (?). Órdenes religiosas que se dedican a la educación invierten horas y horas en que sus alumnos en que realicen “campañas solidarias” (?) aunque no sepan ni rezar el Padrenuestro.

No seamos maniqueos con esto tampoco, no estoy diciendo que enseñar a ser buenas personas, vivir en valores o ser solidarios sea malo (vuelta al maniqueísmo), sino que se trata de algo diferente a ser cristiano. La bondad no es exclusiva del cristianismo, hay gente de otras religiones o simplemente no creyentes que son buenas personas. Es más, como dice el juicio a las naciones, Mt 25, 31ss, aquellos que no conocen a Jesucristo serán juzgados por las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, asistir al necesitado, visitar al enfermo y al preso… “¿cuando hicimos/dejamos de hacer esto contigo SI NO TE CONOCÍAMOS?”… o dicho de otra manera, los que NO CONOCEN a Jesús serán juzgados según si “han sido buenos” o no. (Perdóneseme la simplificación, no es muy rigurosa pero es para que se me entienda) y que todos los seres humanos, seamos creyentes o no, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y por eso tenemos, como dicen los teólogos, una ley natural, que no es más que la ley de Dios inscrita en nuestro corazón.

Pero el juicio a los cristianos es “diferente” (vuelvo a pedir perdón por no ser excesivamente riguroso) por eso Jesucristo con la parábola del juicio a las naciones explica la de los talentos, los siervos que SÍ CONOCEN al Señor y han recibido de este una cantidad de dinero y la han puesto (o no) a producir. El matiz es sutil pero claro, hemos conocido al Señor, hemos recibido de Él la Palabra y la Gracia y después, no antes, las ponemos a producir.

Por eso en el cristiano la bondad no es una premisa, ni siquiera una prioridad, es una consecuencia. Es decir, el cristiano que descubre la bondad y la misericordia de Dios, que recibe su gracia, vive en ese amor y eso le lleva a la bondad y la misericordia con los demás. Pero el cristiano no busca “ser bueno”, busca vivir en la voluntad de Dios para ser feliz y salvo y las obras de misericordia nacen (aunque sean un mandamiento) como un fruto.

Sé que algunos no estarán de acuerdo conmigo. Hace poco discutía vía redes sociales con un “alto cargo” de la curia vaticana amigo mío que me decía que la conversión y la bondad se autoexigían. Con todos mis respetos a monseñor, le hice ver que no estaba de acuerdo, que la conversión puede “exigir” la bondad, pero no al revés, gente muy bondadosa no tiene por qué llegar a convertirse al cristianismo. (Para los curiosos decir que ninguno convenció al otro). Ciertamente la frase con la que defendía mi postura era algo provocadora, “vamos a tratar de convertirnos que ya tendremos tiempo de ser buenos después”, pero resumía mi idea de que lo segundo es una consecuencia de lo primero y no al revés.

Otra vertiente de este problema es la postura del ejemplo ante los demás. Un postulado defendido por muchos, incluso por Su Santidad (es una de las cosas en las que no estoy de acuerdo con el Papa, sin que esto merme para nada mi respeto y cariño filial) es que los ajenos a la Iglesia se incorporarán a ésta por atracción, por el buen ejemplo de los cristianos. Ciertamente el buen ejemplo es necesario para no contradecir la predicación, no puedes hablar del amor y ser un canalla o del desapego a las riquezas y estar racaneando el sueldo a tus empleados.

Pero una buena conducta, la bondad a fin de cuentas, por sí misma consigue muchas veces despertar la admiración en el otro pero no el deseo de conocer a Jesucristo. ¿Muy lioso? Pondré un ejemplo, muchos ateos admiran la labor de la Madre Teresa de Calcuta y su obra en favor de los pobres de la India, pero no por ello se han sentido llamados a convertirse al cristianismo. Probablemente lo habrán hecho algunos que no sólo han conocido este buen ejemplo, si no los motivos que llevaron a la madre a emprender esa misión, la experiencia previa (no posterior) del amor de Cristo en su vida.

Bueno, que nadie vea en mi un desprecio a la bondad, por favor, recordaré la famosa frase de san Felipe Neri: sed buenos… si podéis.

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AVISO A LOS LECTORES DE ESTE BLOG


DURANTE EL PRESENTE AÑO 2014 LOS ARTÍCULOS DE “UNA JARRA DE BARRO” SE PUBLICARÁN A TRAVÉS DEL PORTAL “RELIGIÓN EN LIBERTAD”  http://www.religionenlibertad.com/blogs.asp

EL AÑO QUE VIENE SE SIMULTANEARÁN LAS DOS PLATAFORMAS.

DISCULPEN LAS MOLESTIAS

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