La crítica eclesial en las redes sociales

(nota previa: aunque como creyente trato de reflejar en mis escritos la doctrina de la Iglesia, en este caso no es más que una reflexión personal a modo de opinión, por lo que  puede ser compartida o no  por otros creyentes, evidentemente)

Hay un texto muy significativo dentro del Sermón de la Montaña, en Mt 6, 1-6, que dice algo muy interesante, el Padre del cielo recompensa a los que actúan en secreto pero los que lo hacen para ser vistos por los hombres ya tienen su recompensa, distinta a la del Padre, que no sería otra que el reconocimiento, los halagos, las palmaditas en la espalda…

Naturalmente se trata no de una norma de protocolo sino de una actitud. Es cierto que si organizas algo en la Iglesia, un recital, una hora santa, un ciclo de conferencias… muchas veces tu nombre y/o tu presencia van a ser vistos e incluso vas a ser reconocido y felicitado. No se trata pues de ir “escondiéndote” ni de rechazar los elogios, sino de no hacer de estos la finalidad de tu trabajo.

La vanidad es algo que forma parte de la naturaleza humana, es un absurdo tratar de eliminarla como quien se quita un grano, pero debe saberse controlar en su justa medida para que no se convierta en un fin en si mismo (ya traté este tema en “La vanidad del músico católico”). Dándole la vuelta podríamos decir que si lo que buscas es hacer un servicio y no tu prestigio estarás dispuesto a asumir tanto los elogios como las críticas. Es más, agradecerás más las críticas en tanto y cuanto te ayudan por un lado a ser manso y humilde, tal como nos ordenó nuestro Señor, y por otro te sirven para mejorar.

Excluyo naturalmente las críticas pronunciadas con ofensas y groserías, esas hay que descartarlas de plano, y me refiero tan sólo a aquellas redactadas con corrección, respeto y buen humor… e incluso aquellas que tengan un puntito de “mala leche” que te sirven como espoleamiento, como el aguijón que te hace saltar y no quedarte quieto. Y tampoco digo que cualquier crítica deba ser aceptada, en ocasiones hay alguna que contienen algún presupuesto falso o que puedes considerar injusta y por tanto tienes todo el derecho a ignorarla o rebatirla.

corrección

¿Por qué escribo pues estas líneas? Por la sencilla razón de que un servidor, usuario (incluso adicto) de las redes sociales, me he encontrado últimamente con algunos casos en los que parece que entre algunas personas de la Iglesia, o en eventos de la misma, no se toleran nada bien las críticas. Pondré en situación a los lectores de estas líneas. A la hora de utilizar una red como facebook soy de los que no suelo escribir nada cuando veo un mensaje que me gusta o con el que estoy de acuerdo, a lo sumo un “me gusta” y poco más. Si me gusta lo que he leído ¿para qué decir más? Pero si que suelo hacer comentarios en sentido crítico, en el buen (y maravilloso) sentido de la palabra, si encuentro algo en lo que opino de forma distinta, o me parece de mal gusto, o lo considero injusto, o creo que se podría mejorar o veo que contiene algún error o información falsa. Y naturalmente lo hago en la medida de mi capacidad con educación, respeto e incluso buen humor. Pero por desgracia en ocasiones las respuestas que obtengo no tiene el mismo talante que mis críticas, sugerencias o comentarios.

De hecho una de las personas a las que he criticado en varias ocasiones ha sido a Su Santidad el Papa Francisco, sin que ello reste un ápice de mi respeto ni mi cariño filial. Así he criticado que por expresarse de forma coloquial no mide muchas veces ni sus palabras ni las consecuencias, con el problema que en ocasiones supone. E incluso también he criticado cuestiones concretas, como que en el “decálogo” para ser feliz no mencionara ni a Dios ni a la vida de fe; o cuando habló de lo de “no tener hijos como conejos” haciendo público que le preguntó a una madre si quería dejar huérfanos a sus hijos porque los tenía por cesárea, lo que me pareció una total falta de caridad.

