La ¿rectificación? de la Real Academia de la Lengua sobre la homofobia.


Hace ya unos años escribí en este blog un artículo titulado “La perversión (contra la Iglesia) del lenguaje” en el que analizaba cómo se usan expresiones, frases hechas y modos de presentar los acontecimientos a la hora de hablar de temas eclesiásticos: cómo se presentaban las noticias en los informativos, cómo se generalizaban y aireaban los sucesos tristemente escandalosos en el Pueblo de Dios mientras se ocultaban y minimizaban sus grandes méritos, cómo se confundían y tergiversaban los hechos por ignorancia o por malicia, etc, todo ello con la intención de desprestigiar, difamar e incluso calumniar a la Iglesia católica.

Un párrafo de ese mismo artículo lo dedicaba a la presión del lobby gay a la hora de demonizar a la Iglesia y a todo aquel que no compartiese sus postulados y cómo había introducido un término, homofobia, para insultar a aquellos que mantuviesen una postura diferente y considerasen ilícita moralmente la relación sexual entre personas del mismo sexo o la pretensión de equiparar estas a la noción de familia. Analizaba además cómo de manera vergonzosa y vergonzante la Real Academia se había bajado los pantalones (no haré el chiste fácil) aceptando esa palabra en los términos en los que dicho lobby los utiliza.

Así recordaba en dicho artículo que la palabra homosexual proviene del griego “homos”, igual o semejante y del latín “sexus”. Un homosexual es por tanto el que mantiene relaciones con los iguales a él, con los de su mismo sexo.

De igual manera la palabra homofobia vendría del griego “homos” y “phobia” y por tanto un homófobo sería el que siente fobia (odio, miedo, rechazo) por sus iguales. Un médico homófobo, por ejemplo, sería el que tiene fobia a los demás médicos. Pero no, la RAE afirma, ojo al dato, que homofobia no viene de los términos griegos homos y phobia… ¡sino DEL INGLÉS homophobia!, y esta palabra la definía como aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.

Lo curioso es que, burradas etimológicas a parte, la RAE distinguía el hecho en sí de las personas que lo practican y hablaba de “personas homosexuales”. A mi juicio habría que decir con propiedad “personas de conducta homosexual” ya que las personas homosexuales como tal no existen, aunque ese sería tema para otro artículo que ya escribí, Iglesia y homosexualidad. Sin embargo esta distinción no era tenida en cuenta por el lobby gay y por los partidarios de la ideología de género.

Así, si alguien manifestaba su respeto a todas las personas con independencia de su conducta sexual aunque considerase ilícita moralmente la homosexualidad o estaba en contra de dar carta legal de matrimonio a uniones de personas del mismo sexo, era insultado por sus detractores de fascista, liberticida, retrógrado, discriminador…y cómo no, de homófobo. Y todo ello aunque no hubiese manifestado ninguna “aversión obsesiva hacia las personas homosexuales” que era al fin y al cabo la definición de la RAE.

En el caso de la Iglesia, que afirma que el matrimonio solo puede ser entre un hombre y una mujer, automáticamente le cuelgan la etiqueta de homofobia. Ya lo sabes, si perteneces a la Iglesia te conviertes en una persona “aversiva” (esta palabra no existe) y obsesiva hacia un tipo concreto de personas, toma ya.

Pero el hecho es que el otro día volví casi de forma casual a encontrarme con la definición de la palabreja de marras, “homofobia”, en la RAE y… ¡tachán!, habían cambiado la definición. Pero para aquellos que piensen que había corregido la etimología, según la cual afirmaba que una palabra compuesta por dos términos griegos proviene del inglés, les tengo que dar la mala noticia, lo que habían cambiado como he dicho es la definición, no la etimología.

¿Cuál es esa nueva definición? ¿Hasta que punto el cambio de definición se debe a términos exclusivamente lingüísticos y no a presiones de lobbies gays y partidarios de la ideología de género?. Vamos a verlo. Lo que dice ahora la RAE es que homofobia significa “aversión hacia la homosexualidad o las personas homosexuales”. ¿Increíble?… pues sí, pero cierto.

 

diccionario

Para empezar ha desaparecido de la definición la palabra “obsesiva”, vaya, supongo que aquellos que hemos sufrido innumerables veces el insulto de homófobos no sé si nos consolará saber que tenemos aversión pero no obsesión… ¡tócate las narices!. Pero lo más tristemente sangrante es que ahora ya no distingue entre el hecho y las personas que lo practican, de manera que aunque respetes a todos aquellos que tengan una conducta homosexual, aunque afirmes la libertad individual de las personas en sus actos siempre que sean consentidos te puedan gustar o no, aunque estés en contra de cualquier trato vejatorio o discriminatorio hacia los que presentan esta conducta, aunque afirmes que todas las personas son hijos amados de Dios con independencia de lo que hagan en la cama… si afirmas que consideras la homosexualidad como un acto moralmente ilícito que hace daño ontológicamente a quienes la practican o si consideras un error el dar carta legal de matrimonio y de familia a las uniones entre personas del mismo sexo, has manifestado un rechazo (aversión) hacia la homosexualidad y ya eres un homófobo con todas las de la RAE.

Es decir, que si a mi y a otros muchos nos han insultado el lobby gay, los partidarios de la ideología de género, las feministas y los izquierdosos, ahora se suma a la lista de calumniadores los muy ilustres académicos de la RAE.

Pues no, mis admirados (en otras cosas) académicos de las sillas con nombres de letras. Considero que la práctica sexual con personas del mismo sexo es moralmente ilícita, que hace daño a quienes la practican y que en ningún modo es comparable ni antropológicamente ni legalmente a la unión matrimonial ente un hombre y una mujer, base de la familia y por tanto de la sociedad. Y les digo mis admirados (en otras cosas) académicos que ni antes tenía obsesiones, ni ahora sigo teniendo aversiones, ni fobias, ni repugnancias, ni miedos, ni odios hacia ninguna persona sea lo que sea lo que haga en la cama (siempre de forma consentida, se entiende) me parezca correcto o no. La próxima vez piénsenselo mejor, aunque sólo sea un poquito. Gracias

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Me encuentro con Jesucristo con cierta frecuencia pidiéndome limosna.


Me encontré a Jesucristo el otro día. Estaba pidiendo en la calle, a la puerta de la librería de Paulinas de mi ciudad. Tenía el rostro ajado y moreno, un tatuaje sobresalía por encima de la barba en su mejilla izquierda y su aliento olía a cerveza.

– Dame algo, jefe – me dijo – mira a ver si llevas un millón de euros por ahí.

