La vanidad del músico (católico)

“Vanidad de vanidades. Todo es vanidad”. De esta manera, con el mismo tono pesimista que impregna el resto del libro, comienza en la Biblia el libro del Eclesiastés.

La Real Academia de la Lengua Española recoge varias acepciones de este término, unas hacen referencia a la caducidad o inutilidad de las cosas de este mundo, que sería más consonante con el espíritu del Eclesiastés, y otras como sinónimo de arrogancia, presunción o envanecimiento.

Es de suponer que un artista que trabaje cara al público se deje llevar por la vanidad, a fin de cuentas el cantante siempre preferirá vender 10000 discos que no 100 y el actor esperará llenar el teatro a que vayan tan solo sus familiares. Y eso aunque el trabajo, el arte y la entrega sean los mismos en ambos casos o al menos se intente. Es un tópico muy manido lo de que el artista vive del aplauso del público.

¿Y que ocurriría con el músico católico? ¿qué pasaría con los que según ellos mismos definen su música como una forma de alabar a Dios y/o de evangelizar?. En teoría se podría suponer que la vanidad no tendría lugar en ellos, pero nada más lejos de la realidad. El músico, por muy católico, apostólico, romano y olé que sea no deja de ser humano, de carne y hueso y, tal como dice Jesucristo, “el Espíritu es decidido pero la carne es débil” (Mc 14, 38).

 exito

Daniel Poli, cantautor católico argentino, decía que en muchas ocasiones viendo las páginas web de algunos compañeros, parecería que en este estilo solo hay cabida para el éxito. Todas las noticias son sobre la gran asistencia a los conciertos o la magnífica experiencia de los mismos. Nadie, según él, hablaba nunca de la vez en que se fue la luz a mitad de la actuación o de la ocasión en la que acudieron sólo 50 personas a un concierto por que coincidía con un partido de fútbol.

Martín Valverde, cantautor católico mexicano nacido en Costa Rica, suele en sus conciertos advertir del peligro de la vanidad entre los colegas de misión con el siguiente cuentecito: Cuando Jesús entró en Jerusalén montado sobre la burra salió mucha gente a recibirle que le aclamaba y vitoreaba, los vecinos del pueblo, los paparazzis con sus cámaras de fotos y video, las “cheerleaders” de los equipos de baloncesto con sus minifaldas y sus pompones… En un momento dado la burra, entre los flashes y la algarabía, pensó que el recibimiento era para ella y decidió ponerse en pie sobre sus patas traseras para saludar y al hacerlo tiró a tierra en una culada a Jesús, al que llevaba sobre sus lomos.

¿Y un servidor?. Para empezar mi caso personal sería algo distinto (si, ya, eso lo dirán todos) pues desde el primer momento nunca me he tenido por músico (ni me sigo teniendo) por la sencilla razón de que no lo soy, ni de formación ni de profesión. Tan sólo soy un simple aficionado y cuando monté mi banda, Hijos De Coré, lo hice con un par de amigos de mi misma condición musical.

Por otro lado los miembros del grupo siempre evitamos lo de autoproclamarnos “evangelizadores”. Cuando montamos el grupo lo hicimos con la única idea de pasarlo bien con la música que nos gusta pero para nosotros, dada nuestra condición de creyentes, eso no estaba reñido, más bien al contrario, con alabar y bendecir al Señor con nuestras canciones. Por eso desde el primer momento entendimos que el rock católico era un campo muy interesante para lo que pretendíamos hacer. Si además así a alguien le llegaba un mensaje o una palabra de consuelo de parte de Dios, miel sobre hojuelas.

Por otro lado el mismo término de “evangelizador” nos venía muy grande. Tal como afirmaba uno de los miembros del grupo, Curro González, “un evangelizador es alguien al que ves y dices, ahí va un cristiano, y eso, ahora, Juan Pablo II y tres más…”.

Pero además nosotros teníamos el “éxito” asegurado con nuestra música, naturalmente no por nuestra calidad interpretativa, si no por un “misterio” mucho mayor. A saber, el ser humano, en su realidad profunda, está destinado a la alabanza a Dios y eso le hace feliz. Con nuestras canciones, que son en su gran mayoría salmos bíblicos, el público participa aunque sea de forma indirecta en esa alabanza, por lo que casi siempre terminan satisfechos en nuestras actuaciones (hay excepciones, claro, no podemos llegar a todos). Pero eso no es algo que nos relaje, si no que nos motiva, desde nuestra limitación, a tratar de hacerlo lo mejor posible para no “estropear” el tesoro que llevamos en nuestra música. Sólo somos jarras de barro, pero al menos procuraremos no ser jarras resquebrajadas.

¿Eso nos libera de la vanidad?, ¡qué leches, todo lo contrario!. En cierta ocasión llegamos a un pueblo precioso de la provincia de Valencia dónde nos esperaban para actuar. Al llegar a la plaza vimos el escenario montado y el equipo de sonido preparados al efecto y Vicente Carrilero, miembro del grupo, me dijo “¿Te acuerdas cuando siendo adolescentes íbamos a las fiestas de los pueblos y al ver un escenario montado preguntábamos quién actuaba esa noche? Pues hoy los que actuamos somos nosotros”. “¡Cómo mola!”, pensé.