Pero igualmente he salido en su defensa cada vez que alguien ha escrito cuestionando su legitimidad, acusándolo de enseñar algo contrario al Magisterio o tergiversando sus palabras o sus actos con el único propósito de desprestigiarlo. Pero bueno, el Papa no es uno de los que han respondido a mis críticas, así que para expresar la idea del artículo me referiré a algunos casos concretos a modo de ejemplo (omito las referencias personales, sólo quiero referirme a los hechos).

Un músico católico subió unas fotos de una celebración eucarística en las que aparecía cantando. Al verlas le escribí haciéndole una serie recomendaciones de tipo litúrgico: que no se situara detrás del altar ya que ese espacio es exclusivo del sacerdote, que si el lugar era pequeño como una capillita o una sala el uso de la megafonía no sería conveniente… Al momento empezaron a entrar comentarios de familiares y amigos suyos diciendo que él era un hombre de Dios (cosa que en ningún instante dudé), que su manera de cantar era muy inspirada, que él lo hacía con una gran vocación de servicio y que a mi me movía la envidia. Viendo además en mi perfil que yo realizaba actuaciones con mi grupo comentaron que lo que yo hacía era eso, “actuar”, mientras que el referido “cantaba de corazón”. Lo curioso es que nadie escribió sobre lo que yo realmente había escrito ni dijeron si les parecía bien o mal o si estaban o no de acuerdo.

¿Y el interesado? Pues en un momento pareció no encajar bien mis recomendaciones y contestó haciendo suposiciones erróneas, pero he de decir que posteriormente, no sé si debido a los comentarios que iba leyendo de sus propios conocidos, rebajó el tono, respondió a lo que le había dicho y agradeció “los comentarios que nos ayudan todos a crecer”. Además se da la circunstancia de que yo en ningún momento le había cuestionado a él como persona ni sus cualidades como músico por la sencilla razón de que me parece un magnífico cantor.

En otra ocasión recibí la convocatoria de un evento eclesial que se realiza en mi diócesis de forma recurrente. Aprovechando la asistencia al mismo de un amigo mio le escribí haciendo un comentario que contenía, aunque no era ese ni el motivo ni el asunto principal, una “crítica” al mismo, que era simplemente que en las últimas ediciones la parte musical del evento la llevaban las mismas personas y yo echaba de menos la variedad de las primeras ediciones. El mensaje fue eliminado al poco tiempo por el administrador de la página, a quien conozco personalmente, y me escribió para explicarme los motivos de su acción. Muy respetuosamente, por supuesto, pero sus aclaraciones me dejaron más triste que otra cosa.

Así me dijo que no le gustaban ese tipo de comentarios (?), que no sabía que relación tenía con la persona a la que me dirigía (?), que si tenía pensado no acudir por lo que había dicho mi comentario era de mal gusto (?) y que por supuesto aceptaban todas las críticas “que les sirvieran para creer” pero que se las hiciese en privado (?). Naturalmente le contesté en el mismo tono correcto, fraternal y respetuoso pero más crítico aún si cabe ya que la posición mantenida por esa persona no me pareció ni correcta ni cristiana. Nótese que digo “la posición” y no la persona, cuya fe y servicio a la Iglesia tengo contrastadas.

Parece como que una vez empezado a jugar nos olvidemos de las reglas del juego e incluso del mismo juego. Una red social es una red social (ya lo dijo Perogrullo). Eso significa que lo que escribo en ellas puede ser compartido, rebatido, felicitado o criticado. Si sólo quiero recibir elogios no debería usar este tipo de plataformas. Censurar por tanto un mensaje no es plato de buen gusto para el censurado, por lo que debe ser debido a causa justificable. Eliminar un mensaje porque “no me gusta” sin más, o por una suposición del administrador (en lugar de preguntar ) o hablar de “mal gusto” cuando el lenguaje empleado es totalmente correcto, otro tanto.