– Si vas picando tan alto no creo que nadie pueda ayudarte

Tengo la mala costumbre de no llevar casi nunca dinero encima, así que nada podía darle, se lo dije y nos pusimos a hablar.

– Pues si no tienes nada cámbiame tu sitio de dormir por el mío esta noche – me dijo.

– Podría hacerlo, pero a ver como le digo a mi mujer que esta noche no voy a dormir yo en la cama y que mi lugar lo ocupará otro señor. Nos echaría de casa a los dos – Jesucristo rió con mi ocurrencia.

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Lo volví a ver al día siguiente. Salía yo de la Facultad de Teología. Unos seminaristas que iban delante de mi le dieron algo. Cuando llegué junto a él también alargó la mano para pedirme. Me volví a disculpar (siempre sin dinero encima). Esta vez era más joven. Andaba encorvado, no sé si por el frío, y arrastraba una ligera cojera en su pierna derecha. Me fijé en su rostro. A pesar del gorro de lana viejo que llevaba en la cabeza y la barba poblada era un hombre guapo. Tenía unos ojos muy bonitos, de un color azul muy claro y aunque su expresión en español era correcta se le notaba algo de acento, probablemente de Europa del este.

Me lo imaginé afeitado y vestido de traje y se me antojó que podría haber sido un joven y exitoso abogado casado con una chica guapa y con varios hijos pequeños monísimos. Igual hasta lo fue en un pasado reciente. Hablamos del frío, esos días había bajado mucho la temperatura de golpe.

-¿Duermes en la calle?

– No, en un parque.

La respuesta, pese a lo triste, me produjo una sonrisa. Para mí no había ninguna diferencia pero para Jesucristo sí, él no dormía en “la calle”. Era como si me mostrara que tenía dignidad, la dignidad de alguien que pide limosna, pero dignidad al fin y al cabo.

Al día siguiente y en el mismo sitio lo volví a ver. Esta vez había cambiado de sexo, Jesucristo era una mujer y por su apariencia supuse que sería una gitana rumana. Iba acompañada de su hijo. De unos 7 u 8 años de edad. Me pidió, me disculpé… pero palpando mi chaqueta noté un caramelo. Viky, la secretaria de la facultad, suele poner un cuenco con caramelitos en el mostrador para agasajar a los que entran. Aunque no soy muy goloso, me tira más lo salado, siempre que entro tengo la costumbre de llevarme uno o dos al bolsillo, ya casi de forma automática.

– No tengo dinero – le dije a Jesucristo – pero si que llevo un caramelo para tu hijo.

Se lo dí. Le quitó el envoltorio al instante y se lo llevó a la boca. No dijo una palabra pero me miró y sonrió agradecido.

Mi padre siempre me decía, y alguna vez me lo sigue diciendo con esa manía que tienen los padres de seguir dando recomendaciones a sus hijos aunque estén a punto de cumplir 50 años, que debía llevar siempre algo de dinero encima… por lo que pueda pasar. Me imagino en el juicio final que Jesucristo, esta vez sin más apariencia que la suya propia, me mirará y me dirá algo así como “gracias por pararte a hablar conmigo, pero deberías haber hecho caso a tu padre: uno o dos euros me hubiesen venido bien para comprarme una empanadilla o ayudarme a pagar la pensión de esa noche…”

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El obispo de Córdoba, la fecundación artificial y la estupidez humana políticamente correcta


A uno le dan ganas muchas veces de mandar al carajo a toda una serie de pseudopensadores pseudoprogresistas pseudocatólicos y muy pero que muy políticamente correctos, cada vez que les da por arremeter contra un obispo por cometer el horrible crimen de hacer pública la doctrina de la Iglesia, “habrase visto qué desfachatez”.

Pero si finalmente no me entran ganas de hacerlo no es por la pena que me dan, que es mucha, o por lo inconsistente de sus argumentos, que lo son y mucho, sino por puro y sencillo aburrimiento. Cualquier día abrirán un proceso contra don Paco, el cura de Villaconejos, por atreverse a decir en el sermón de la misa dominical que Dios existe.

Esta vez le ha tocado al obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, porque ha definido la fecundación artificial como “aquelarre químico”. Vaya por Dios. Y naturalmente han salido contra él en primer lugar los catolicoperos a través de sus plataformas de internet y seguidamente, como siempre, los políticos izquierdosos con sus peticiones de condena, recusaciones y demás zarandajas.

Pero a un servidor que le mueve más su amor por la Iglesia y por la libertad que el aburrimiento (tampoco mucho, la verdad, que el aburrimiento es muy grande) le da por escribir unas líneas y dejar un comentario. Costumbres que tiene uno.

Vamos a ver. La concepción es un don de Dios, no es un derecho de los padres, no es una obligación del sistema económico, no es la fabricación de seres humanos… y todo concebido tiene por tanto su dignidad de persona y no de cosa y sus derechos como ser humano y no como producto manufacturado.

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En el plan de Dios inserto en la naturaleza todo concebido tiene, como es sabido, un padre que aporta su semen, una madre que aporta su óvulo, un acto sexual entre ambos y una concepción y una posterior gestación en el seno materno. ¿es de cajón, no? Y como es lógico la Iglesia defenderá por tanto este plan de Dios y no aceptará como lícita la alteración, al menos en sus presupuestos básicos, de la misma.

Un sistema de reproducción en el que el semen no sea del esposo, el óvulo no sea de la esposa, la concepción se produzca en un tubo de vidrio, la gestación en el útero de otra mujer, se desechen embriones en un proceso de selección o cualquiera de los supuestos por separado, no podrá ser considerado como lícito moralmente por la Iglesia ¿es simple, verdad?. Nadie tiene la obligación de comulgar con la doctrina de la Iglesia pero de la misma manera nadie debe creerse con el derecho de impedir, despreciar o condenar a la Iglesia por exponer su doctrina. Parece lógico.

Pero no, en este mundo dominado por lo políticamente correcto no lo es. Un mundo en lo que prima es la libertad individual por encima de toda consideración moral, no lo es. Un mundo donde todo lo técnicamente posible es socialmente aceptable no lo es. Y todo aquel que ose contradecir al espíritu de lo políticamente correcto será tachado inmediatamente de retrógrado, fascista, intransigente, inquisidor, liberticida, misógino y apologista de las hemorroides…

Pero la Iglesia no puede ni debe dejarse llevar por las modas de este mundo. Todo avance científico que contribuya a la dignidad del ser humano será bienvenido, todo el que conlleve la reducción del ser humano a la categoría de cosa o producto no. Como dijo San Juan Pablo II “no todo lo científicamente posible es moralmente admisible”.