En otra actuábamos en un auditorio y tuvimos durante 2 horas a dos técnicos de sonido a nuestro servicio repasando una a una cada canción para que sonase lo mejor posible. Otra vez tocamos en la Plaza de la Virgen de Valencia abarrotada de público que bailó y siguió nuestra actuación de principio a fin a pesar de hallarnos a más de 30º… todas estas cosas, como no, alimentan nuestra vanidad.

¿Es siempre así?. Evidentemente no, Dios hace bien las cosas y hoy te da tarta y mañana acelgas, pues ambas cosas te son de provecho. La actuación de Hijos De Coré que registró menos público (a excepción de un par de pases privados para un grupo concreto de gente) convocó a menos de 40 personas en un auditorio con capacidad para unas 800… ¿cómo fue?, genial, una de las que recuerdo con más agrado.

Otro día fuimos a una parroquia y a la hora de empezar el público estaba compuesto por nuestras esposas y cuatro viejecitas. Llegamos a plantearnos suspender la actuación pero Curro, con su habitual empuje dijo que ni hablar, que salíamos y rock´n´roll… Mientras aguardábamos en la sacristía a que el cura terminase de presentarnos la gente empezó a entrar y llenó buena parte del templo.

Una vez ya hace mucho tiempo dimos aviso de nuestra siguiente actuación con envíos de email, tal como solemos hacer, y añadimos una frase… “si vienes tu y otros 159 más ya serán 2000 personas las que habrán asistido a alguno de  nuestros conciertos”. Una gran amiga del grupo, esposa de un reconocido cantautor católico y a la que entonces no conocíamos, nos respondió echándonos la bronca pues según ella parecía que lo que estábamos buscando era la gloria nuestra y no la de Dios y si es que acaso nos dedicábamos a contar la gente que venía a nuestros conciertos… más tarde volvió a escribirnos para disculparse pues quizás se había precipitado en su juicio.

Pero la verdad es que en ningún momento nos sentimos juzgados y nos lo tomamos con mucho humor puesto que, tal como le dijimos,  por un lado ni nos planteábamos, al menos de forma explícita, a quien dábamos o dejábamos de dar gloria. Y por otro en realidad sí que contábamos la gente. Aclaro, no es que demos tickets a la entrada y hagamos una contabilidad posterior ni nada parecido, pero en nuestra página web solemos incluir tras cada concierto una reseña del mismo con el lugar, el número de canciones interpretadas, algún comentario sobre el desarrollo de la misma… y también el número de espectadores, en ocasiones aproximado, unos 100, unos 300… en otras, sobre todo cuando es más reducido, un nº más exacto, 65, 80… En aquella ocasión al comprobar la asistencia de los anteriores vimos que faltaban pocos para llegar a los 2000 y pensamos que quedaría simpático anunciarlo así.

¿Debemos librarnos pues de la vanidad?¿para qué?… es una condición casi innata en un músico. ¿Debemos dejar que la vanidad condicione nuestro quehacer?. No, para nada, que el Señor nos ampare.

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3 respuestas a La vanidad del músico (católico)

  1. Pingback: La crítica eclesial en las redes sociales | Una jarra de barro

  2. Felix Jesús Moreno "Xesuss" dijo:

    Quien se atreva a decir que cantar cantos católicos no es Evangelizar, que eche una miradita atrás en el tiempo, mucho tiempo.
    Echen una miradita a la primera virgen consagrada de la historia cristiana, Santa Cecilia, y podrán comprobar como -yo creo- que con su pequeña Lira, en el poco tiempo que vivió, dejó plantada y bien plantada la semilla de la Evangelización con su música.
    Por lo menos en mi pequeño corazón su semilla plantó, y de mi un pequeño letrista sacó.

    • Cantar cantos católicos es un instrumento de ayuda a la evangelización, un arma más a su servicio, pero no pueden por sí solos ser realmente evangelizadores. Te pongo ejemplos si me lo permites:

      Hay cantantes católicos que no viven conforme a la fe que reflejan sus propios cantos (viven amancebados, usan anticonceptivos, no siguen muchos de los postulados del magisterio, consienten el aborto…) ¿por qué? Porque sin una formación y una experiencia de fe adecuadas los cantos se convierten en algo “sentimental” que te calienta un poco el corazoncito pero que no te llevan a una verdadera conversión.
      Hay miembros de grupo católicos que son ateos, que están en el grupo porque lo están los amigos o el cónyuge pero por más que cantan y hacen actuaciones siguen sin creer.

      Hay gente que escucha cantos católicos porque les gusta un tipo de canciones que tengan “valores” positivos como el amor, la paz, la justicia, la fraternidad… pero sin dar el salto a un encuentro personal con Dios.

      ¿Debemos rechazar los cantos como instrumentos de evangelización? No por supuesto, son válidos para la evangelización, pero acompañados de una acción pastoral seria, nunca por sí solos.

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