¿Pero qué hacen los “kikos” en la Eucaristía? (II)

(prosigue del artículo anterior)

Terminada la homilía y como es preceptivo se proclama el Credo, recitado o cantado.

Posteriormente se realizan las preces. Igual que en ocasiones anteriores, uno de los que han preparado la celebración “sale” al atril y sin un texto prefijado realiza las oraciones de rigor a la que se suele sumar una más por las comunidades de todo el mundo y, en aquellas que llevan un cierto tiempo, se pide también por los hermanos de la comunidad ausentes en la celebración ese día.

Concluidas estas los presentes que lo desean, empezando por los niños, añaden desde su propio sitio sus oraciones particulares. Al ser la Eucaristía una acción de gracias en sí misma se recomienda que en este caso las preces individuales sean de petición y no de agradecimiento, aunque tampoco es ninguna ley.

La formula empleada tras la petición es “te lo pido, Señor” en singular, a lo que toda la asamblea responde en plural, sumándose todos a la petición de cada uno.

En el paso siguiente se produce la única “alteración” significativa en el orden habitual de la Misa, ya que tras las preces se procede al rito de la paz. No sé si esto tiene una “aprobación” definitiva, provisional o de facto, pero al igual que en todo, si hubiera en un futuro alguna determinación contraria al respecto se acataría.

¿A qué se debe este cambio?. Yo personalmente no lo sé (tampoco me preocupa, la verdad). La versión más “piadosa” diría que es una forma de hacer presente lo que dijo Jesús en el sermón de la montaña de ponerse en paz con el hermano antes de presentar la ofrenda (Mt 5, 23-24). La versión más “práctica” diría que, como en la comunidad se intercambia el saludo de la paz con todos los presentes se produce aunque no se quiera un cierto revuelo que no sería lo más conveniente con el Santísimo presente. Pero aclaro que ambas son sólo una especulación mía, nada más.

Tras la invitación por tanto del presidente a realizar fraternalmente este gesto los presentes se intercambian el saludo de la paz con dos besos y, como queda dicho, con un cierto revuelo al desplazarse todos  por la sala al realizarlo.

Tras el gesto la asamblea se sienta y el presidente realiza la presentación de las ofrendas mientras se canta una canción apropiada al momento.

Después siguiendo el orden establecido se procede a la plegaria eucarística, con el prefacio correspondiente que concluye con el canto del Santo y a continuación la epíclesis. Si el sacerdote se “atreve” la canta (hay muchos que por vergüenza o porque consideran que sus desafines en lugar de dar solemnidad al acto producirían el efecto contrario jamás lo hacen, ja, ja, ja…).

Benedicto XVI

Durante la misma la asamblea permanece en pie. Una vez consagrado el pan, el sacerdote, con gesto solemne, lo levanta y lo muestra a la asamblea y todos inclinan ligeramente la cabeza. Posteriormente vuelve a depositarlo en la patena y se arrodilla ante Él, a lo que la asamblea acompaña con una inclinación del tronco mucho más pronunciada. Igualmente sucede con el cáliz. Durante todo este proceso a mí personalmente me sobrecoge el silencio de la asamblea, podría escucharse el vuelo de una mosca.

La aclamación del “anunciamos tu muerte…” así como el “Amén” tras la doxología se hacen igualmente cantados. Se proclama o se canta entonces el Padrenuestro con el gesto de las manos alzadas (bien con las palmas hacia arriba o hacia el frente)

 JPII

Entonces el sacerdote parte el pan en dos y lo muestra tal cual partido a la asamblea, que contempla al Señor sacramentado un breve instante y se sienta. El cantor entona el “Cordero de Dios” y el sacerdote procede a partir el pan en tantos trozos como personas hay presentes.