Por eso, ante una dificultad para concebir, habrá que tener como lícitos aquellos tratamientos que ayuden a la concepción natural en lugar de sustituirla y, ante la imposibilidad de la concepción, siempre será recomendable la adopción, que no solamente satisfará el deseo de ser padres sino que generosamente darán estos su cariño a algún niño que por circunstancias de la vida se habrá visto tristemente privado de sus padres biológicos.

¿No habría pues ninguna forma de que un tratamiento de fecundación artificial fuese tenido por lícito por la Iglesia? Esta pregunta curiosamente fue respondida hace ya años en un estudio por científicos creyentes y moralistas que entendieron (es sólo una opinión, bien fundada pero no deja de ser una opinión) que si se daban todos y cada uno de una serie de requisitos podría aceptarse, aunque en la práctica ningún laboratorio los sigue.

¿Cuales son estos supuestos? En primer lugar el semen y los óvulos deben ser de los esposos, no de donantes. En segundo que el semen debe ser obtenido de una relación sexual en la que pudiera darse la fecundación de forma natural, no de papá que se masturba y lo deposita en un bote (esto podría hacerse por ejemplo con un preservativo “pinchado” en que parte del semen seguiría su curso natural y un parte quedaría en el mismo). El tercero es que la concepción, previos lo tratamientos necesarios de los gametos, debe producirse en el interior del útero, no fuera y por último que todos los embriones resultantes deben ser respetados y no eliminados. Con estos supuestos podría aceptarse, lo que resulta ciertamente interesante desde un punto de vista ético, aunque nadie los lleve a cabo (o al menos que yo sepa).

Pero volvamos a Don Demetrio al que le ha caído la del pulpo. Como es imaginable los partidos izquierdosos de su región ya han pedido su condena pública. Es lo propio de los izquierdosos (que no de la gente de izquierdas, aunque en España por desgracia son cada vez menos) llenarse la boca con conceptos como “libertad de expresión” pero olvidarse inmediatamente de ellos cuando alguien libremente expresa algo que no les gusta.

Pero la crítica que me gustaría comentar es una que le ha llegado de un portal web de información pseudorreligiosa lleníto, lleníto de catolicoperos. Se trata de una carta escrita supuestamente por una mujer (digo supuestamente porque no sé si es una carta real o si es un mero recurso literario) que se define a sí misma como “profesora de religión y catequista” en un colegio religioso. Por todo lo que dice después habría que preguntarse si ambos títulos se los dieron en una rifa, pero bueno…

Dicha mujer afirma haber tenido un hijo “fruto del amor” por el proceso que critica monseñor. Ciertamente no niego que ella y su marido puedan amarse y desear un hijo, pero lo de que este sea fruto del amor es más cuestionable. Naturalmente dicha señora no dice si el semen (y por tanto la mitad del código genético de su hijo) es de su marido o de un desconocido, o si pasa otro tanto con el óvulo fecundado. Siendo así podría ser que el hijo fuese de su marido, de ella, del portero de su finca y de una cajera de Mercadona… no sé si los cuatro se tendrían “mucho amor”.

Dice que todo eso lo realizó con el conocimiento y apoyo de sus jefes sacerdotes. Esto podría ser creíble, entre los sacerdotes y sobre todo entre los de algunas órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza abundan los catolicoperos.

Luego dice que esos mismos han aceptado gustosos el bautizarlo… pues faltaría más, ¿alguien ha dicho que hay que negarle el bautizo a su hijo?, ya tiene bastante con algo de lo que es inocente. Luego  afirma que así es miembro de la Iglesia igual que el obispo “a su pesar”. Tendrá mucho amor por su marido pero lo que es claro es que no tiene ninguno por el pastor de su diócesis.

También comenta que su hijo llora, ríe, tiene hambre… “como cualquier otro niño de su edad concebido de forma natural”… pues menos mal que lo ha dicho, a lo peor resulta que alguien pensaba que era un calamar.

Pero la carta riza el rizo afirmando que está segura “de que Dios ama a mi hijo igual que ama a los niños nacidos por la vía normal”. Tiene muchísima razón, muchísima. Lo que ella no dice es que nadie ha negado tal cosa y también se calla que Dios ama igualmente a todos sus hermanos concebidos como él que fueron arrojados a la basura porque no resultaban “viables” o por la sencilla razón de que siendo viables ella sólo estaba dispuesta a tener uno. ¿Cuantos hijos suyos se fueron por el retrete? ¿no tenían la misma dignidad que el nacido? ¿acaso el amor que se tenían los padres sólo bastó para perdonar la vida a uno y condenar a los otros?

Pues eso, la señora se siente ofendida con su obispo “como madre, como mujer y como católica” Tócate las narices. Ya ve monseñor, a saber que habrá dicho usted en contra de las madres, las mujeres y las católicas… ya se que nada, don Demetrio, era sólo una pregunta retórica. Yo no me siento ofendido, pero me siento perplejo y dolido por alguien que ha dicho todas esas cosas ya no como padre, hombre o católico… ni siquiera como señor gordo con barba, sino como simple “homo sapiens”. La estupidez humana será grave, pero mientras sea políticamente correcta habrá muchos que la aplaudan.

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La crítica eclesial en las redes sociales


(nota previa: aunque como creyente trato de reflejar en mis escritos la doctrina de la Iglesia, en este caso no es más que una reflexión personal a modo de opinión, por lo que  puede ser compartida o no  por otros creyentes, evidentemente)

Hay un texto muy significativo dentro del Sermón de la Montaña, en Mt 6, 1-6, que dice algo muy interesante, el Padre del cielo recompensa a los que actúan en secreto pero los que lo hacen para ser vistos por los hombres ya tienen su recompensa, distinta a la del Padre, que no sería otra que el reconocimiento, los halagos, las palmaditas en la espalda…

Naturalmente se trata no de una norma de protocolo sino de una actitud. Es cierto que si organizas algo en la Iglesia, un recital, una hora santa, un ciclo de conferencias… muchas veces tu nombre y/o tu presencia van a ser vistos e incluso vas a ser reconocido y felicitado. No se trata pues de ir “escondiéndote” ni de rechazar los elogios, sino de no hacer de estos la finalidad de tu trabajo.

La vanidad es algo que forma parte de la naturaleza humana, es un absurdo tratar de eliminarla como quien se quita un grano, pero debe saberse controlar en su justa medida para que no se convierta en un fin en si mismo (ya traté este tema en “La vanidad del músico católico”). Dándole la vuelta podríamos decir que si lo que buscas es hacer un servicio y no tu prestigio estarás dispuesto a asumir tanto los elogios como las críticas. Es más, agradecerás más las críticas en tanto y cuanto te ayudan por un lado a ser manso y humilde, tal como nos ordenó nuestro Señor, y por otro te sirven para mejorar.

