A vueltas con el pecado de juicio

Ya en otras ocasiones he hablado en esta plataforma del pecado del juicio, pero parece ser un tema muy candente y aunque en apariencia sencillo, en la práctica crea mucha confusión. De tal manera ocurre que llega a darse el caso de que expresar una opinión, informar de un hecho cierto, valorar moralmente un hecho o simplemente recordar lo que dice la Iglesia sobre algún determinado tema es calificado por muchos, y en ocasiones bienintencionadamente y por miembros de la misma Iglesia sacerdotes incluidos, como emitir un juicio contra alguien.

Esto se agrava principalmente cuando en el catolicismo se han introducido algunos virus mundanos como el relativismo, la libertad personal elevada a categoría de referente moral o la falsa tolerancia.

Trataré de explicar pues qué significa el pecado de juicio y luego mostraré con algunos ejemplos prácticos qué es y qué no es pecar de juicio. La referencia sobre el mismo la encontramos en las palabras de Jesús en el sermón de la montaña que recogen los evangelistas Mateo y Lucas: “No juzguéis, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que juzguéis se os juzgará, y la medida con que midáis se usará para vosotros” (Mt 7, 1-2) y “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados” (Lc 6, 37).

juicio

¿Que significa juzgar pues?. Para empezar emitir un juicio sobre alguien (sea una persona o un grupo) supone que quien emite ese juicio se considera mejor que el otro, en un plano superior moralmente, y lo que hace más allá de afirmar una conducta es valorar su intención o la persona en su integridad. El juicio es siempre sobre las intenciones, no sobre los hechos.

Veamos un ejemplo: si yo digo “Fulano siempre llega tarde a nuestras reuniones” estoy informando de una conducta concreta, que probablemente sea cierta y por tanto no estoy cometiendo ningún juicio. Ahora bien, si yo añado a esa frase “…por que todos nosotros le importamos un carajo” estoy presuponiendo una intención y en ese caso lo estoy juzgando; o si añado esta otra “…porque es un auténtico irresponsable” lo estoy descalificando en su integridad y por tanto también lo estoy juzgando. Podría darse el caso de que Fulano llegase tarde por que la hora le viene muy apurada desde que sale de su trabajo hasta que llega a la reunión, en ese caso habría que intentar retrasar un poco la hora o si no fuera posible contar con que va a llegar tarde y empezar sin él procurando no tratar los asuntos de más importancia en los primeros momentos. O podría darse el caso de que fuese el propio Fulano el que dijera que en realidad las reuniones y los que acuden le importan un carajo y en ese caso habría que animarle a que cambiase de actitud o invitarle a que no volviera más…

Vamos a ver otro caso que genera mucha polémica y que es utilizado por muchos medios para despreciar e insultar a la Iglesia y que crea mucha confusión en los fieles, la valoración moral de la homosexualidad. El catecismo de la Iglesia católica es muy claro al respecto: “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados, contrarios a la Ley Natural y no pueden recibir aprobación en ningún caso” (CIC 2357). Si vemos claramente la frase está referida a un hecho, a los actos, no a las personas que lo practican. La frase no dice “las personas que tiene una conducta homosexual son malos, despreciables, no merecen el amor de Dios” ni nada parecido. Al contrario, en el punto siguiente se afirma que los que presentan estas conductas “deben ser acogidos con respeto, comprensión y delicadeza, evitando cualquier discriminación injusta” y desde la valoración moral se les invita, a aquellos que no puedan evitar esa tendencia, a vivir en la castidad. Como tal invitación puedes aceptarla o rechazarla y si no eres creyente puedes no compartir esa valoración, nadie te obliga, pero de la misma manera tampoco puedes obligar a la Iglesia a que modifique su doctrina.

Pues en este caso yo mismo, cada vez que recuerdo que la homosexualidad es una conducta moralmente ilícita, casi siempre me responde algún bienintencionado (y lo digo sin ironía) que definiéndose como católico me dice “estas juzgando a las personas que tienen esa conducta y Jesucristo dice que no debemos juzgar”. Ya tenemos la confusión. Una persona puede ser generosa, bondadosa, amable, simpática, paciente, servicial… y tener una conducta homosexual. Y si digo que esa conducta no es moralmente lícita no digo que esa persona sea tacaña, malvada, despreciativa, impaciente y egoísta… ¿a qué santo?, puede tener muchas virtudes aunque en un aspecto concreto de su vida mantenga una conducta moralmente rechazable. Es más, sólo Dios sabe cuáles son las circunstancias y condicionantes que le llevaron a desarrollar ese hábito. Y los mismo pasa con toooooodas las personas que tengan una conducta homosexual, seguro que entre todos ellos, igual que con el resto del mundo, habrá bellísimas personas y otras que no lo sean tanto, como cualquiera.

Y en la interpelación se repite mucho otra cosa que suele ser un muestra de fe infantil “¿Es que acaso Dios no ama a esas personas?… como si yo hubiese dicho lo contrario. Dios nos ama a todos, me ama mi, en nuestros pecados, en mi pecado, como ama al adúltero, al que se masturba, al que consume pornografía, a la prostituta, al amancebado o al promiscuo, pero eso no significa ni mucho menos que el adulterio, la masturbación, la pornografía, la prostitución, el amancebamiento o la promiscuidad dejen ser pecado y se conviertan en conductas moralmente lícitas.

Y si digo, por ejemplo, que el matrimonio es una institución de orden natural formada por un hombre y una mujer no estoy discriminando injustamente a nadie, estoy definiendo los requisitos de la misma de igual manera que si digo que para ser abogado hay que estudiar derecho o que no puedes considerarte alto si eres un adulto europeo varón de metro y medio. En este caso sería al revés, uno puede convivir como y con quien quiera en el uso de su liberad, pero no puede obligarme a mi ni a la sociedad en su conjunto a que reconozca su forma de vida como una familia si antropológicamente no lo es.

Otro de los casos es confundir hacer un juicio con dar una opinión. Expresar una opinión no significa juzgar a los que tienen una opinión o un punto de vista distintos. Así si digo “pienso que la idea de que todo en la vida es dolor tal y como afirma el budismo es un absurdo” no estoy juzgando a los budistas o a los simpatizantes del budismo, son personas que tienen una concepción distinta a la mía, pero no digo que sean malos o tontos o feos. De igual forma alguien puede venir y decirme a mi “pues todo eso de la fe y del cristianismo no tiene ningún sentido” y no significa que me esté despreciando ni juzgando, está expresando su opinión que es diferente a la mía. Yo por mi parte rezaré para que el Señor haga una historia con él o si puedo le daré una palabra y le explicaré por qué yo pienso de forma distinta, nada más.

Bueno, podríamos seguir con más ejemplos pero creo que la idea estará mínimamente clara, aunque seguro que pasado mañana volverá alguien a confundir los términos y me acusará de juzgar a alguien. En esos casos siempre empleo un recurso algo tonto pero que me funciona, “si me dices en que frase he expresado un juicio te doy un millón de euros” y siempre me quedo esperando la respuesta y mi interlocutor se queda sin el millón.

Recordemos pues, ya que el pecado de juicio es muy grave: siempre valorando u opinando sobre conductas o ideas, nunca despreciando a la persona. Y tengamos en cuenta otro grave peligro, muchas veces el que comete pecado de juicio es paradójicamente el que acusa al otro de juzgar cuando no es cierto.

Que el Espíritu Santo nos dé el don del discernimiento.

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