Se procede entonces al rito de la comunión. Este es uno de los que probablemente llame más la atención tanto por su originalidad como por su hondo significado. Una vez partido el pan es el sacerdote el que recorre la asamblea para repartirlo, como el señor que sirve a los criados (Lc 12, 37). Cuando llega a cada uno los participantes se ponen en pie, colocan la mano izquierda sobre la derecha con las palmas hacia arriba, como haciendo una cuna, y con la presentación de rigor, “el cuerpo de Cristo”, deposita el pan en la mano. Pero el que participa no lo consume en ese momento, si no que vuele a sentarse con el Señor en su mano y espera a que termine el reparto. Me recuerda a la formula con que los padres educamos a los hijos en la mesa de “no empecéis hasta que estemos todos servidos”.

Este probablemente sea el momento que más disfruto, un momento de contemplación y adoración al Señor personal difícilmente igualable. Saber que Dios Todopoderoso, creador el cielo y de la tierra se hace hombre como yo y hecho hombre permanece sacramentado en ese trozo de pan que acuno en mis manos y que va a ser mi alimento me maravilla una y otra vez por más ocasiones  que lo repita (en el momento que escribo estas líneas se me escapan un par de lágrimas). De hecho, si algún día esta forma de comulgar deja de ser permitida será con seguridad lo que más lamente.

Una vez concluido el reparto el presbítero vuelve a la presidencia y proclama la fórmula completa “este es el cordero de Dios que quita…” y la asamblea responde el también conocido “Señor, no soy digno…”. Esta formula hace unos años se omitía, teniendo en cuenta que originariamente la proclamaban únicamente los catecúmenos no bautizados que no podían comulgar por tanto y abandonaban la asamblea en ese momento. No obstante se pidió que se mantuviera como en el resto de las celebraciones eucarísticas y así se hizo. En algunas comunidades la asamblea vuelve a levantarse en este momento, en la mía en concreto permanecemos sentados. Tomamos entonces el pan con la mano derecha y lo consumimos, todos al mismo tiempo.

Tras comulgar con el pan procedemos a hacerlo con el vino. En este caso, obviamente, no se espera a toda la asamblea, si no que conforme llega el presidente con el cáliz uno se levanta y toma un trago.

Una vez concluida la comunión se deja un pequeño momento de reflexión en silencio y se termina con la bendición final.

Tras la misma y mientras el sacerdote se retira hace un canto que normalmente suele ser a la Virgen o bien un canto festivo de alabanza. Los asistentes permanecen cantando y no se retiran hasta el final del mismo.

En ocasiones, y esto llama también mucho la atención, al canto se acompaña con una danza de alabanza alrededor de la mesa, en la tradición de las danzas semitas o mediterráneas en que la gente que participa en la fiesta se coge de las manos y hace unos pasos simples girando en corro. Algunas comunidades lo hacen casi siempre, otras lo reservan para las grandes festividades como la Pascua o Pentecostés y otras como la mía no lo hacemos nunca por la sencilla razón de que las condiciones de nuestra sala no lo permiten.

Tras la conclusión la gente empieza a retirarse con la misma falta de prisa con la que llegó. Es posible que hayan estado 60, 80… 100 minutos de celebración pero a nadie le ha dado por mirar el reloj.

Pero fundamentalmente, más allá de las normas o de que los signos sean más o menos ricos (que lo son y mucho), o que estén en estudio o aprobados definitivamente o que alguno de ellos se suprima algún día (que a fin de cuentas es lo que menos importa), lo importante es la conciencia de participar en el misterio Pascual de Cristo. Y hacerlo no a nivel individual (que también) si no como parte de un pueblo, de una comunidad cristiana en la que todos se conocen y conocen la historia de salvación que Dios ha ido haciendo en cada uno. Una comunidad donde todos se aman más allá de las afinidades de gustos o de edades, que suelen ser muy dispares. Una comunidad, un pueblo, al que cada uno pertenece como una respuesta a la vocación de Dios.

Porque, aunque podemos y debemos darle a la celebración de la Eucaristía todo el cuidado y solemnidad que nos sea posible, la Misa tiene siempre valor pleno en sí misma, aunque la haga el sacerdote de prisa y corriendo en 20 minutos o los signos estén poco cuidados. Esas son cosas que nos ayudan a entrar en fiesta, pero que no cambian la esencia de la entrega del Señor a su Iglesia.

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