Excluyo naturalmente las críticas pronunciadas con ofensas y groserías, esas hay que descartarlas de plano, y me refiero tan sólo a aquellas redactadas con corrección, respeto y buen humor… e incluso aquellas que tengan un puntito de “mala leche” que te sirven como espoleamiento, como el aguijón que te hace saltar y no quedarte quieto. Y tampoco digo que cualquier crítica deba ser aceptada, en ocasiones hay alguna que contienen algún presupuesto falso o que puedes considerar injusta y por tanto tienes todo el derecho a ignorarla o rebatirla.

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¿Por qué escribo pues estas líneas? Por la sencilla razón de que un servidor, usuario (incluso adicto) de las redes sociales, me he encontrado últimamente con algunos casos en los que parece que entre algunas personas de la Iglesia, o en eventos de la misma, no se toleran nada bien las críticas. Pondré en situación a los lectores de estas líneas. A la hora de utilizar una red como facebook soy de los que no suelo escribir nada cuando veo un mensaje que me gusta o con el que estoy de acuerdo, a lo sumo un “me gusta” y poco más. Si me gusta lo que he leído ¿para qué decir más? Pero si que suelo hacer comentarios en sentido crítico, en el buen (y maravilloso) sentido de la palabra, si encuentro algo en lo que opino de forma distinta, o me parece de mal gusto, o lo considero injusto, o creo que se podría mejorar o veo que contiene algún error o información falsa. Y naturalmente lo hago en la medida de mi capacidad con educación, respeto e incluso buen humor. Pero por desgracia en ocasiones las respuestas que obtengo no tiene el mismo talante que mis críticas, sugerencias o comentarios.

De hecho una de las personas a las que he criticado en varias ocasiones ha sido a Su Santidad el Papa Francisco, sin que ello reste un ápice de mi respeto ni mi cariño filial. Así he criticado que por expresarse de forma coloquial no mide muchas veces ni sus palabras ni las consecuencias, con el problema que en ocasiones supone. E incluso también he criticado cuestiones concretas, como que en el “decálogo” para ser feliz no mencionara ni a Dios ni a la vida de fe; o cuando habló de lo de “no tener hijos como conejos” haciendo público que le preguntó a una madre si quería dejar huérfanos a sus hijos porque los tenía por cesárea, lo que me pareció una total falta de caridad.

Pero igualmente he salido en su defensa cada vez que alguien ha escrito cuestionando su legitimidad, acusándolo de enseñar algo contrario al Magisterio o tergiversando sus palabras o sus actos con el único propósito de desprestigiarlo. Pero bueno, el Papa no es uno de los que han respondido a mis críticas, así que para expresar la idea del artículo me referiré a algunos casos concretos a modo de ejemplo (omito las referencias personales, sólo quiero referirme a los hechos).

Un músico católico subió unas fotos de una celebración eucarística en las que aparecía cantando. Al verlas le escribí haciéndole una serie recomendaciones de tipo litúrgico: que no se situara detrás del altar ya que ese espacio es exclusivo del sacerdote, que si el lugar era pequeño como una capillita o una sala el uso de la megafonía no sería conveniente… Al momento empezaron a entrar comentarios de familiares y amigos suyos diciendo que él era un hombre de Dios (cosa que en ningún instante dudé), que su manera de cantar era muy inspirada, que él lo hacía con una gran vocación de servicio y que a mi me movía la envidia. Viendo además en mi perfil que yo realizaba actuaciones con mi grupo comentaron que lo que yo hacía era eso, “actuar”, mientras que el referido “cantaba de corazón”. Lo curioso es que nadie escribió sobre lo que yo realmente había escrito ni dijeron si les parecía bien o mal o si estaban o no de acuerdo.

¿Y el interesado? Pues en un momento pareció no encajar bien mis recomendaciones y contestó haciendo suposiciones erróneas, pero he de decir que posteriormente, no sé si debido a los comentarios que iba leyendo de sus propios conocidos, rebajó el tono, respondió a lo que le había dicho y agradeció “los comentarios que nos ayudan todos a crecer”. Además se da la circunstancia de que yo en ningún momento le había cuestionado a él como persona ni sus cualidades como músico por la sencilla razón de que me parece un magnífico cantor.

En otra ocasión recibí la convocatoria de un evento eclesial que se realiza en mi diócesis de forma recurrente. Aprovechando la asistencia al mismo de un amigo mio le escribí haciendo un comentario que contenía, aunque no era ese ni el motivo ni el asunto principal, una “crítica” al mismo, que era simplemente que en las últimas ediciones la parte musical del evento la llevaban las mismas personas y yo echaba de menos la variedad de las primeras ediciones. El mensaje fue eliminado al poco tiempo por el administrador de la página, a quien conozco personalmente, y me escribió para explicarme los motivos de su acción. Muy respetuosamente, por supuesto, pero sus aclaraciones me dejaron más triste que otra cosa.

Así me dijo que no le gustaban ese tipo de comentarios (?), que no sabía que relación tenía con la persona a la que me dirigía (?), que si tenía pensado no acudir por lo que había dicho mi comentario era de mal gusto (?) y que por supuesto aceptaban todas las críticas “que les sirvieran para creer” pero que se las hiciese en privado (?). Naturalmente le contesté en el mismo tono correcto, fraternal y respetuoso pero más crítico aún si cabe ya que la posición mantenida por esa persona no me pareció ni correcta ni cristiana. Nótese que digo “la posición” y no la persona, cuya fe y servicio a la Iglesia tengo contrastadas.

Parece como que una vez empezado a jugar nos olvidemos de las reglas del juego e incluso del mismo juego. Una red social es una red social (ya lo dijo Perogrullo). Eso significa que lo que escribo en ellas puede ser compartido, rebatido, felicitado o criticado. Si sólo quiero recibir elogios no debería usar este tipo de plataformas. Censurar por tanto un mensaje no es plato de buen gusto para el censurado, por lo que debe ser debido a causa justificable. Eliminar un mensaje porque “no me gusta” sin más, o por una suposición del administrador (en lugar de preguntar ) o hablar de “mal gusto” cuando el lenguaje empleado es totalmente correcto, otro tanto.

Además tampoco podemos confundir la parte por el todo. Si digo “me gustaría que hubiera más variedad musical” no digo que no me guste el evento, que me encanta, no digo que no piense ir, que iré como he hecho todas las otras veces si no tengo otro compromiso, no digo que los que canten lo hagan mal, que lo hacen estupendamente. Lo que he dicho es simplemente lo que he dicho (Perogrullo) y no lo que otro pueda interpretar.