Además tampoco podemos confundir la parte por el todo. Si digo “me gustaría que hubiera más variedad musical” no digo que no me guste el evento, que me encanta, no digo que no piense ir, que iré como he hecho todas las otras veces si no tengo otro compromiso, no digo que los que canten lo hagan mal, que lo hacen estupendamente. Lo que he dicho es simplemente lo que he dicho (Perogrullo) y no lo que otro pueda interpretar.

Si además pido “las criticas en privado” lo que estoy afirmando de forma sutil e incluso pudiera ser que inconsciente,  pero directa, no es otra cosa que “en público hazme todos los elogios que quieras, pero si tienes alguna crítica que nadie más se entere”. ¿No debería ser al revés? ¿No sería más evangélico que los elogios fuesen privados y no públicos?. En este caso concreto creo que en lugar de la censura y las aclaraciones no muy aclaratorios hubiese sido mucho más elegante decir “tienes razón, suelen venir los mismos pero es que nos encanta como lo hacen” o “gracias por tu comentario, lo estudiaremos para próximas ediciones”… pero bueno, es sólo una opinión.

Otro caso. Soy de los que suele advertir cuando veo un error. Probablemente sea un tic por mi pasado como profesor o quizá (o eso me gustaría) obro de misericordia corrigiendo al que yerra. Lo hago sin reparar en la persona a la que corrijo o el tema que se trate (pueda ser historia, deporte, religión…)

A un músico católico latinoamericano afincado en un país diferente al suyo en cierta ocasión le hice notar que había subido una foto “del revés” y en otra le dije que una ciudad a la que hacía mención la había escrito mal y le indiqué como se escribía correctamente. En este segundo caso me contestó diciendo algo así como “siempre estás criticándome” (?) “voy a corregirlo para que te quedes en paz y me dejes en paz” y a continuación en lugar de corregir el mensaje lo que hizo fue bloquearme para que no viese nunca más sus publicaciones. ¿Es una conducta esperable de alguien a quien se le ha advertido de un par de equivocaciones? Bueno, allá él con su conciencia… yo poco puedo decir. Lo que esa persona no sabe es que además de las correcciones entre otras cosas me tomo un tiempo para difundir sus conciertos en internet cada vez que viene a España, pero tampoco tiene por qué saberlo y además lo seguiré haciendo muy gustoso.

Podríamos pensar que en realidad el problema es mío, que mucha gente no entiende mi espíritu crítico y malinterpretan corrección por ofensa, aclaración por menosprecio o crítica por rechazo . Es probable, pero esto me produciría una doble tristeza, por un lado soy responsable de lo que escribo, no de lo que otros puedan interpretar, y si en lo que escribo no hay nada de eso no sé que mecanismos pueden llegar a concluir otra cosa (¿falta de humildad?). Y por otro observo en mi propia experiencia que gente no creyente o con la que hablo de otros temas como historia, política o deporte tienen mucha más cintura para recibir una crítica mía que los mismos miembros de la Iglesia, triste.

¿Qué decir pues? Lo que me digo a mi mismo: cuando alguien me haga un comentario crítico debo comprobar primero si lo que dice es una opinión (que puedo compartir o no, pero debo respetar siempre que se haga con respeto), si es una sugerencia (que deberé analizar por si me interés seguirla o no), si es una crítica (que estudiaré para ver qué hay de cierto y objetivo en ella que me pueda servir para mejorar) o si es la corrección de un error (que deberé contrastar y en su caso rectificar). Lo que no debo hacer nunca es ni entrar en terreno personal cuando no haya nada personal en el mensaje (o incluso aunque lo haya, aunque esto es optativo) ni pensar que porque mi vanidad quede herida debo rechazar al otro y lo que me dice.

Si no quiero que nadie pueda criticar lo que digo no lo haré en redes sociales (o si lo hago será con limitaciones) pero lo más importante de todo en estos casos creo yo que es la mansedumbre, que es un don del Espíritu Santo. ¿Voy a pedir a Dios su Espíritu si no estoy dispuesto a actuar conforme a él? No tiene mucho sentido. Que Dios nos permita ser mansos y humildes de corazón, a mí el primero. Amén.

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