Si además pido “las criticas en privado” lo que estoy afirmando de forma sutil e incluso pudiera ser que inconsciente,  pero directa, no es otra cosa que “en público hazme todos los elogios que quieras, pero si tienes alguna crítica que nadie más se entere”. ¿No debería ser al revés? ¿No sería más evangélico que los elogios fuesen privados y no públicos?. En este caso concreto creo que en lugar de la censura y las aclaraciones no muy aclaratorios hubiese sido mucho más elegante decir “tienes razón, suelen venir los mismos pero es que nos encanta como lo hacen” o “gracias por tu comentario, lo estudiaremos para próximas ediciones”… pero bueno, es sólo una opinión.

Otro caso. Soy de los que suele advertir cuando veo un error. Probablemente sea un tic por mi pasado como profesor o quizá (o eso me gustaría) obro de misericordia corrigiendo al que yerra. Lo hago sin reparar en la persona a la que corrijo o el tema que se trate (pueda ser historia, deporte, religión…)

A un músico católico latinoamericano afincado en un país diferente al suyo en cierta ocasión le hice notar que había subido una foto “del revés” y en otra le dije que una ciudad a la que hacía mención la había escrito mal y le indiqué como se escribía correctamente. En este segundo caso me contestó diciendo algo así como “siempre estás criticándome” (?) “voy a corregirlo para que te quedes en paz y me dejes en paz” y a continuación en lugar de corregir el mensaje lo que hizo fue bloquearme para que no viese nunca más sus publicaciones. ¿Es una conducta esperable de alguien a quien se le ha advertido de un par de equivocaciones? Bueno, allá él con su conciencia… yo poco puedo decir. Lo que esa persona no sabe es que además de las correcciones entre otras cosas me tomo un tiempo para difundir sus conciertos en internet cada vez que viene a España, pero tampoco tiene por qué saberlo y además lo seguiré haciendo muy gustoso.

Podríamos pensar que en realidad el problema es mío, que mucha gente no entiende mi espíritu crítico y malinterpretan corrección por ofensa, aclaración por menosprecio o crítica por rechazo . Es probable, pero esto me produciría una doble tristeza, por un lado soy responsable de lo que escribo, no de lo que otros puedan interpretar, y si en lo que escribo no hay nada de eso no sé que mecanismos pueden llegar a concluir otra cosa (¿falta de humildad?). Y por otro observo en mi propia experiencia que gente no creyente o con la que hablo de otros temas como historia, política o deporte tienen mucha más cintura para recibir una crítica mía que los mismos miembros de la Iglesia, triste.

¿Qué decir pues? Lo que me digo a mi mismo: cuando alguien me haga un comentario crítico debo comprobar primero si lo que dice es una opinión (que puedo compartir o no, pero debo respetar siempre que se haga con respeto), si es una sugerencia (que deberé analizar por si me interés seguirla o no), si es una crítica (que estudiaré para ver qué hay de cierto y objetivo en ella que me pueda servir para mejorar) o si es la corrección de un error (que deberé contrastar y en su caso rectificar). Lo que no debo hacer nunca es ni entrar en terreno personal cuando no haya nada personal en el mensaje (o incluso aunque lo haya, aunque esto es optativo) ni pensar que porque mi vanidad quede herida debo rechazar al otro y lo que me dice.

Si no quiero que nadie pueda criticar lo que digo no lo haré en redes sociales (o si lo hago será con limitaciones) pero lo más importante de todo en estos casos creo yo que es la mansedumbre, que es un don del Espíritu Santo. ¿Voy a pedir a Dios su Espíritu si no estoy dispuesto a actuar conforme a él? No tiene mucho sentido. Que Dios nos permita ser mansos y humildes de corazón, a mí el primero. Amén.

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Sobre la verdad en la Biblia.


Nota: los que suelen leer este blog habrán observado que este es un tema sobre el que trato de manera recurrente y por eso algunas ideas expuestas ya han aparecido en otros artículos, pero como usuario de redes sociales observo que aparece una y otra vez, por lo que creo que puede ser útil volverlo a tratar.

Un testigo de Jehová, sabedor de mi condición de católico, me hizo la siguiente pregunta. – ¿Tú crees que lo que dice la Biblia es verdad o no?.

La pregunta, aparentemente sencilla, era en realidad una cuestión farisea, del mismo modo que aquellas que le hacían a Jesús en la que contestes lo que contestes ya tienen motivo para acusarte. Así, cuando a Jesús le preguntan si deben apedrear a la mujer adúltera según la ley de Moisés, si la respuesta es un sí o un no, está atrapado. Si dice que no, le acusarían de no respetar la ley de Moisés, si dice que sí, le acusarían de ir contra la misma misericordia que predica. La respuesta de Jesús es más inteligente que la de sus inquiridores y encierra un conocimiento de la palabra muy superior a la de cualquiera de ellos. Si realmente lo que buscan es cumplir la ley de Moisés y lo principal de ella es no pecar, que cumplan primero con ese mandato principal y luego que lo apliquen a los demás si quieren, por eso “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Tras esta respuesta dice el evangelio que se fueron marchando uno a uno “empezando por los más viejos”. Esta referencia es también interesante, los más viejos son por lo general los más sabios, pero también los que más tiempo han tenido para cometer pecados.

Otra pregunta de ese estilo es la que le hicieron acerca del pago de impuestos, si era lícito o no pagar el tributo a los romanos. Otro tanto, si responde que sí pierde la fama ante su propio pueblo por colaborar con el invasor. Si responde que no ya tienen motivos para denunciarlo ante las autoridades y que lo encarcelen. De la misma manera que en la anterior, si alguien usa (y disfruta) del dinero que los mismos romanos acuñan, que mantenga la relación consecuentemente y que “de al cesar lo que es del cesar”, el tributo debido a los que acuñan sus propias monedas, pero los asuntos de Dios son de otra índole muy superior, “a Dios lo que es de Dios”.

Pero vuelvo a los testigos de Jehová. Estos, al igual que muchas congregaciones protestantes de los Estados Unidos, creen en la interpretación literal de la Biblia y por tanto no conciben la aceptación de ninguna idea o explicación científica o histórica, por aceptada o demostrada que esté, que no diga exactamente lo mismo que las Sagradas Escrituras.

De esta forma a la pregunta sobre si creía que lo que decía la Biblia era verdad, responder sí o no supondría en ambos casos un motivo para desacreditarme, como a Jesucristo. Si decía que sí, podrían responderme “¿entonces por qué los católicos aceptáis teorías científicas como la evolución de las especies si eso no es lo que pone la Biblia?”. Y si decía que “en algunos casos sí y en otros no” podrían decirme “¿entonces como puedes decir que crees en Dios si rechazas su palabra?”.

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¿Respuesta complicada? Ciertamente no, pero la pregunta es lo suficientemente tramposa, y eso lo saben los propios protestantes y “testigos”, para que pueda confundir a alguien con una formación muy básica o con la fe del carbonero, como decimos en España.

¿Cómo responder entonces? Vamos a ver primero cual sería la respuesta “correcta” a esa pregunta y luego la analizamos. Esta no sería otra que “CREO QUE LO QUE DICE LA BIBLIA ES VERDAD PARA MI SALVACIÓN”. Analicémosla pues.

Normalmente utilizamos la palabra “verdad” como si tuviera un único significado, pero en realidad, y para que nos entendamos, existen varios “tipos de verdad”. Uno sería la verdad científica, que es la que resulta de aplicar el método correspondiente de medición y variables controladas en un laboratorio, así una verdad científica sería “los gases aumentan su volumen al aumentar su temperatura” pero decir algo como “el amor me hace ver elefantes rosas volando” sería subjetivamente posible en un enamorado, pero incorrecto desde el punto de vista científico.

Otra sería la verdad histórica o periodística, la que reflejase fielmente los hechos acontecidos. Así sería cierto que “Colón llegó a las costas de América en 1492” pero no lo sería el hecho de que “el abuelo en la batalla derrotó a 100 enemigos él solo con un fusil” por mucho que él lo recuerde así y pudiese dárselo como cierto el polígrafo.

También tendríamos la verdad matemática, que es la resultante de la abstracción en una serie de conceptos para la explicación de los fenómenos. Así los matemáticos trabajan sobre todo con números, pero los números como tal no existen, son una abstracción, nadie ha visto nunca un “tres” caminado por la calle.

Y así sucesivamente podríamos enumerar decenas de “tipos de verdad”, ¿pero cual sería la verdad de la Biblia?. Pues no sería otra que una verdad “salvífica” (“soteriológica” es la palabreja técnica), es decir, que todo lo que cuenta la Biblia nos es válido, útil y cierto para salvarnos, para ser felices en esta vida y poder prolongarnos eternamente en la presencia del Padre tras nuestra muerte física. Así la Biblia no es un libro científico, aunque contenga muchos conocimientos científicos de las diferentes épocas en las que se escribieron los distintos libros que la componen. Tampoco es un libro histórico, aunque narre muchos hechos que sucedieron ciertamente. Es un libro religioso, que contiene la verdad de Dios revelada a los hombres para que puedan salvarse.

Debemos entender aquí que la revelación de Dios contenida en la Biblia es “mediata”, es decir, que la Biblia, inspirada por Dios, en su redacción cuenta con los conocimientos, la personalidad, la memoria y el estilo de cada uno de los escritores que la plasmaron. No se trata, como algunos estudiosos dijeron en su día (y hoy siguen defendiendo los que creen en la literalidad del texto), que los autores entraban en una especie de trance y escribían al dictado de Dios, ni tampoco de un libro “espiritual” entregado en su totalidad y de una vez por Dios a Mahoma como piensan los musulmanes del Corán (este sería un tema aparte, ya que curiosamente Mahoma era analfabeto y por tanto Dios le entregó el libro “en espíritu” para que el lo fuera relatando a sus discípulos durante toda su vida y estos lo escribieran). Una prueba de esto es ver como alguien que lea la Biblia con una cierta frecuencia es capaz de deducir a qué libro o autor pertenece un texto bíblico, aunque no lo conozca, solamente por el vocabulario o la forma en que está redactado.

Así tenemos 4 evangelios y no uno sólo y por eso podemos ver que a lo largo de la Biblia, incluso en ocasiones dentro de un mismo libro, hay historias que se contradicen o que presentan matices distintos según quién las cuente. Así en el libro del Génesis encontramos dos relatos distintos de la creación, en el capítulo 1 y en el 2. La escena en la que David corta la punta de la capa a Saúl sin que se de cuenta sucede mientras el rey está haciendo de vientre o durmiendo según leamos el relato en Samuel o en Crónicas. Las veces que Jesús estuvo en Jerusalén oscilan entre 1 y 3 según el evangelio que lo cuente… O también en ella encontramos muchos relatos que después los historiadores han confirmado pero otros en los que han hallado errores, así por ejemplo el libro de Josué nos narra cómo conquistó Jericó, cuando esta ciudad no existía en tiempos de Josué. ¿Se trata de una leyenda popular sin base histórica? ¿quizá la ciudad conquistada fue otra y el narrador se confundió al nombrarla?. No lo sabemos, pero para nuestra fe no es un dato relevante.

Por eso, y como decía San Agustín en una frase que hizo suya San Juan Pablo II, “la Biblia explica cómo se va al cielo, no cómo va el cielo”. La Biblia me revela en sus primeros capítulos que Dios es el autor de todo lo creado y que el culmen de la creación es el ser humano, hecho a su imagen y semejanza, es decir, libre, capaz de amar, crear, razonar y trascender, y cómo en su libertad el hombre trata de prescindir de su creador cayendo en el pecado… y eso es verdad, lo que dice la Biblia al respecto es verdad, con independencia de los conocimientos científicos que tuviesen los autores de la época y con independencia por tanto de la forma de contarlo, siendo indiferente que Dios creara el mundo en 6 días o en 6 eras geológicas, de que el ser humano apareciese de la noche a la mañana o fuese el resultado de una magnífica e increíble sucesión de hechos biológicos que conocemos como evolución o de que si el demonio tiente al hombre como ser espiritual o se le apareciese alguna vez en forma de serpiente o de gato de angora.

Por eso creo, y es cierto, que todo lo que dice la Biblia lo ha revelado Dios a los hombres para salvarnos. Que si  llegamos a vivir según su voluntad, revelada y transmitida en las Sagradas Escrituras, seremos ciertamente felices y podremos vivir eternamente en su presencia. Y en comparación todo lo demás, por muy curioso o interesante que sea o sirva de objeto de estudio a los teólogos, vale menos que una cagarruta de mosca.

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Sobre un aspecto del clericalismo (sólo uno, hay muchos más)


Cuenta el Papa Francisco que siendo un obispo novato tenía de secretario a un joven sacerdote. En cierta ocasión y ante un problema surgido en su diócesis, adoptó una solución “diplomática” con la que pretendía contentar a todos y fue mucho peor el remedio que la enfermedad. Comentándolo con su secretario le dijo que el problema se había agravado y que ya no sabia como solucionarlo, a lo que el joven le contestó “Es que lo ha hecho usted muy mal, no ha tomado una decisión como padre” y a continuación, y según narra el Papa, le dijo “tres o cuatro cosas de esas fuertes, dichas con respeto, pero bien fuertes” que le dejó sorprendido por su valentía y su crudeza. Cuando finalmente se marchó el joven, el obispo se quedó pensando que le gustaría contar siempre con él como su ayudante “pues era realmente un hermano”.

Esta reacción resultaba ciertamente sorprendente para un mitrado porque lo normal en estos casos es que su subordinado le hubiese dado la razón o hubiese contemporizado con él. Sin embargo, el poner en duda y criticar la decisión adoptada, por mucho monseñor que fuera, resultó ser un gesto de verdadera fraternidad.

Esta subordinación es mucho más frecuente en la relación sacerdote-laico, en ambos sentidos. El sacerdote puede muchas veces tender a no considerar ni las opiniones ni las críticas de los laicos como si fueran “cristianos de segunda” y, ojo, sorprendentemente sin darse ni siquiera cuenta muchas veces. Y en el sentido contrario, muchos laicos tienden a eludir sus responsabilidades como cristianos “delegando” en los sacerdotes o pensando que la opinión de un sacerdote, por el mero hecho de serlo, es más válida que la de cualquier laico.

pastor

Esta sería una de las acepciones del término “clericalismo” (tiene bastantes más) y de la que tanto habló el Papa Francisco a principios de su pontificado y que ha dejado de lado últimamente, cosa que lamento porque creo que es un tema muy interesante sobre el que profundizar.

Pondré varios ejemplos. Hablábamos un grupo de creyentes sobre si era o no correcta la utilización de las expresiones “ungido” o “tener unción” al hablar de una canción, una catequesis, etc tal como se ha puesto de moda entre los protestantes y que algunos católicos imitan sin mayor reflexión. Cada uno de los que hablábamos teníamos nuestros puntos de vista al respecto, discutiendo sobre ellos, y uno de los presentes, sacerdote, decidió dar también su opinión. En eso otro de los contertulios, laico, dijo algo así como “bueno, ya hemos escuchado al padre, creo que no hay más que hablar”, cosa que me supo mal y contesté “no seas clericalista, que un sacerdote de su opinión sobre un tema de fe no significa que esta sea acertada o tenga más razón que otro”. El sacerdote me dijo que eso era cierto, aunque en el transcurso de la conversación soltó algunas frases que por su rotundidad (“pontificando”, nunca mejor dicho) parecían demostrar que en realidad no lo tenía tan claro, ja, ja, ja.

Otro ejemplo. Un grupo de músicos católicos hablábamos de la conveniencia o no de utilizar una serie de cantos en la celebración de la misa. Uno de ellos dijo “pues si el cura de mi parroquia lo permite quienes somos nosotros para decir nada”, a lo que le contesté en el mismo sentido que la conversación anterior. “Que el cura lo permita no significa que esté bien, puede que lo haga por pura afectividad, para no crearse un conflicto con el coro, o puede que sus conocimientos sobre liturgia o sobre música litúrgica sean escasos”. “¿cómo dices eso?, añadió sorprendido,“para algo es sacerdote.” ·”Bueno”, dije yo “hay sacerdotes con muy buena formación y otros no tanto. Además un músico católico puede tener más conocimiento sobre la materia concreta que un sacerdote al que se le supone un conocimiento general, pero uno no puede ser especialista en todo”

Otros casos al revés. Una amiga mía mostraba con satisfacción unas fotos que se había hecho en un bar de Sevilla, decorado con motivos de cofradías y Semana Santa, en el que servían un cóctel al que llamaban “Sangre de Cristo”. Le dije que me parecía una falta de respeto utilizar las cosas sagradas como nombres de bebidas y no entendía como lo explicaba con una cierta satisfacción. “Bueno, a mí qué” me respondió ella “si el arzobispado no ha dicho nada yo no soy quien, a fin de cuentas no soy cura ni miembro de ningún tribunal eclesiástico”- Le recordé que estaba bautizada, que había recibido por tanto la consagración como sacerdote, profeta y rey y que si esperábamos que ante cualquier ofensa a la fe tuviese que venir un señor con alzacuellos mal nos iría.

No se trataría de superar el problema añadiendo otro igual o peor, el conocido como “clericalización del laicado” que sería como la otra cara de la moneda, esperar que los laicos asuman competencias y funciones propias del sacerdote, aunque ese sería tema para otro artículo. Para entenderlo, el mismo Papa pone un ejemplo que nos podrá ser muy conocido a los que tenemos cierta vida parroquial, la relación entre el párroco y el consejo.

Tal como afirma Su Santidad un párroco que no tenga consejo parroquial puede ser un síntoma de clericalismo, que no permitiría crecer a la parroquia ni a los laicos y en la que no quedaría claro si el sacerdote seria un cura o el jefe de una empresa. Y al revés, mal haría el sacerdote si adoptase todas las decisiones de un consejo aunque las considerase inconvenientes. Como el mismo Papa dice “esto no es una democracia” pero “tampoco una anarquía”. El sacerdote debe tomar las decisiones que le corresponden, “pero decide escuchando, se hace aconsejar, dialoga… Y ésta es su tarea”.

Por eso a los laicos nos corresponde formarnos como cristianos en la medida de nuestras posibilidades, respetar las decisiones de los sacerdotes y, en caso de que así lo consideremos, corregirlas con respeto. A los sacerdotes les correspondería otro tanto, cuidar su formación (no, no te vale con las cuatro cosas que aprendiste cuando eras seminarista, lo siento) escuchar y atender los consejos y comentarios de los lacios y asumir humildemente que, aunque a veces te resulte difícil de creer, pueden tener razón al corregirte tanto en tu vida de fe como en tus conocimientos. Un sacerdote contaba que le había hecho mucho bien formar una comunidad de fe con un grupo de laicos y aceptar algo que le costó un poco al principio, que quien le llamase a conversión fuese un fontanero y no el obispo.

Termino con otra anécdota. Un catequista amigo mío ya fallecido acudió en una ocasión a misa en una iglesia de la que no era habitual. La homilía del sacerdote fue la propia de un seguidor de la teología de la liberación incidiendo en una lectura en clave marxista de la Palabra y sus consecuencias. Al acabar mi amigo se acercó a la sacristía y le dijo al cura “De verdad padre se lo digo con todo respeto, Cristo no vino a hacernos a todos socialistas, Cristo vino a que nos convirtiéramos a su Palabra y si sigue usted predicando así al final nos quedaremos en la Iglesia usted, yo y dos más”. Y parece que tenía razón pues, aunque no es un dato que pueda dar por cierto al ciento por ciento, he leído que en algunos países donde se siguió esta línea la Iglesia Católica fue disminuyendo en favor de las congregaciones protestantes.

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Estar a favor del aborto es de derechas, estar en contra es de izquierdas


En primer lugar pido perdón a quien pueda leer este artículo por haber mentido en el título, no es que la verdad sea al contrario, sino que estar a favor o en contra del aborto no es ser de derechas ni de izquierdas, ya que no se trata de una cuestión política.

Ni tampoco sería una cuestión de ser ateo o creyente, ya que aunque un creyente se opondrá con toda lógica al considerar que cada vida humana es una decisión de Dios, cualquier ateo que tenga un mínimo conocimiento meramente biológico sobre genética y ontogénesis se opondrá igualmente por una simple cuestión de derechos humanos. (ver artículo “Hablar a los chavales del aborto”)

¿Por qué he dicho esto pues? Bueno, quizá para llamar la atención (dicen que un titular llamativo invita a la lectura del artículo) pero sobre todo para romper la identificación inversa que se suele hacer de estos términos: estar a favor del aborto es ser de izquierdas, estar a favor del aborto pero disimulando y maquillándolo un poquito es de derechas y estar en contra del aborto nos convierte a los que nos situamos en esta postura en unos ultraderechistas fascistas machistas retrógrados liberticidas (Dios mío, ¿Cuándo me he convertido en semejante engendro?)

Pero vayamos por partes, antes de poder relacionar estos términos, derecha-izquierda, proaborto-antiaborto tendremos que analizar básicamente qué son estos términos y hasta que punto podríamos relacionarlos tal y como hacen engañosamente algunos políticos, feministas y demás calaña.

Digo esto porque lo que me ha motivado a escribir el artículo es una noticia en la que un ayuntamiento de España, gobernado por dos partidos izquierdosos, ha retirado la subvención a dos asociaciones que se dedicaban a ayudar a las mujeres embarazadas o con recién nacidos en situaciones difíciles por que “cruzaban la linea roja de la política y la ideología”… tócate las webs. Con eso entrábamos en una paradoja vomitiva, si una madre embarazada en situación dificil decidiera abortar tendría los hospitales públicos a su disposición y de forma gratuita, pero si pidiera ayuda para seguir adelante estaría adoptando una postura ideologizada… para mear y no echar gota.

Vayamos pues a los conceptos: La ideología de izquierdas estaba basada en el progreso de la masa, del pueblo, del conjunto de los ciudadanos. Es la acción social, pública y colectiva la que permite el bienestar de todos y por eso el estado debe ser fuerte, controlador (hasta incluso la dictadura del proletariado) con una preocupación social por los desfavorecidos para que nadie se quede atrás o fuera del sistema.

La ideología de derechas está basada en el progreso del individuo, de la persona, del emprendedor. Es la suma de las acciones individuales la que permite el desarrollo de la sociedad en su totalidad y por eso el estado debe ser mínimo, para regir lo más básico y la preocupación social más centrada en el fomento del empleo que en la ayuda directa.

Sobre el papel ninguna ideología es mala o buena, son postulados teóricos que después podrán ser llevados a la práctica con mayor o menor acierto, aunque cierto es que en sus puntos más extremos siempre se han mostrado perjudiciales y por eso hoy en día las posturas están mucho más moderadas.

¿Cómo podríamos pues relacionar una propuesta sobre el modelo de organización económica y social con la licitud de un acto como el aborto?. En principio deberíamos decir que nada tiene que ver, puesto que nada tiene que ver realmente. Uno podría estar en contra del aborto y a favor de un estado fuerte y controlador y viceversa. Pero como hay gente empeñada en relacionarlos vamos a hacer un simple juego de razonamiento comparando el acto del aborto con los postulados que sustentan las ideologías políticas.

debat

En el aborto (partamos de la premisa de que la mujer gestante recurre a él de forma libre, aunque este tipo de libertad sería otro tema) tenemos tres elementos: Una mujer gestante (la madre), el ser que se está gestando (su hijo) y el acto quirúrgico que terminará con la vida del segundo. En este caso pues la decisión es de uno solo de los tres elementos, el de la mujer. El hijo en gestación no puede decidir, evidentemente, y el acto quirúrgico solamente ejecuta la voluntad del primero.

¿A que se parece pues este hecho? ¿Se trata de una acción colectiva que busca el bien de todos y que se preocupa de aquellos más débiles y necesitados para que no se queden atrás? ¿O quizá sea una decisión personal que busca su propia conveniencia, su propio interés sin contar para ello con la repercusión en los demás?

Es evidente que el aborto políticamente considerado sería de derechas incluso de ultraderecha. La persona que aborta mira su propio interés, no me conviene tener este hijo, me supondrá un gasto, me impedirá progresar en mi carrera, frenará mis proyectos, repercutirá en mi salud, me producirá angustia porque estoy soltera… etc, etc, etc. (Ojo, problemas que pueden ser muy reales, ya que no se trata de negar que haya embarazos en circunstancias complicadas, sino analizar si el aborto es una solución lícita).

En esta acción por tanto no solamente responde a la iniciativa privada y personal, ideología de derechas, sino que al imponerla implica la muerte de otro ser, precisamente el más débil en la ecuación, el que no puede decidir por si mismo, el más necesitado (totalmente necesitado) del otro y encima con la participación necesaria de las instituciones, con lo cual nos remitiría a una ideología fascista, la imposición de mis criterios aún a costa de los demás.

Por el contrario al oponerse al aborto, aún en circunstancias difíciles (repito, que las hay muchas veces) la mujer gestante no antepone su propio interés, su propio proyecto, su propia salud a la vida del hijo que está gestando, su propio hijo, que depende totalmente de ella, que está necesitado de su madre. Y en todo caso no recurrirá al estado para que le ayude en su propio interés, sino en el interés de ambos, en el interés de todos (madres gestantes e hijos gestandos) en una acción por tanto destinada no a la iniciativa e interés personal sino al interés de la masa, del pueblo, del conjunto de ciudadanos incluidos los más necesitados. Podríamos afirmar por tanto que oponerse al aborto corresponde a una ideología de izquierdas total y claramente definida.

¿Podemos hacer esta extrapolación pues? ¿Podemos decir que estar en contra del aborto es de izquierdas y estar a favor es de derechas y ultraderecha? ¿Podemos afirmar que estar a favor o en contra del aborto está relacionado con alguna ideología? Ya he dicho que no, que no es extrapolable.

¿Por que hacemos esto pues? Precisamente para mostrar el engaño de aquellos que tratan de hacer creer que estar a favor del aborto es propio de personas progresistas, democráticas y de izquierdas y oponerse a él es de ultraderechistas, cuando no tiene nada que ver y que EN TODO CASO sería exactamente al revés.

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